17 oct. 2020

Evangelio día 18: Domingo XXIX del Tiempo Ordinario

 


Mateo 22, 15-21

En aquel tiempo, se retiraron los fariseos y llegaron a un acuerdo para comprometer a Jesús con una pregunta.
Le enviaron algunos discípulos suyos, con unos herodianos, y le dijeron:
«Maestro, sabemos que eres sincero y que enseñas el camino de Dios conforme a la verdad, sin que te importe nadie, porque no te fijas en apariencias. Dinos, pues, qué opinas:
¿es lícito pagar impuesto al César o no?».
Comprendiendo su mala voluntad, les dijo Jesús:
«Hipócritas, ¿por qué me tentáis? Enseñadme la moneda del impuesto».
Le presentaron un denario.
Él les preguntó:
«De quién son esta imagen y esta inscripción?».
Le respondieron:
«Del César».
Entonces les replicó:
«Pues dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios».



Comentario por José Ruiz Córdoba

A DIOS ¿QUE LE DAMOS?

Las palabras de Jesús incomodan a los fariseos, les interpela, les resultan amenazantes. Ellos deciden defenderse atacando. Van a Jesús con una serie de preguntas comprometedoras. Una de ellas es la del evangelio de este domingo. Pagar el impuesto al César era el mayor signo de la dominación que el Imperio ejercía. Unos, como los herodianos, estaban a favor. Otros en contra, como los revolucionarios y, en parte, los fariseos. Ambas facciones se presentan a preguntarle: ¿pagar o no pagar? Jesús se percata de su mala voluntad y de lo comprometido de la pregunta. Decir que hay que pagar lo sitúa como impío; decir que no, lo pone en una situación arriesgada frente a los romanos. Pero de forma inteligente acepta el reto. Responde, pero en un nivel más profundo. Lo realmente importante no es a quién pagar impuestos, sino a quién reconocemos como verdadero y único Señor. La moneda donde está la imagen del César se la podemos dar al César; pero, a Dios, ¿qué le damos?

Ésa es la pregunta que podríamos hacernos este domingo: “A Dios, ¿qué le damos?”. El César era un dominador porque exigía lo que no era suyo. La entrega a Dios es liberadora porque damos lo que tenemos consciencia que, previamente, hemos recibido. Sólo el que tiene experiencia de un Dios que se da con desmesura, se entregará desmesuradamente. Sin esta experiencia pasaremos nuestra existencia entregándole nuestras baratijas y monedillas sueltas.