8 abr. 2020

Soledad





Hace una semana que me confirmaron todas mis sospechas: positivo. El virus había anidado en mí, no es extraño, soy médico, de esos que dice la sociedad que somos héroes, que nos aplauden cada tarde desde los balcones, que nos infunden ánimo para afrontar una situación nunca antes vivida por nuestra sanidad occidental desde hace más de un siglo. Es nuestra profesión, queremos ejercerla con seguridad, dignidad, profesionalidad y compromiso evangélico en mi caso.

Y llego a mi casa y me tengo que aislar de la familia, y estando bien, asintomático a día de hoy, siento la impotencia de no poder ayudar, pero ahora es lo que toca, hacer caso y quedarse en casa, asilado.

El sentimiento de soledad aflora sin duda, y hay momentos hasta de desesperanza, ¿quién no ha dudado en momentos de tribulación? Pero inmediatamente surge en mi la compasión, pienso en tantos y tantos hermanos que están solos, enfermos o no; en tantas familias que no pueden cuidar a los suyos; en tantos hermanos que han ido al encuentro del Padre en la más absoluta soledad; en tantos que aun sin pandemia viven solos, en el anonimato más absoluto.

En estos días de aislamiento he tenido tiempo para la oración y el encuentro con el Señor en esta Cuaresma, para celebrar la eucaristía a través de los distintos medios tecnológicos a nuestro alcance, para ayudar modestamente desde la distancia a aquellos que lo necesiten. Tiempo para vivir la fe de otra manera, casi en la clandestinidad como las primeras comunidades, y sin duda en comunión, con todos los hermanos que sufren por tantas y tantas soledades.

Jesús no nos deja solos, nunca, ni en las circunstancias más difíciles, aprovechemos este tiempo que nos toca vivir para tener un encuentro sincero con él, que nos haga mejores personas y mejores cristianos. Cuando todo esto pase, que pasará, no olvidemos las «soledades de nuestro mundo», que seguirán estando ahí, ocultas a los ojos del mundo que se volverá a poner en marcha.