6 dic. 2019

Querido Dios:


Dicen que rezar es hablar contigo. Pues hoy vamos a hacerlo en un formato peculiar. No va a ser oral, ni solo mental. Va a ser por escrito. Y digital. Al menos, por mi parte. No sé cómo me contestarás -¿desde la nube? ;-). Pero no dudo de que lo harás. Y ya desde ahora te lo agradezco.

Estaríamos atónitos.

Si de verdad creyéramos, con todas las consecuencias, que eres Dios Creador, nos maravillaríamos cada día.
Deberíamos estar permanentemente admirando cómo todo lo creado tiene un orden, una armonía y un sentido.
Por empezar por nosotros mismos, sin ir más lejos: a veces, parecemos no dar importancia -por ejemplo- a cómo funciona nuestro propio cuerpo. Incluso a cómo se desarrolla en esos nueve primeros meses de vida que en ocasiones olvidamos: ¡con más precisión que el mejor reloj suizo que haya inventado un ser humano!
Por fuera, te deberíamos percibir boquiabiertos en la belleza de un amanecer, o en la de cuando se pone el sol; en la del bosque frondoso; en la de arroyos y cascadas; en la luna y las estrellas; en el azul del cielo, en las olas del mar, en la tormenta y la suave brisa… en la diversidad de todas las creaturas.
Pero no sé si te vemos ahí todo lo que deberíamos. Si siquiera te adivinamos.
Creo que hemos perdido mucha capacidad de asombro y ya no miramos. No saboreamos suficientemente la armonía, la belleza de lo creado.
Nos falta capacidad de admiración. Muchas veces, damos por descontado lo que hay, o lo que somos, o lo que sucede. Y no posamos la mirada. Ni el corazón: ¡Vivimos y estamos rodeados de vida! ¿Agradecemos ese regalo, lo disfrutamos, lo valoramos siquiera en una mínima medida?

Más: ¿Lo cuidamos? ¿Cómo vamos de respeto a la ecología (empezando por la humana)?

¿Se puede ser realmente creyente y no practicante?
Si Tú eres el Rey de quienes decimos creer, si estás aquí, ¿por qué, pudiendo hacerlo, no aprovechamos más para conversar contigo, para acercarnos a ti, para tenerte más presente? ¿Por qué –principalmente- nos acordamos de ti… cuando presagiamos tormenta? ¿Por qué -me incluyo, ya me conoces- nos dirigimos a ti fundamentalmente para pedir? Como diría aquel…: -Y de lo mío, ¿qué?
Nos falta acción de gracias. Alabanza. Adoración. Nos falta contemplación. Gozo en tu presencia.
¿Por qué no entramos mucho más en las iglesias a visitarte, a acompañarte y dejamos tan solo a Quien quiso quedarse con nosotros hasta el final de los tiempos?
Si supiéramos que un personaje notable, prestigioso, nos esperaba con las puertas, los brazos -y el corazón- abiertos, ¿no accederíamos a su encuentro, espontáneamente, gozosos?
¿Tú imaginas a Messi -no me atrevo a hablarte de políticos, de monarcas o príncipes mundanos-, imaginas, digo, a Messi solo y sin visitas, ninguneado, si se le pudiera ver, si se pudiera hablar con él… gratis et amore? ¡Habría colas! Y eso que solo le da -eso sí, muy bien y no es poco si lo haces con maestría- patadas a un balón. Bueno… y quizás algo más… que no se me enfade el santo padre, que es de su tierra…