14 mar. 2020

La vacuna frente el caos

Es difícil resistirse a pensar estos días sobre la crisis sanitaria en que nos vemos envueltos y la crisis social que estamos protagonizando; porque el coronavirus nos ha venido dado pero el caos en el que vivimos es la suma de demasiadas irresponsabilidades sociales y políticas.
Desde hace días vengo pensando en cuál es nuestro deber como cristianos particularmente, pero también como Iglesia. Creo que no ando muy lejos al decir que hay dos riesgos: arrinconar en el cajón nuestra identidad cristiana o caer en la superstición bajo capa de fe. Ninguna de las dos opciones es lo que nuestro mundo necesita de nosotros como cristianos.
Por eso creo que nuestra vacuna ante el caos debe llevar al menos unas gotas de:
 Responsabilidad: para no sumirnos en la vorágine del agobio y el caos. ¿Qué necesito realmente? ¿qué debo hacer? ¿cómo puedo contribuir? Cada uno tenemos el deber de hacer responsablemente lo que nos corresponde.
• Integridad: no nos llamamos hijos de Dios solo los domingos de épocas de bonanzas, seamos otros cristos también en medio del miedo de nuestros hermanos: preocupate del vecino, comparte lo que tengas, da palabras de esperanza, práctica la generosidad, informa con claridad al hermano. Es un buen momento para hacer vida las obras de misericordia.

• Razonabilidad: creemos en la sabiduría encarnada, discierne tus fuentes de información, razona qué hacer en cada momento, si no creemos en un determinismo divino menos aún en un determinismo basado en el miedo y la desinformación.

• Prudencia: como a los apóstoles cuando Jesús les hablaba de la Pasión, nos gustaría que ya estuviese aquí la resurrección (el fin de la crisis), pero no podemos ser imprudentes ni en lo que hacemos ni en lo que decimos, pequeñas renuncias pueden ayudar a muchos con muy poco esfuerzo de nuestra parte.

• Misericordia: seamos misericordiosos como el Dios al que amamos lo es, no se trata de lanzarse inconscientemente al contagio, pero sí recordar que la vida está para darla, que si nos encerramos en cuidarnos solo de nosotros y los nuestros, nos estamos matando también como cristianos que olvidan que siguen al que dió su vida por nosotros.

• Fe: si algo hay en el fondo del miedo que nos envuelve es la falta de fe y esperanza. Como cristianos lo primero es saber que Dios sigue estando, que nos escucha, que no nos abandona, y eso no puede quedarse en la intimidad de la oración. Pongamos la luz de la Fe en la oscuridad de quienes nos rodean, creemos en un Dios que defiende al desvalido (Sal 10, 18).

Estamos desposados con Cristo, y en él con los hermanos, en la salud y en la enfermedad, son tiempos de mirarse en el Buen Samaritano.
Javier Prieto