23 nov. 2019

De juicios y condenas

       
Hace años un sacerdote anciano, acrisolado en muchas batallas, al escucharme criticar a alguien me dijo sonriendo: “no juzgues a los demás solo porque pecan de manera diferente a como pecas tú”.
      Desde entonces, esta máxima me ha acompañado y creo que me ha ayudado a ser un poco mejor persona. Sin duda es una frase tan sencilla como profunda. Nos habla de empatía, de compasión, de fijarse en las personas y no en las categorías, nos habla de respeto, de ternura, de miradas cordiales, de corazón humilde…
     Y, evidentemente, nos habla de la realidad. ¡Con qué inmisericorde certeza juzgamos al otro! pero, a la vez, ¡con qué elegancia y seguridad me absuelvo y absuelvo a “los de mi partido”! ¡Con qué facilidad nos dejamos convencer por ese pequeño fariseo y por ese pequeño narcisista que llevamos dentro! (pequeños o no tan pequeños)
      No seguimos a una doctrina, ni a unas categorías, ni a una ley, ni a un catecismo… Seguimos a una persona que tuvo un sueño, el sueño de Dios. Seguimos al que nos mostró el verdadero rostro del Padre y nos invita a trabajar por el Reino. Seguimos a Alguien que no entendía mucho de leyes (de sábados) de lo que entendía era del corazón. Entendía de curar, de escuchar, de reconstruir, de abrazar… Seguimos al Rey de reyes que vino a salvar a los pecadores, a los de corazón pobre, a los que se saben los últimos…
Y le seguimos para ayudarle a seguir curando, escuchando, reconstruyendo, abrazando…

      Creo que hoy, más que nunca, necesitamos de esa Iglesia que cura, escucha, reconstruye y abraza. Porque en el mundo, y por ello también dentro de la Iglesia, hay enfermedad, incomunicación, destrucción y división.
      Vivimos en tiempos recios y, por ello, apasionantes. Y lo que salvará al mundo, lo que nos salvará a todos y cada uno de nosotros, no será un juicio, sino el amor.

“No juzgues a los demás solo porque pecan de manera diferente a como pecas tu”. Porque el otro, mi prójimo, pecador como yo, puede decir de sí mismo, y con verdad, lo que el papa Francisco nos recordaba: “soy un pecador en el que el Señor ha puesto sus ojos”.
Pablo Gerrero, sj