11 ene. 2011

CONTEMPLAMOS A MARÍA DE NAZARET

LA MUJER DEL ESPÍRITU A FLOR DE PIEL
Soy María de Nazaret, quiero compartir con vosotras mi experiencia creyente.
Todo comenzó por unas palabras desconcertantes que llegaron a mis oídos.
Un mensajero de Dios me hizo este saludo:
“Alégrate María, llena de gracia, el Señor está contigo”.

El ángel me habla a mí, una mujer laica. Te recuerdo que, en mi tiempo, a nosotras las mujeres no se nos reconocía dignidad ni capacidad para entrar en contacto con Dios más que a través de algún varón.
Me turbé al oír esas palabras, porque vinieron a mi mente palabras parecidas de Dios dirigidas a profetas, reyes o jueces para misiones importantes: “¿qué podría significar aquel saludo?”.
Era consciente de que Dios me estaba confiando una misión importante, y temblorosa escuché:
“No temas María porque has hallado gracia ante Dios. Concebirás y darás a luz un hijo, al que pondrás por nombre Jesús, será grande y llamado hijo del Altísimo”
¡Era imposible! ¿cómo podría ser eso?
El ángel me tranquilizó al explicarme que así son los gustos de Dios, que se complace en engrandecer a quien es pobre, sencillo, incluso humillado… “Es obra de Dios en mí, su Espíritu me cubrirá con su sombra”.

Aquí comenzó mi andadura como discípula: tener mis oídos atentos y disponibles a su Palabra por muy desconcertante que me pareciese su mensaje.
Pero quizá la palabra clave que se hizo carne en mí fue aquella que taladró mis oídos y llegó a mi corazón con dolor pero con lucidez. Una mujer queriendo piropearlo le dijo una expresión parecida a
¡ bendita la madre que te parió, y él mirando a su alrededor dijo:
“ Dichosos más bien los que escuchan la palabra de Dios y la guardan”.
Tardé tiempo en comprenderlas; al fin, poco a poco, fui entendiendo lo que Jesús quería decirme: era una llamada a emprender un camino nuevo: hacerme discípula que sabe escuchar su voz entre las voces de la vida y dejar que se haga verdad en mí.