20 feb. 2016

Acoso escolar, empatía y sensibilidad




Por Catherine L'Ecuyer

Esas fueron las últimas palabras de un niño de 11 años que se arrojó, el mes pasado, al vacío desde la ventana de su casa.

"Papá, mamá, estos 11 años que llevo con vosotros han sido muy buenos y nunca los olvidaré como nunca os olvidaré a vosotros. Papá, tú me has enseñado a ser buena persona y a cumplir las promesas, además, has jugado muchísimo conmigo. Mamá, tú me has cuidado muchísimo y me has llevado a muchos sitios. Los dos sois increíbles pero juntos sois los mejores padres del mundo. Tata, tú has aguantado muchas cosas por mí y por papá, te estoy muy agradecido y te quiero mucho. Abuelo, tú siempre has sido muy generoso conmigo y te has preocupado por mí. Te quiero mucho. Lolo, tú me has ayudado mucho con mis deberes y me has tratado bien. Te deseo suerte para que puedas ver a Eli.


Os digo esto porque yo no aguanto ir al colegio y no hay otra manera para no ir. Por favor espero que algún día podáis odiarme un poquito menos.

Os pido que no os separéis papá y mamá, sólo viéndoos juntos y felices yo seré feliz. Os echaré de menos y espero que un día podamos volver a vernos en el cielo.Bueno, me despido para siempre. Ah, una cosa, espero que encuentres trabajo muy pronto Tata.

Diego González"


¿Es posible que un niño sea tan cruel como para conseguir que otro caiga en la desesperación hasta tirarse al vacío? ¿Puede un niño de 5, 10, 12 años resistir a las calumnias, a la indiferencia, al odio día tras día, sin que nadie le presta atención y comparta el peso de su sufrimiento? ¿Podríamos nosotros?

¿Qué ocurre en la cabeza de un niño, o de cualquier persona, que sufre acoso, calumnias, indiferencia, que recibe a diario miradas de sospechas y de odio por parte de las personas de su entorno?

Queridísimo Diego, nosotros no podemos juzgar a nadie porque no sabemos. Pero eso sí, te podemos pedir perdón. Simone Weil decía que "la capacidad de dar la propia atención a quien sufre es algo muy raro y difícil; es casi un milagro; es un milagro. Casi todos los que creen que tienen esta capacidad no la poseen." Quizás por ese milagro pediste cuando te despediste: "Espero que algún día podáis odiarme un poquito menos". Diego, vamos a pedir contigo por ese milagro ahora. Que todos los educadores y compañeros tengan la sensibilidad para percibir, y nunca banalizar, el dolor que sienten los que padecen acoso, calumnias, indiferencia y odio. Que sepan sentir con ellos hasta llegar a decir: ¡Cuánto duele! Pedimos, para unos y otros, el milagro de esa atención, que es el verdadero barómetro del amor