25 abr. 2020

“La memoria del corazón”




Se ha definido la gratitud como “La memoria del corazón”. Pero no se trata sólo de recordar, hay que caer en la cuenta, advertir una realidad presente.

Reconocimiento deriva de “conocer”, pero aquí no es cuestión simplemente de “captar con el entendimiento”, sino de poner en acción el corazón: que una cierta realidad sea vista, acogida, captada o recibida por el corazón. Ciertamente el gran enemigo de la gratitud es la costumbre (hábito, distracción, descuido, etc.).

Cuando todo se da por descontado, o incluso debido, se hace uno incapaz de dar gracias. Cuando todo se considera normal, derecho adquirido, resulta imposible la gratitud.  Si, por el contrario, reconozco que “todo es gracia”, entonces todo es ocasión de dar gracias.

Es fácil caer en la cuenta de lo excepcional, pero el reconocimiento no se limita a lo extraordinario. Hay que “reconocer” el don, la gracia, la expresión del amor fiel de Dios, en las realidades ordinarias, aparentemente banales, esas que consideramos naturales.

Chesterton decía que una vez al año agradecemos a los Reyes Magos los regalos que dejan en los zapatos, y somos tan descuidados que no sentimos la necesidad de agradecer a Alguien el don de darnos cada día dos pies para calzar esos zapatos.

Dios me hace señas a través de lo ordinario.  Y yo tengo que descubrir las huellas de su paso por la vida en las cosas pequeñas (la hierba, una flor, el pan, el sol,…). Tengo que aprender a “ver” las cosas ordinarias, si, precisamente esas que, por tenerlas siempre al alcance de los ojos, corren el peligro de pasar desapercibidas. No necesitamos de milagros para dar gracias, las cosas de cada día -el milagro de la presencia de Dios en lo cotidiano- tendría que ser suficiente.