16 ago. 2018

La ira no siempre es mala...

De https://rsanzcarrera.wordpress.com



Aliviará tu conciencia saber que existe una diferencia entre el sentimiento de ira y el pecado de ira. Más de una vez sentirás el enfado o la impaciencia provocados por otros, o te verás tentado a responder con acritud, o te arrastrará el rencor interior hacia alguien. Estos sentimientos no son pecado si evitas que se manifiesten de algún modo en tu conducta exterior y no permites que te lleven al deseo deliberado de que otros sufran un daño: solo podrás controlarlos mediante el dominio de ti mismo y la gracia de Dios.
Hay una diferencia entre el pecado de ira y el intento razonado y enérgico de enmendar a quienes están sujetos a tu autoridad e influencia cuando necesitan ser corregidos. No pecas si estás descontento, pero no deseas herir; si, a pesar de tu desagrado ante una falta, intentas controlarte o buscas castigar el daño de un modo razonable. Aun así, esta ira nace del orgullo, la envidia y los celos.
La ira no siempre es mala. Existe una ira legítima: aquella que es imagen de la ira de la justicia divina. Si tu ira solo se despierta ante una falta grave y evidente de otro, y si, actuando como instrumento de la ira divina, castigas en exacta proporción a la ofensa, puede convertirse en una justa indignación. En palabras de Santiago: «Que cada uno sea diligente para escuchar, lento para hablar y lento para la ira; porque la ira del hombre no hace lo que es justo ante Dios». Santiago nos advierte en contra de la ira, pero no dice que no debamos enfadarnos nunca, sino que hemos de ser «lentos para la ira». A veces la ira puede estar justificada. El Señor no dudó en tomar un látigo y echar del Templo a los vendedores que habían convertido la casa de Dios en un mercado. Si una madre, no por arrojar fuera de sí el veneno de su cólera, sino llevada por una responsabilidad moderada por el amor, se enfada y conduce su ira castigando a un hijo, no ha perdido, sino ganado el favor de Dios.

Pero no olvides lo fácil que es exagerar la culpa del prójimo, especialmente cuando con su conducta ha actuado en perjuicio no tanto de los intereses de Dios como de los tuyos. En estas circunstancias, tu ira puede llevarte a pecar contra la justicia y la caridad. (Autor: L. G. Lovasik, “El poder oculto de la amabilidad“)