8 sept. 2011

JMJ-2011: yo también estuve allí




Domingo 21 de agosto de 2011

JMJ-2011: yo también estuve allí

Con el ánimo aún sobrecogido tras mi cercano encuentro de ayer con el Papa Benedicto XVI en la Fundación San José, quiero plasmar aquí lo que, para mí, ha significado vivir esta Jornada Mundial de la Juventud, 2011.

Sin casi haberme dado cuenta, ha pasado ya el tiempo. Era lunes 15 de agosto por la tarde cuando corría al encuentro de Almudena y Mariví, su hermana, misionera en Brasil, para ir juntos en busca de la acreditación de peregrino. Habíamos quedado también con mi amiga Elena con la que nos encontraríamos en la puerta del Colegio Reina Victoria. En éste se alojarían ciegos venidos de distintos lugares del mundo.

Estaba expectante ante lo que me disponía a vivir, con algunas dudas sobre la forma en la que podría participar en los actos y venía corriendo, sin haberme dado tiempo a comer al haber ido a comprar los billetes de autobús para ir a pasar mis días de vacaciones con mis padres, en mi pueblo soriano.

De camino al centro, al decirme ellas de parar a tomar algo en algún sitio, dije lo que luego repetiría en algúna otra ocasión, palabras que me salieron del corazón y que resultarían proféticas: “Dios proveerá. Calma, calma.” Y lo digo porque al llegar al colegio, me dieron de comer, y lo digo porque otros días que no sabíamos si podríamos pasar o no a los actos, pudimos hacerlo en lugares reservados y cómodos, pese a no ir con el grupo por problemas de horario al trabajar, todo un privilegio entre la muchedumbre.

Ya en el colegio, los 4 aclaramos dudas y nos dirigimos a la iglesia de la Virgen Peregrina, donde monseñor Carlos Amigo, presidió una misa para los ciegos y acompañantes que allí estábamos. Su homilía fue cercana, próxima y llena de calidez. No dejó de repetirnos un mensaje ante la pregunta de “¿cómo sabes tal cosa si no la ves? O ¿para qué vais, si no veis?”: “porque los ciegos veis de otra manera, veis con el corazón” _nos dijo_. ¡Qué gran verdad!

De vuelta al colegio, recogimos nuestra acreditación y nuestra mochila de peregrinos. ¿En su interior? Una camiseta, un sombrero (con su barbuquejo y todo), un abanico, un rosario y una cruz, además de información variada y una cerveza sin alcohol.

Los actos a los que he asistido estos días han sido,además del citado: la misa inaugural de la Jornada oficiada por el cardenal Antonio Mª Rouco, el acto de bienvenida de Su Santidad, el Vía Crucis y la audiencia de Benedicto XVI con los enfermos y 120 representantes de las 4 discapacidades (sordos, ciegos, discapacitados intelectuales y físicos).

Los sentimientos que me ha generado esta Jornada han sido: orgullo de participar, una vez más he estado allí; emoción ante lo que estaba viviendo, junto a tanta gente que te decía “sois admirables, siempre lleváis la sonrisa puesta a pesar de no ver”; aliento para seguir adelante y superar las barreras de mi día a día, sabedor de que Jesús está conmigo; gratitud a tanta gente que me han ayudado con tanto cariño y naturalidad (especialmente a Almudena y Mariví); y recuerdo continuo a todas las personas que tanto me dan (familia y amigos / as), además de a quienes partieron al lugar de los sueños, todos ellos estaban a mi lado y por todos ellos recé, pedí a dios para que tengan (tengáis) paz y bien.

He procurado vivir la Jornada con intensidad pese a estar trabajando. Ha sido muy emocionante estar allí, en medio del silencio y la devoción de tantos y tantos jóvenes.
Los sonidos de la Jornada, las imágenes verbales que a mí me han quedado son las cálidas palabras del Papa (suenan diferentes de oírle en la Tele a hacerlo en vivo), los continuos ofrecimientos de ayuda, de paraguas para el sol, de querer describirnos lo que se estaba viendo, y agua de los voluntarios /as, la música, en sus diversas manifestaciones (más solemnes o marchosas); el recogimiento en silencio cuando hablaba el Papa o se leían las estaciones del Vía Crucis; los vítores de lemas como “ésta es la juventud del Papa”,”éstos son los ciegos del Papa”, “Viva el Papa” o “cómo mola este Papa, cómo mola, hagámosle la ola”.

Cierto es que no he visto físicamente a Su santidad, pero he escuchado sus palabras, me han descrito cómo iba vestido, cómo era su expresión, cómo eran los escenarios donde se encontraba. Es cierto que no le he visto, pero le he sentido emocionado, especialmente en nuestro encuentro en San José. Aquí, yo estuve en la 4ª fila, justo enfrente de él), pudimos escuchar las palabras de un chico sordo, estudiante de Arquitectura. Lo que éste dijo me conmovió especialmente porque estaba expresando mi propia vivencia de Dios y cómo Éste nos sostiene ante esos momentos de soledad que uno siente por verse excluido, cómo nuestras familias y amigos son esenciales y cómo, uno quiere superarse, ser uno más.

Me ha resultado emocionante también, eso de llevar la acreditación colgada, visible, cuando iba, o volvía, por la tarde, de los actos, poder decir que “yo también soy peregrino”, la parafernalia de ir a ser recibido en audiencia (con todo el protocolo y seguridad que ello conlleva), el que fuéramos buscando sitio y una voluntaria dijese: “dejadlos pasar, que éstos son de los míos”, o que esta tarde, cuando volvía para casa, al llegar a mi estación de Metro, una chica me dijese: “anda, si yo estuve ayer con vosotros ayudándoos en San José, que te vi todo emocionado” (resulta que vive enfrente de mi casa).

En fin, éstas han sido mis vivencias, unas vivencias inolvidables, otras más que atesorar y compartir, y la ratificación, nuevamente, de que debemos tratar de que este mundo sea un hogar más cálido, ayudándonos en la medida que cada uno pueda y regalando una sonrisa a quien se cruce en nuestro caminar porque cuando sonríamos y le alegremos a alguien su día, estaremos sonriendo a Jesús.

¡Siempre adelante!