28 mar. 2020

"Urbi et orbi" especial del Papa Francisco al mundo amenazado por coronavirus


Francisco presidió, sin fieles, un extraordinario momento de oración que duró una hora para clamar al cielo por el final de la pandemia de coronavirus que flagela Italia y el mundo. Desde este lugar, que narra la fe pétrea de Pedro, esta tarde me gustaría confiarlos a todos al Señor, a través de la intercesión de la Virgen, salud de su pueblo, estrella del mar tempestuoso”.
Este pastor vestido de ‘blanco’ solo, casi diminuto, ante la inmensidad de la tragedia y de una imagen de la plaza de San Pedro fantasmal, apenas iluminada afirmó: “Nos encontramos asustados y perdidos. Al igual que a los discípulos del Evangelio, nos sorprendió una tormenta inesperada y furiosa…Nos dimos cuenta de que estábamos en la misma barca… todos necesitados de confortarnos mutuamente”.


POPE URBI ET ORBI

Se realizó entretanto la Adoración del Santísimo Sacramento que fue expuesto en el altar del atrio de la Basílica Vaticana, se escuchó la Palabra de Dios (Mc 4,35) y luego Francisco hizo una meditación:
Desde hace algunas semanas parece que todo se ha oscurecido. Densas tinieblas han cubierto nuestras plazas, calles y ciudades; se fueron adueñando de nuestras vidas”. 
Tras la lectura, Francisco recordó que es la única vez que en el Evangelio, Jesús aparece durmiendo—. Después de que lo despertaran y que calmara el viento y las aguas, se dirigió a los discípulos con un tono de reproche: «¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?» (v. 40”). 
El Papa invitó a entenderlo, Jesús se interesa de sus discípulos: “La tempestad desenmascara nuestra vulnerabilidad y deja al descubierto esas falsas y superfluas seguridades con las que habíamos construido nuestras agendas, rutinas y prioridades”. 
Una tempestad que desenmascara “nuestra vulnerabilidad y deja al descubierto esas falsas y superfluas seguridades con las que habíamos construido nuestras agendas, nuestros proyectos, rutinas y prioridades”. 
La tempestad ,aseguró, pone al descubierto todos los intentos de encajonar y olvidar lo que nutrió el alma de nuestros pueblos. 
Con la tempestad, se cayó el maquillaje de esos estereotipos con los que disfrazábamos nuestros egos siempre pretenciosos de querer aparentar”.
«¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?», recordó las palabras de Jesús, actuales para un mundo  “codiciosos de ganancias, nos hemos dejado absorber por lo material y trastornar por la prisa”. 
POPE URBI ET ORBI
«¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?». Señor, nos diriges una llamada”, afirmó. Una llamada a la fe y convertirse.  En un mundo “de guerras e injusticias”, donde “no hemos escuchado el grito de los pobres y de nuestro planeta gravemente enfermo”.
“Hemos continuado imperturbables, pensando en mantenernos siempre sanos en un mundo enfermo. Ahora, mientras estamos en mares agitados, te suplicamos: “Despierta, Señor”. 
Jesús – dijo el Papa: “Nos llamas a tomar este tiempo de prueba como un momento de elección”. 
Es el tiempo de restablecer el rumbo de la vida hacia ti, Señor, y hacia los demás. Y podemos mirar a tantos compañeros de viaje que son ejemplares, pues, ante el miedo, han reaccionado dando la propia vida”. 
Recordó la fuerza operante del Espíritu derramada en valientes personas entregadas al servicio, personas “comunes —corrientemente olvidadas— que no aparecen en portadas de diarios y de revistas”. 
El Papa recordó a: médicos, enfermeros y enfermeras, encargados de reponer los productos en los supermercados, limpiadoras, cuidadoras, transportistas, fuerzas de seguridad, voluntarios, sacerdotes, religiosas y tantos pero tantos otros que comprendieron que nadie se salva solo”. 
En este contexto, invitó a la oración sacerdotal de Jesús: «Que todos sean uno» (Jn 17,21).  “Cuánta gente cada día demuestra paciencia e infunde esperanza, cuidándose de no sembrar pánico sino corresponsabilidad.
POPE URBI ET ORBI
Cuántos padres, madres, abuelos y abuelas, docentes muestran a nuestros niños, con gestos pequeños y cotidianos, cómo enfrentar y transitar una crisis readaptando rutinas, levantando miradas e impulsando la oración”. 
Cuántas personas rezan, ofrecen e interceden por el bien de todos. La oración y el servicio silencioso son nuestras armas vencedoras. 
«¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?».  “En medio del aislamiento donde estamos sufriendo la falta de los afectos y de los encuentros, experimentando la carencia de tantas cosas, escuchemos una vez más el anuncio que nos salva: ha resucitado y vive a nuestro lado”. 
El Papa invitó a “abrazar su Cruz” que “es animarse a abrazar todas las contrariedades del tiempo presente, abandonando por un instante nuestro afán de omnipotencia y posesión” e instó a “nuevas formas de hospitalidad, de fraternidad y de solidaridad”. 
“En su Cruz hemos sido salvados para hospedar la esperanza.… Abrazar al Señor para abrazar la esperanza. Esta es la fuerza de la fe, que libera del miedo y da esperanza”.  
Luego rezó por el mundo: “Desde esta columnata que abraza a Roma y al mundo, descienda sobre vosotros, como un abrazo consolador, la bendición de DiosSeñor, bendice al mundo, da salud a los cuerpos y consuela los corazones”. 
Nos pides que no sintamos temor. Pero nuestra fe es débil y tenemos miedo. Mas tú, Señor, no nos abandones a merced de la tormenta. Repites de nuevo: «No tengáis miedo» (Mt 28,5). Y nosotros, junto con Pedro, “descargamos en ti todo nuestro agobio, porque Tú nos cuidas” (cf. 1 P 5,7)”, afirmó.

Evangelio día 29: Domingo V de Cuaresma - Ciclo A

Evangelio por Odres Nuevos

Lectura del santo evangelio según san Juan (11,1-45):

En aquel tiempo, las hermanas de Lázaro mandaron recado a Jesús, diciendo: «Señor, tu amigo está enfermo.»
Jesús, al oírlo, dijo: «Esta enfermedad no acabará en la muerte, sino que servirá para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella.»
Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro. Cuando se enteró de que estaba enfermo, se quedó todavía dos días en donde estaba.
Sólo entonces dice a sus discípulos: «Vamos otra vez a Judea.»
Cuando Jesús llegó, Lázaro llevaba ya cuatro días enterrado. Cuando Marta se enteró de que llegaba Jesús, salió a su encuentro, mientras María se quedaba en casa.
Y dijo Marta a Jesús: «Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano. Pero aún ahora sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá.»
Jesús le dijo: «Tu hermano resucitará.»
Marta respondió: «Sé que resucitará en la resurrección del último día.»
Jesús le dice: «Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?»
Ella le contestó: «Sí, Señor: yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo.»
Jesús sollozó y, muy conmovido, preguntó: «¿Dónde lo habéis enterrado?»
Le contestaron: «Señor, ven a verlo.»
Jesús se echó a llorar. Los judíos comentaban: «¡Cómo lo quería!»
Pero algunos dijeron: «Y uno que le ha abierto los ojos a un ciego, ¿no podía haber impedido que muriera éste?»
Jesús, sollozando de nuevo, llega al sepulcro. Era una cavidad cubierta con una losa.
Dice Jesús: «Quitad la losa.»
Marta, la hermana del muerto, le dice: «Señor, ya huele mal, porque lleva cuatro días.»
Jesús le dice: «¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?»
Entonces quitaron la losa.
Jesús, levantando los ojos a lo alto, dijo: «Padre, te doy gracias porque me has escuchado; yo sé que tú me escuchas siempre; pero lo digo por la gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado.»
Y dicho esto, gritó con voz potente: «Lázaro, ven afuera.»
El muerto salió, los pies y las manos atados con vendas, y la cara envuelta en un sudario.
Jesús les dijo: «Desatadlo y dejadlo andar.»
Y muchos judíos que habían venido a casa de María, al ver lo que había hecho Jesús, creyeron en él.
Palabra del Señor



Evangelio Comentado por:
José Antonio Pagola
Jn (11,1-45)

UNA PUERTA ABIERTA

Estamos demasiado atrapados por el «más acá» para preocuparnos del «más allá». Sometidos a un ritmo de vida que nos aturde y esclaviza, abrumados por una información asfixiante de noticias y acontecimientos diarios, fascinados por mil atractivos que el desarrollo técnico pone en nuestras manos, no parece que necesitemos un horizonte más amplio que «esta vida» en la que nos movemos.
¿Para qué pensar en «otra vida»? ¿No es mejor gastar todas nuestras fuerzas en organizar lo mejor posible nuestra existencia en este mundo? ¿No deberíamos esforzarnos al máximo en vivir esta vida de ahora y callarnos respecto a todo lo demás? ¿No es mejor aceptar la vida con su oscuridad y sus enigmas, y dejar «el más allá» como un misterio del que nada sabemos?
Sin embargo, el hombre contemporáneo, como el de todas las épocas, sabe que en el fondo de su ser está latente siempre la pregunta más seria y difícil de responder: ¿qué va a ser de todos y cada uno de nosotros? Cualquiera que sea nuestra ideología o nuestra fe, el verdadero problema al que estamos enfrentados todos es nuestro futuro. ¿Qué final nos espera?
Peter Berger nos ha recordado con profundo realismo que «toda sociedad humana es, en última instancia, una congregación de hombres frente a la muerte». Por ello, es ante la muerte precisamente donde aparece con más claridad «la verdad» de la civilización contemporánea, que, curiosamente, no sabe qué hacer con ella si no es ocultarla y eludir al máximo su trágico desafío.
Más honrada parece la postura de personas como Eduardo Chillida, que en alguna ocasión se expresó en estos términos: «De la muerte, la razón me dice que es definitiva. De la razón, la razón me dice que es limitada».
Es aquí donde hemos de situar la postura del creyente, que sabe enfrentarse con realismo y modestia al hecho ineludible de la muerte, pero que lo hace desde una confianza radical en Cristo resucitado. Una confianza que difícilmente puede ser entendida «desde fuera» y que solo puede ser vivida por quien ha escuchado, alguna vez, en el fondo de su ser, las palabras de Jesús: «Yo soy la resurrección y la vida». ¿Crees esto?

26 mar. 2020

¿Por qué la bendición del Papa este viernes será única en la historia?



POPE BLESSING

“Urbi et Orbi”, un acto sin igual de acercamiento del sucesor de Pedro a cada creyente

¿Cuál es el acto con el que un Papa puede hacerse más cercano a los creyentes esparcidos por el planeta en momentos de gravísimo peligro? 
Esta es la pregunta que sin duda alguna se planteó Francisco al estallar el coronavirus a nivel planetario.
La respuesta, a diferencia de lo que alguno habría podido pensar, no consiste en celebrar misa para que todos le puedan seguir por Internet, radio o televisión, como ya realiza todas las mañanas. 
De hecho, “seguir” la celebración de la misa a través de los medios de comunicación, según la teología, no es “participar”. No existen los sacramentos mediáticos. La misa televisiva no remplaza el sacramento de la Eucaristía. Si uno no puede asistir a misa, la misa televisiva puede convertirse en una gran ayuda, pero no es un sacramento.
Un gesto único del Papa
Entonces, ¿cuál es ese gesto al que el Papa puede recurrir para hacerse activamente presente en la vida de cada fiel? Existe un acto único en su género: la bendición papal “Urbi et Orbi”, traducido del latín “a la ciudad [de Roma] y al mundo”.
Se trata de un acto que ningún otro obispo puede realizar y que puede tener lugar de manera eficaz a través de los medios de comunicación para el bien del alma de los fieles.
De hecho, según la tradición teológica católica, la bendición “Urbi et Orbi” otorga la remisión por las penas de pecados ya perdonados, es decir, confiere una indulgencia plenaria bajo las condiciones determinadas por el Derecho Canónico y explicitadas por el Catecismo de la Iglesia (números 1471-1484).
Las condiciones para recibir la indulgencia plenaria son (Cf. El don de la indulgencia según la Penitenciaría Apostólica):
  • disposición interior de un desapego total del pecado, incluso venial;
  • confesar los pecados;
  • recibir la sagrada Eucaristía
  • rezar según las intenciones del Romano Pontífice.
No es algo mágico
Según la teología católica (Catecismo de la Iglesia Católica números 1422-1498), la culpa del pecado es remitida por el Sacramento de la Reconciliación (Confesión), de manera que la persona vuelve a estar en gracia de Dios, por lo cual se salvará si no vuelve a caer en pecado mortal.
Ahora bien, la Confesión, al igual que esta bendición, no es algo mágico. El pecado acarrea en la vida del creyente un desorden, que permanece tras la Confesión. Por este motivo, es necesaria la penitencia impuesta en el sacramento. 
El creyente necesita purificarse por medio de otras obras buenas y, en último caso, por medio del sufrimiento del Purgatorio, según la teología católica. 
Dado que la indulgencia plenaria remite completamente esa pena debida, el fallecido sin haber caído nuevamente en pecado no ha de pasar por el Purgatorio y accede directamente al cielo (Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 1030-1032). 
Según la Tradición, los efectos de la bendición “Urbi et orbi” se cumplen para toda aquella persona que la reciba con fe y devoción, incluso si la recibe, en directo, a través de los medios de comunicación de masas. Este es precisamente el gesto único de compañía que el Papa ha querido dar a cada creyente.
Un acto único en la historia
El Papa solo imparte la bendición en tres ocasiones: al ser elegido sucesor de Pedro, en Navidad y Pascua. 
Por este motivo, es posible afirmar que en la historia no había tenido lugar nunca antes una bendición “Urbi et Orbi” de un Papa en la soledad de la Plaza de San Pedro del Vaticano, seguido mundialmente por los creyentes a través de medios de comunicación. Será un acto único en la historia.

Esta es la traducción al español de la fórmula de la bendición “Urbi et Orbi”, que el Papa pronunciará en latín este viernes a las 18:00 horas de Roma.
 * * *

«Que los santos Apóstoles Pedro y Pablo, en cuyo poder y autoridad confiamos, intercedan por nosotros ante el Señor».
Todos: «Amén».
«Que por las palabras y los méritos de la Bienaventurada siempre Virgen María, de san Miguel Arcángel, de san Juan el Bautista, de los santos Apóstoles Pedro y Pablo y de todos los Santos, Dios todopoderoso tenga misericordia de vosotros y, perdonados todos vuestros pecados, os conduzca por Jesucristo hasta la vida eterna».
Todos: «Amén».
«Que el Señor todopoderoso y misericordioso os conceda la indulgencia, la absolución y la remisión de todos vuestros pecados, tiempo para una verdadera y provechosa penitencia, el corazón siempre contrito y la enmienda de vida, la Gracia y el consuelo del Espíritu Santo y la perseverancia final en las buenas obras».
Todos: «Amén».
«Y la bendición de Dios todopoderoso (Padre, Hijo y Espíritu Santo) descienda sobre vosotros y permanezca para siempre».
Todos: «Amén».

Aquí le presentamos el texto en latín, si usted quiere seguir las palabras textuales del Papa Francisco:
– Sancti Apostoli Petrus et Paulus, de quorum potestate et auctoritate confidimus, ipsi intercedant pro nobis ad Dominum.
– Amen.
– Precibus et meritis beatæ Mariæ semper Virginis, beati Michælis Archangeli, beati Ioannis Baptistæ et sanctorum Apostolorum Petri et Pauli et omnium Sanctorum misereatur vestri omnipotens Deus et dimissis peccatis vestris omnibus, perducat vos Iesus Christus ad vitam æternam.
– Amen.
– Indulgentiam, absolutionem et remissionem omnium peccatorum vestrorum, spatium veræ et fructuosæ penitentiæ, cor semper penitens et emendationem vitæ, gratiam et consolationem Sancti Spiritus et finalem perseverantiam in bonis operibus, tribuat vobis omnipotens et misericors Dominus.
– Amen.
– Et benedictio Dei omnipotentis (Patris et Filli et Spiritus Sancti) descendat super vos et maneat semper.
– Amen.

La carta de nuestro arzobispo D. Julián a los laicos


Como has escuchado lo primero a que te invita es a LEER con detenimiento la CARTA que D. JULIAN nos escribió A LOS LAICOS hace un par de días.
¿Ya la has leído? … Si todavía no, en el siguiente enlace puedes consultarla: Nuestro arzobispo nos envía una carta a los laicos diocesanos.
Marzo 2020

Carta a los Laicos Diocesanos

Queridos diocesanos:
Os tengo muy presentes en medio de esta incertidumbre que vivimos, siendo necesario asomarnos a la ventana de la esperanza para acoger la voluntad de Dios que siempre es lo mejor aunque a veces humanamente no lo entendamosÉl no está ausente y sigue actuando con su Providencia por caminos que posiblemente no son los que nosotros pretenderíamos. Sabe cuándo hacerse presente y cuándo dar la impresión de que se retira para que no nos adhiramos a Él desde nuestros planes interesados.
Es bueno recordar de dónde venimos. El libro del Génesis nos dice que hemos sido modelados del polvo del suelo y del soplo del Señor (cf. Gen 2,7): si nos cerramos al espíritu sólo quedará la oscuridad de la tierra sin forma. ¡Volvamos a Dios y revivirá nuestro corazón! Dice el papa Francisco: “Hay que temer una fe que se cree  completa… Las ideologías crecen cuando uno cree que tiene la fe completa”. La confianza está en que al final el Señor realizará siempre el milagro como lo hizo en la multiplicación delos panes, en la curación del hijo del funcionario real en Cafarnaún, en la tempestad calmada o en tantas otras situaciones.
También esta dura realidad que estamos afrontando, está dando lugar a entrar dentro de nosotros mismos y ver dónde nos encontramos, generando de una manera imprevista el volver a Dios de quienes después de haber hecho lo que humana y científicamente estaba en sus manos, han comprobado que lo necesitaban y ahora comienzan a hacerse preguntas cuando disponen de un tiempo libre en medio del trabajo de salvar vidas, según el testimonio de un médico italiano. Algunos que no querían dar espacio a Dios en la ciencia, hoy se confiesan creyentes, orientados por la Palabra de Dios y el testimonio de personas convencidas de que perder la vida por los demás es ganarla. Percibimos nuestra desnudez en la pretensión de ser como Dios en el conocimiento del bien y el mal, y de salvarnos confiando en nuestras fuerzas sin darnos cuenta que la salvación viene de Dios, siendo Cristo quien ha asumido la obra de expiación, nos amó y se entregó por nosotros (Gal 2,20). No es bueno escondernos de Dios que siempre viene a nuestro encuentro en medio de nuestros agobios y nos lleva grabados en la palma de sus manos (Is 49,16).
“En este quedarnos en casa” para cuidar la propia salud y la de los demás, estoy seguro que estáis echando en falta algo que hasta ahora teníais, como así me lo habéis manifestado no pocos: la celebración comunitaria de la Eucaristía en unas parroquias y comunidades llamadas a cuidar religiosa y espiritualmente a los que viven y acompañar a los que mueren. Nuestra preocupación no debe ser tanto lo que no podemos hacer cuanto fijarnos en lo que podemos hacer. Es momento para redescubrir el hogar como iglesia doméstica en la que rezar juntos, leer la Palabra de Dios, hacer la catequesis familiar, hablar con sosiego y mostrar que somos capaces de ternura, una actitud que se desea siempre y que se obtiene algunas veces. Soy sabedor de los problemas que internamente afectan a algunas familias, pero os digo que también desde una vida con problemas  y  dificultades podemos llegar a la fe y vivir el encuentro con Dios. Tal vez el Señor nos sitúe en la oscuridad para que podamos apreciar lo que es la luz. Están siendo días convulsos porque no nos faltan zozobras que nublan nuestro horizonte.
Es el momento de acompañar y sentirse acompañado. Las epidemias no están hechas a la medida del hombre, por lo tanto el hombre a veces las considera irreales, un mal sueño que tiene que pasar. Nos cogen siempre desprevenidos. Rezo con vosotros y por vosotros. Con el apóstol Pablo os digo: “Que la esperanza os tenga alegres, manteneos firmes en la tribulación, sed asiduos en la oración, compartid las necesidades” (Rom 12,12). ¡Que el Apóstol Santiago reanime nuestra esperanza! Os encomiendo a nuestra Señora de la Salud.
Con mi afecto y bendición en el Señor.
+ Julián Barrio Barrio,
Arzobispo de Santiago de Compostela.

No sabéis el día ni la hora

Sabemos reproducir el comportamiento humano en robots, inventamos aparatos que nos permiten conectarnos con personas de las que nos separan miles de kilómetros, y somos capaces de hacer que los aviones vuelen o que los puentes no se hundan. Pero resulta que llega un virus de tamaño microscópico y puede con nosotrosA este virus le da igual que seamos ricos o pobres. Le trae sin cuidado que hayamos vivido una vida auténtica con la que nos sintamos en paz, o que por el contrario haya aspectos de nuestra historia con los que todavía necesitamos tiempo para reconciliarnos. No le importa nuestro nivel de inglés, nuestros cursos de formación ni si hemos hecho voluntariados. Se ríe de nuestros planes de futuro y de nuestros países sin tachar de la lista de próximos destinos. Le resbalan nuestras horas de gimnasio o de práctica de nuestro instrumento musical. Ni siquiera le importa si estamos sanos o enfermos. Es más fuerte que nosotros y nuestras circunstancias, y esto no nos gusta nada porque supone admitir nuestra debilidad de una manera repugnantemente descarada.
No estamos acostumbrados a no ser los protagonistas. Se nos hace raro eso de no poder dominar la situación y no tomar las riendas de nuestras vidas. No nos lo acabamos de creer del todo. Pero, en realidad, esto no debería sonarnos a novedad a los cristianos. Cuando Jesús dijo en el siglo I que no sabemos ni el día ni la hora y que por eso hay que estar siempre en vela, no creo que lo dijera pensando exclusivamente en el coronavirus del 2020. Cualquier día se nos puede quedar abierto el gas de la cocina de casa y morir asfixiados en confinamiento creyéndonos los más listos por huir del coronavirus.
Si algo se puede concluir de esta cuarentena es que ni nuestras lógicas son las de Dios, ni nuestros tiempos son los de Dios. Nos parece una auténtica locura que mueran tantas personas diariamente. Dejamos de leer las noticias porque nos negamos a ver cómo las cifras siguen aumentando. Quizá en África, más acostumbrados a convivir con la muerte, con la fragilidad y la finitud de la vida, esta situación sería vivida de otra manera. Pero nosotros somos el primer mundo. El mundo del progreso y la ciencia, el que no tiene límites, el que sólo crece y se hace más fuerte. A nosotros no nos puede estar pasando esto, tiene que ser un error.
Creo que hay un componente de esta crisis que nos desquicia: que no podemos culpar a nadie de ella. Podemos entrar a valorar si los políticos han gestionado bien o no la situación; podemos apelar a la responsabilidad social para que el número de infectados no aumente; podemos pensar que el gasto en sanidad pública es insuficiente… pero nada de todo eso originó ese diminuto bicho que tantas muertes está produciendo. Ante la enfermedad, como ante algunas otras cosas de la vida, no podemos exigir responsabilidades a nadie. La enfermedad nos iguala porque no discrimina. Solo hay que aceptarla, sin más. Sin el desahogo que supone a veces poder culpabilizar o enfadarse con otros. Y eso es dificilísimo.
Por supuesto que hay que luchar para que esto termine cuanto antes y que lo haga causando el menor daño posible. Hay que agotar todas las posibilidades y recursos. Claro que es lícito rezar para que esto pase. También Jesús pidió a su Padre que apartara de él ese cáliz que tanto le atemorizaba. Pero tal vez sea momento de entender lo que significa ser criaturas de Dios y no dioses. Hoy, más que nunca, es el tiempo de confiar en un Dios que es Amor y Bondad. Confiemos en Él con la misma confianza con la que Jesús se dejó conducir a la cruz.

¡GRACIAS A "TODOS! ... Volveremos a brindar



¡GRACIAS A "TODOS" LOS QUE ESTÁN LUCHANDO EN PRIMERA LINEA DE FUEGO!

https://odresnuevos.


El papa reza por el mundo


¡Oremos por el fin de la pandemia! "Recemos todos juntos por los enfermos, por las personas que sufren. Bajo tu amparo nos acogemos, Santa Madre de Dios, no desprecies nuestras súplicas en las necesidades, antes bien líbranos de todo peligro, oh Virgen gloriosa y bendita. Agradezco a todos los cristianos, a todos los hombres y mujeres de buena voluntad que rezan por este momento, todos unidos, cualquiera que sea la tradición religiosa a la que pertenezcan."

22 mar. 2020

Mensaje de reconciliación

Los pulmones de la tierra necesitaban respirar. 
Los árboles dejaron de ser talados.
Las personas odiaban más que amaban.
Los padres necesitaban pasar más tiempo con los hijos.
El rico pensaba que el dinero compraba la felicidad.
El futbolista tenía más éxito que el sanitario.
El estrés hacía temblar los corazones.
Y las razas levantaron grandes fronteras.



Un día, de repente, el mundo se paró y entonces la tierra comenzó a respirar aire puro.
Y las aguas volvieron a cristalizarse.
Y los animales comenzaron a habitar en paz 
La naturaleza es tan mágica que ella misma está limpiándose del mal que hicimos 

Las personas en su lejanía se dieron cuenta de que se amaban.
Y se quedaron en casa.
Y leyeron libros 
Y escucharon y descansaron
La familia de nuevo estaba unida.
El rico al no poder salir de casa tuvo que conformarse con unos bollos de pan.
La gente aplaudía desde sus balcones a los verdaderos héroes.
Nuestras mentes se serenaban porque ya no había prisas.
Y cuando ya todo estaba a punto de estallar,  el mundo entero se unió convirtiendo los 5 continentes en solo 1.
Tuvimos miedo, miedo a lo desconocido, miedo  a la incertidumbre de la duración de la pandemia, a contagiarme, a contagiar,  por nuestros familiares, y más aún por los pequeños y ancianos, por nuestros amigos y en general MIEDO. 


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      Y De repente todo se para, y es cuando entendemos el valor que tienen las pequeñas cosas, justo en el momento que nos las quitan.

      las cosas importantes a las que antes no le dábamos importancia y se daban por sentado, comenzaron  a adquirir otro matiz, y le dimos su importancia real.
El  poder curativo de los abrazos, el olor de tu familia, el reír con los amigos por cualquier insignificancia, el pasear por la playa y el sentir la brisa del mar.... 
Y miles y miles de millones de Pequeños momentos que ahora adquieren relevancia

Estamos viviendo algo insólito, el año que la tierra solita obligó al mundo a detenerse.

Éramos ricos y no lo sabíamos
      2020 vaya lección nos estas dando. 💙 🌍

Anónimo

Nada te turbe (Taizé)



NADA TE TURBE
Taizé Nada te turbe, nada te espante, quien a Dios tiene, nada le falta. Nada te turbe, nada te espante, solo Dios basta. (Se repite) Todo se pasa, Dios no se muda, la paciencia todo lo alcanza. En Cristo mi confianza y de Él solo mi asimiento. En Sus cansancios mi aliento y en Su imitación mi holganza. Aquí estriba mi firmeza, aquí mi seguridad. La prueba de mi verdad, la muestra de mi firmeza. Ya no durmáis, no durmáis, pues que no hay paz en la Tierra. No hay ningún cobarde. Aventuremos la vida. No hay que temer, no durmáis. ¡Aventuremos la vida!

Evangelio día 22: Domingo IV de Cuaresma - Ciclo A

Evangelio por Odres Nuevos

Lectura del santo evangelio según san Juan (9,1-41):

En aquel tiempo, al pasar Jesús vio a un hombre ciego de nacimiento. Y escupió en tierra, hizo barro con la saliva, se lo untó en los ojos al ciego y le dijo: «Ve a lavarte a la piscina de Siloé (que significa Enviado).»
Él fue, se lavó, y volvió con vista. Y los vecinos y los que antes solían verlo pedir limosna preguntaban: «¿No es ése el que se sentaba a pedir?»
Unos decían: «El mismo.»
Otros decían: «No es él, pero se le parece.»
Él respondía: «Soy yo.»
Llevaron ante los fariseos al que había sido ciego. Era sábado el día que Jesús hizo barro y le abrió los ojos. También los fariseos le preguntaban cómo había adquirido la vista.
Él les contestó: «Me puso barro en los ojos, me lavé, y veo.»
Algunos de los fariseos comentaban: «Este hombre no viene de Dios, porque no guarda el sábado.»
Otros replicaban: «¿Cómo puede un pecador hacer semejantes signos?»
Y estaban divididos. Y volvieron a preguntarle al ciego: «Y tú, ¿qué dices del que te ha abierto los ojos?»
Él contestó: «Que es un profeta.»
Le replicaron: «Empecatado naciste tú de pies a cabeza, ¿y nos vas a dar lecciones a nosotros?»
Y lo expulsaron.
Oyó Jesús que lo habían expulsado, lo encontró y le dijo: «¿Crees tú en el Hijo del hombre?»
Él contestó: «¿Y quién es, Señor, para que crea en él?»
Jesús le dijo: «Lo estás viendo: el que te está hablando, ése es.»
Él dijo: «Creo, Señor.» Y se postró ante él.
Palabra del Señor


Evangelio Comentado por:
José Antonio Pagola
Jn (9,1-41)



OJOS NUEVOS

El relato del ciego de Siloé está estructurado desde la clave de un fuerte contraste. Los fariseos creen saberlo todo. No dudan de nada. Imponen su verdad. Llegan incluso a expulsar de la sinagoga al pobre ciego: «Nosotros sabemos que a Moisés le habló Dios». «Sabemos que ese hombre que te ha curado no guarda el sábado». «Sabemos que es pecador».
Por el contrario, el mendigo curado por Jesús no sabe nada. Solo cuenta su experiencia a quien le quiera escuchar: «Solo sé que yo era ciego y ahora veo». «Ese hombre me trabajó los ojos y empecé a ver». El relato concluye con esta advertencia final de Jesús: «Yo he venido para que los que no ven, vean, y los que ven, se queden ciegos».
A Jesús le da miedo una religión defendida por escribas seguros y arrogantes, que manejan autoritariamente la Palabra de Dios para imponerla, utilizarla como arma o incluso excomulgar a quienes sienten de manera diferente. Teme a los doctores de la ley, más preocupados por «guardar el sábado» que por «curar» a mendigos enfermos. Le parece una tragedia una religión con «guías ciegos» y lo dice abiertamente: «Si un ciego guía a otro ciego, los dos caerán al hoyo».
Teólogos, predicadores, catequistas y educadores, que pretendemos «guiar» a otros sin tal vez habernos dejado iluminar nosotros mismos por Jesús, ¿no hemos de escuchar su interpelación? ¿Vamos a seguir repitiendo incansablemente nuestras doctrinas sin vivir una experiencia personal de encuentro con Jesús que nos abra los ojos y el corazón?
Nuestra Iglesia no necesita hoy predicadores que llenen las iglesias de palabras, sino testigos que contagien, aunque sea de manera humilde, su pequeña experiencia del evangelio. No necesitamos fanáticos que defiendan «verdades» de manera autoritaria y con lenguaje vacío, tejido de tópicos y frases hechas. Necesitamos creyentes de verdad, atentos a la vida y sensibles a los problemas de la gente, buscadores de Dios capaces de escuchar y acompañar con respeto a tantos hombres y mujeres que sufren, buscan y no aciertan a vivir de manera más humana ni más creyente.