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6 nov 2020

‘Fratelli Tutti’: todos interpelados








 “Fratelli Tutti” constituye una invitación a imaginar la construcción y el desarrollo de la
vida social y política a la luz de la radicalidad evangélica, que, a juicio de Francisco, está llamada a inspirar y transformar el pensamiento y la conducta de los cristianos también en este terreno





          Incluso en medios que rara vez se hacen eco de asuntos de la Iglesia, las encíclicas sociales de los Papas despiertan interés, porque ofrecen una interpretación de la realidad social a la luz del Evangelio, sin descender a las polémicas partidistas que suelen protagonizar el debate político en cada país. Precisamente cuando el partidismo exasperado constituye uno de los factores que más deterioran la concordia social, esa clase de reflexión, por su altura de miras, interpela no solo a los creyentes, sino también a cualquier persona preocupada por generar un entorno social y político más humano.

            Al igual que un "padre de familia que va sacando de su tesoro lo nuevo y lo antiguo" (Mt, 15, 52), en esta clase de documentos los Papas acostumbran a poner el foco en los aspectos del mensaje cristiano que permiten iluminar mejor una realidad social de suyo cambiante. En un contexto mundial marcado por una evidente polarización social y política, por la "globalización de la indiferencia", por crecientes desigualdades económicas y sociales, por el descarte generalizado de personas consideradas improductivas, por conflictos identitarios exacerbados, por el rebrote del racismo y la xenofobia, y, en definitiva, por el retroceso práctico del reconocimiento universal de los derechos humanos, Francisco ha dedicado esta carta a la "Fraternidad y a la amistad social"; y, entre las muchas facetas de la fraternidad cristiana, ha querido resaltar expresamente una: la apertura a todos.

               Recordando que el cristiano está llamado a fomentar la amistad social, y, por tanto, a contribuir a la construcción de la humanidad común, su reflexión encuentra eco más allá de las fronteras de la Iglesia católica y otras confesiones cristianas; de hecho, Francisco ha querido resaltar el estímulo que supuso para él su encuentro en 2019 con el Gran Imán Ahmad Al-Tayyeb, y confía decididamente en la común humanidad y la amistad como lugar de encuentro entre creyentes y no creyentes: desde la profundidad de su fe cristiana, tomando como pauta la parábola del Buen Samaritano, el Papa no vacila en hacer causa común con todos aquellos que se empeñan sinceramente en hacerse prójimos de los demás, superando egoísmos personales o grupales, para abrirse a los otros y construir un mundo más solidario y justo, por diversas que sean sus convicciones. Porque estamos todos en el mismo barco.

                   En este sentido, no es casual que el título de la encíclica refleje las palabras con las que San Francisco de Asís se dirigía a sus hermanos: subraya así la continuidad con la Laudato si’, cuyo título evocaba el Cántico en el que el Santo de Asís, alabando al Creador, se refería a las criaturas todas de la tierra como hermanas: pues si él "se sentía hermano del sol, del mar y del viento, se sabía todavía más unido a los que eran de su propia carne". Una vez más, pues, el Papa Francisco invita a dirigir la mirada al Poverello de Asís, que "sembró paz por todas partes y caminó cerca de los pobres, de los abandonados, de los enfermos, de los descartados, de los últimos", para reenfocar nuestra manera de abordar la vida social y política.

De hecho, Fratelli Tutti constituye una invitación a imaginar la construcción y el desarrollo de la vida social y política a la luz de esa radicalidad evangélica, que, a juicio de Francisco, está llamada a inspirar y transformar el pensamiento y la conducta de los cristianos también en este terreno. En efecto: entrelazando su pensamiento con el de Benedicto XVI, quien en 2009 dedicó su encíclica Caritas in Veritate, a la orientación humana de la globalización, Francisco subraya: "Todos los compromisos que brotan de la Doctrina Social de la Iglesia provienen de la caridad que, según la enseñanza de Jesús, es la síntesis de toda la Ley (cf. Mt 22,36-40)". Esto supone reconocer que "el amor, lleno de pequeños gestos de cuidado mutuo, es también civil y político, y se manifiesta en todas las acciones que procuran construir un mundo mejor". Por esa razón, el amor no sólo se expresa en relaciones íntimas y cercanas, sino también en "las macro-relaciones, como las relaciones sociales, económicas y políticas". (n. 181).

Desde la consolidación de los vínculos sociales cotidianos hasta el modo de enfocar las relaciones internacionales, pasando por la recuperación de un sentido noble de la actividad política, son muchos los temas que se iluminan a partir de tales principios; muchos los retos que, tanto en el plano del pensamiento como de la acción, se abren para quienes quieran acoger el mensaje contenido en estas páginas. En todo caso, revisar nuestras prácticas sociales y políticas conforme al ideal de la amistad social resulta imperativo.

Ana Marta González González, Profesora de la Facultad de Filosofía y Letras e investigadora del Instituto Cultura y Sociedad de la Universidad de Navarra. Miembro Ordinario de la Academia Pontificia de Ciencias Sociales.

Fuente:https://www.almudi.org/.


INCERTIDUMBRE

              


            Sin darnos cuenta nos hemos acostumbrado a realizar todo con la máxima seguridad, y no solo eso, sino que además la necesitamos y exigimos. Por poner un ejemplo, hace no tantos años, uno iba a la estación de tren o del autobús, un poco antes de la salida del viaje y compraba allí su billete con la certeza de que tendría sitio en el transporte. Hoy son muy pocos los que esperan tanto para comprar su ticket, ya que lo hacemos por internet, con bastante anticipación, no sea que nos quedemos sin él. Lo mismo ocurre en infinidad de situaciones en la vida, en las que, las nuevas tecnologías, que tanto nos ayudan, nos han ido haciendo un poco esclavos de la seguridad de nuestros planes y acciones, y quizá, a la vez un poco histéricos.

               Y, en medio de todo ello, nos encontramos con que la situación de pandemia mundial que vivimos, amenaza a la seguridad que parecíamos haber conquistado. Por seguir con el mismo ejemplo, hoy, al comprar nuestro billete de autobús o tren, sabemos que no es tan seguro que podamos viajar, porque cualquier cosa puede complicar, retrasar o anular nuestro viaje. Lo mismo ocurre a gran escala con el inicio de los colegios, de la universidad, con la vuelta al trabajo presencial y el consiguiente abandono del teletrabajo, con la deseada la normalidad en los negocios, o la temida posibilidad de un nuevo periodo de cuarentena y cierre. Paradójicamente, todo se vuelve inseguro y frágil en la época de las app y de las agendas electrónicas.

            En esta situación, recuerdo con admiración a todas aquellas personas que, de un modo u otro se lanzaron a la conquista del futuro con valentía y a la vez prudencia, y sobre todo con una gran inseguridad acompañada de la confianza de que el futuro iría bien. Aquellos de nuestros abuelos que marcharon a otro país, buscando asegurar un futuro a sus descendientes, aunque no conocieran la lengua, ni supieran en qué iban a trabajar. O los misioneros que un día subieron a un barco que les llevaría al territorio en el que debían predicar el Evangelio, sin saber cuándo podrían volver a su tierra y a ver a su familia. Sus vidas, más cercanas o lejanas, nos lanzan un mensaje esperanzador en medio de la niebla espesa en la que nos encontramos. Porque nos recuerdan que, a pesar de lo que parezca, Dios camina con nosotros en medio de la incertidumbre, y junto a él alcanzaremos ese mañana mejor que anhelamos.

https://pastoralsj.org/vivir/

23 oct 2020

Entrelazados

 

https://pastoralsj.org/

Uno de los principios de la Mecánica Cuántica es el entrelazamiento. Este viene a decir que «los objetos cuánticos pueden afectarse mutuamente de manera instantánea a través de distancias enormes». Esto significa que, si yo altero alguna característica de un electrón aquí, automáticamente otro electrón situado a una distancia considerable se verá afectado por esta alteración, alterándose (valga la redundancia) a sí mismo. Algo así como eso que llamamos «efecto mariposa».

Nos puede parecer más ciencia-ficción que otra cosa, pero ciertamente es así y está demostrado científicamente. De todas maneras, no creo que resulte difícil de creer, pues a otros niveles no científicos eso ocurre. ¿O acaso no has notado que, si tú cambias tu percepción de las cosas a una postura más amable, todo a tu alrededor se torna más bonito, más esperanzador? ¿No notas que, cuando piensas en positivo, lo positivo te rodea? Y también, al contrario: si uno va con el nubarrón del mal rollo encima (como en los dibujos animados), realmente todo lo que percibe, vive y procesa en su interior va en consonancia con el dolor o el enfado que lleva a cuestas.

Para mí esto del entrelazamiento tiene mucho que ver con el poder de la oración. Rezar no es solo hablar con Quien sabemos que está ahí, esperándonos y escuchándonos (¡y eso ya es mucho!). Rezar también es un acto de parar y hacer silencio, ahondar en uno mismo y en el misterio de la vida, sabiéndonos acompañado y guiados por Aquel que nos ha tendido la mano para ello. Rezar es una manera de extender nuestras raíces a todo aquello que acontece a nuestro alrededor, sentir el mundo, hacernos conscientes de ello y confrontarlo con nosotros mismos. Cuando uno reza, siente una expansión de la mente y el corazón, abriéndose a un misterio que está presente pero que requiere de nuestra disposición, silencio y apertura para percibirlo. Es entonces cuando ocurre la conexión: nos sentimos parte activa y viva de un todo mucho más grande que nosotros, del que tenemos la responsabilidad de cuidar.

Creo firmemente que quien reza, no reza solo para sí. Algo ocurre en sí mismo que trasciende, que altera para bien el entorno de una manera sutil pero efectiva, en el silencio de la rutina y el ronroneo de las horas al pasar. No se trata de algo espectacular, tipo apertura del Mar Rojo (como muchos esperamos que ocurra cuando rezamos o, mejor dicho, cuando pedimos en la oración). Es algo más progresivo, más sereno, más suave, porque ocurre gracias a la confianza en Dios, que sabe qué hacer con lo que le hablamos y pensamos junto a Él, sin dejar de contar con nuestra colaboración y nuestra humanidad.

Recuerdo unas palabras de Fernando Savater acerca del placer de la lectura que terminaban diciendo: «Salir de la angustia leyendo, volver a ella por la misma puerta. En cosas así consiste la perdición de la lectura. Quien la probó, lo sabe». Aplíquese esto también a la oración.

Almudena Colorado.

16 oct 2020

Santos con «Nikes»

 


«Por primera vez en la historia se podrá ver a un santo vestido con pantalones vaqueros, zapatillas de deporte y sudadera. Eso es un gran mensaje». Así se pronunciaba el rector del Santuario de Asís donde Carlo Acutis, un italiano fallecido de leucemia fulminante con apenas 15 años, será beatificado el próximo 10 de octubre.

A los santos nos los imaginamos dentro de un hábito o llevando una sotana. Quizás por eso impresiona ver expuesto ahora el cuerpo de Carlo, vestido con la misma ropa que hoy, por ejemplo, te has podido poner, en un día normal. Seguramente, llevando una vida no muy distinta a la tuya con 15 años: clases, voluntariado, familia, amigos, ordenador, ocio. Rutina. Pero con una apertura a lo sobrenatural que hizo de su vida ordinaria algo extraordinario. «Todos nacen como originales, pero muchos mueren como fotocopias» –dijo–. Quiso desmarcarse e hizo de su fe la prioridad, el motor de todo: «estar siempre unido a Jesús, ese es mi proyecto de vida». Los que le conocían veían algo especial: santidad, vestida con vaqueros.

Ser santo asusta y, ya sé, parece que no es popular. Pero ser santo es aquello a lo que invita la fe, si se vive con coherencia y alegría. Querer ser como Jesús, en tu modo de amar, en lo que te apasiona hasta robarte las horas. Estar con él. Sin dejar de ser tú. Es más, siendo más tú que nunca. Libre. Viviendo como él y por él. Sin evitar los dilemas, pero sin tirar por la opción más sencilla: distraerse y dejar de buscar, evitar la dificultad y el dolor. Más bien apostar y entregarse. Y ver en su entrega, en su cruz, la tuya propia. En tus opciones, en tus decisiones, las pequeñas y las grandes, tenerle en cuenta a Él. Y a sus preferidos. En cómo ocupas el espacio y el tiempo, ser testigo de una esperanza. Que te saca más allá de estas coordenadas. Que te lleva a comunicarla. Que te lanza hasta el infinito. Y que te lleva a correr allá por donde Él te lleve…llevando, también, unas zapatillas de deporte.

https://pastoralsj.org/                                                                                Sergio Gadea, sj

21 sept 2020

El video del Papa Francisco - septiembre 2020

 


“Tenemos que convencernos de que desacelerar un determinado ritmo de producción y de consumo puede dar lugar a otro modo de progreso y desarrollo” . El Papa Francisco nos transmite lo imposible que es mantener el actual nivel de consumo de los países más desarrollados a costa de explotar los recursos naturales del resto del planeta. Tenemos que abandonar el hábito del descarte y acabar con los desequilibrios comerciales que tantas malas consecuencias tienen en la ecología.

“Estamos exprimiendo los bienes del planeta. Exprimiéndolos, como si fuera una naranja.

Países y empresas del Norte, se han enriquecido explotando dones naturales del Sur, generando una “deuda ecológica”. ¿Quién va a pagar esa deuda?.
Además, la “deuda ecológica” se agranda cuando multinacionales hacen fuera de sus países lo que no se les permite hacer en los suyos. Es indignante.

Hoy, no mañana, hoy, tenemos que cuidar la creación con responsabilidad.

Recemos para que los bienes del planeta no sean saqueados, sino que se compartan de manera justa y respetuosa.
No al saqueo, sí al compartir”.


El Video del Papa difunde cada mes las intenciones de oración del Santo Padre por los desafíos de la humanidad y de la misión de la Iglesia.

Si quieres ver más vídeos y otros contenidos sobre las intenciones de oración del Papa los encontrarás en http://www.elvideodelpapa.org

2 ago 2020

El laberinto de las expectativas

Uno de los caminos más enrevesados que nos toca recorrer alguna vez es el de las expectativas. Por una parte, está lo que uno mismo espera de otros. A menudo te descubres ilusionado, anhelante, deseoso. Esperas que otros actúen de una manera determinada, tal vez un gesto, una llamada, una palabra, una mirada... Interpretas eso que ha de ocurrir. En tu imaginación es señal de afecto, de aprecio, de valoración. Y por eso mismo, si no llega, empiezas a agobiarte pensando que para esos otros tú no vales, no importas... No se te ocurre pensar que los tiempos a veces son diferentes, o que esos otros tal vez no expresen las cosas de la manera que tu imaginación exige. Y así, empieza una espiral compleja. Cuanto más defraudan tus expectativas, más se multiplican estas. Y más se resquebraja el suelo sobre el que caminas.
En el extremo opuesto, está lo que piensas que otros esperan de ti. También eso es laberíntico. Te importa cumplir: hacer las cosas bien, acertar, responder lo que se supone que tienes que responder, tener la palabra precisa, no defraudar nunca... Pero, ¿quién puede acertar siempre?
La gran trampa de este tipo de expectativas es el silencio. Porque es ahí donde se van gestando. En el no hablar de las cosas. No decirle al otro cómo te sientes. No compartir tu inseguridad, cuando la hay, o tu necesidad de afecto. Y entonces te va devorando. Las palabras no dichas, los conflictos no expresados, las necesidades no compartidas –por miedo a resultar demasiado vulnerable– se van convirtiendo en un muro que te aísla. Y con ese muro se van construyendo las paredes del laberinto.
Hasta que llega alguien con quien puedes compartir esa parte más frágil. Hasta que llega alguien a quien puedes decirle: te necesito. O con quien puedes reírte de tus límites, sabiendo que así te quiere. Y entonces, en ese alguien, la amistad se vuelve puerta de salida.

26 jul 2020

A los que llamó los justificó

"Sabemos, además, que todo contribuye al bien de los que aman a Dios, de los que él ha llamado según sus designios. Porque a los que conoció de antemano los destino también desde el principio a reproducir la imagen de su Hijo, llamado a ser el primogénito entre muchos hermanos. Y a los que desde el principio destinó, también los llamó; a los que llamó los puso en camino de salvación; y a quienes puso en camino de salvación les comunicó su gloria". (Romanos 8,28-30).


En el ser humano hay una existencia escondida; el designio divino de su deificación en Cristo. Cinco verbos recalcan el admirable proyecto del Altísimo: conocer, predestinar, llamar, justificar y glorificar. 
El primero expresa una relación de tipo existencial: ¿qué vínculo media entre el Creador y la criatura? Se trata de un “conocimiento” fundado en una predilección de amor.
El segundo le asigna a Dios la primacía en la iniciativa de esta elección y apunta al objetivo final, correlativo con el origen por su aprobación. Este "destino" manifestado a priori no reduce la libertad humana, ya que conserva totalmente la facultad de adherirse o no al proyecto divino.
El tercer verbo implica la vocación que se manifiesta en el corazón del hombre. Dios se dirige directamente al interior del ser humano. La libertad de la persona, desde dentro, agita el proceso de deificación en colaboración con la gracia divina.
El cuarto verbo formula con un término jurídico el concepto de recibir cuanto es debido pero con creces, más allá del derecho. Un Dios que es amor ejerce un dominio único sobre la creación: la vida. Referido al hombre, esto se traduce en benevolencia profunda: misericordia.
Se entra así en el sentido pleno del quinto verbo: glorificar. Más que un deber del hombre, reconocer y proclamar la gloria de Dios forma parte de su llamada. La alabanza de su gloria es que el hombre viva para siempre como imagen de la santidad que adquirió desde el principio.

12 jul 2020

Santificado sea tu nombre

https://pastoralsj.org/creer/

Hubo una época en que pensaba que esto de “santificado sea tu nombre” significaría que uno tenía que estar diciendo todo el día cosas bonitas de Dios, frases piadosas, o cantos de alabanza… Quizás me he hecho más mayor, o más práctico, o comprendo un poco más el mundo. Ahora cuando me detengo en esa frase inmediatamente me vienen a la mente polémicas y frases desgraciadamente frecuentes en nuestro mundo, en el que hay gente que, con el argumento de la libertad de expresión, dice verdaderas barbaridades sobre Dios (y de paso la Virgen, los santos y todo aquello que les suene a religión).


Entonces me doy cuenta de que santificar un nombre es algo mucho más serio que decir cosas bonitas, aunque ciertamente también es algo que implica no decir barbaridades.


Primero, es aprender a respetar todo lo que ese nombre significa para mí y para otros. Respetar lo que comparto, pero también lo que no. Respetar el nombre de Dios es respetar a las personas para quien ese nombre es importante (si acaso yo no creyera). Y es también -si yo soy creyente- tomar en serio ese nombre. Tomarlo en serio es no utilizarlo para cualquier cosa. Es no confundir la voluntad de Dios con cosas que no dejan de ser tradición, cultura o costumbre. Es descalzarme ante el terreno sagrado que es su palabra, y escucharla. Es aprender a descubrir los mil significados de ese nombre. Porque “tu nombre” es Dios, y es Padre, y Madre, y Alfarero, y Creador, Maestro, Juez, Amigo, Jesús, Espíritu, Sabiduría… innumerables nombres cargados de significado, matices y profundidad. Y al tomar en serio esos nombres, entonces tomo en serio las consecuencias para mí, que me entiendo también como Hijo, Hermano, Barro, Criatura, Discípulo, Libre, Amigo, etc.


Santificar su nombre es ser consciente de que al decir “Dios”, estoy hablando de Dios, del mundo, y de mi propia vida. De nuestra verdad más profunda.

José María Rodríguez Olaizola, sj.

5 jul 2020

Tirar estatuas


Por mucho que esté de moda y que a muchos les parezca un acto de justicia, destruir estatuas y símbolos históricos no es algo muy novedoso, más bien es una constante a lo largo de la Historia que más que libertad, siempre ha denotado ciertas dosis de fanatismo y una mirada empobrecida y arbitraria de la realidad, de la cultura y del propio modo de actuar. Es una pena que en ciertos casos la reivindicación legítima se convierta en vandalismo ciego más propio de adolescentes rebeldes que de ciudadanos responsables y conocedores de su propia identidad.
Puede que haya ciertas dosis de racismo –y otras barbaridades condenables– en algunos personajes históricos, como seguramente lo había en la mayoría de nuestros antepasados –también de los que se quejan–, porque esa era la forma de ver el mundo, sabiendo que no es lo mismo explicar que justificar. Y probablemente, dentro de varias décadas se escandalizarán por muchas costumbres que ahora la sociedad eleva a dogma, y no por ello mereceremos el desprecio más absoluto. Sobre todo resulta muy osado juzgar –y condenar– personajes históricos porque ahora nos hemos dado cuenta que había aspectos de su vida que hoy catalogamos como políticamente incorrectos, básicamente porque así nunca aprendemos del pasado y no reconoceremos lo bueno que pudieron propiciar con su vida. Está claro que no todos los personajes son iguales ni todos merecen un recuerdo agradecido, pero la Historia no deja de ser un proceso de aprendizaje colectivo a través de un doloroso ensayo y error donde la brocha gorda no ayuda, por eso es más necesario el criterio reposado que el emotivismo radical.
No me imagino juzgando una y otra vez a mis abuelos por no haber reaccionado en su momento como yo lo haría en pleno siglo XXI. Revisar la Historia es algo siempre necesario, sin embargo no es lo mismo que recortarla hasta ajustarla a nuestros propios patrones contemporáneos, porque correremos el riesgo de quedarnos solos o, peor aún, bajo el ojo inquisidor de unos pocos. De la misma manera que necesitamos referentes actuales, no podemos permitirnos el lujo de criminalizar a muchos que nos ayudaron a crecer como sociedad y cuyas ideas, gestas e incluso errores nos permitieron llegar hasta aquí, porque nos guste o no, somos el producto de nuestra propia Historia colectiva, algo que no podremos cambiar.

27 jun 2020

El poder de los deseos

    
    Seguro que si ahora mismo nos preguntaran si tenemos algún deseo responderíamos sin dudar que sí. Y no uno, sino muchísimos. Basta escucharnos un poco por dentro para darnos cuenta de que, como dice mi compañero Adolfo, somos un puñadito de deseos. Y, ¿qué pasa si los deseos se cumplen? Lo fácil sería pensar que yo sería feliz si mis deseos se realizaran. Eso es lo que nos prometen muchos anuncios en los que los publicistas, con mucho arte, nos hacen creer que su producto cumplirá nuestros deseos. Incluso podríamos llegar a simplificar tanto que llegásemos a pensar que la vida consiste en cumplir deseos. Si hacemos un poco de memoria, podemos caer en la cuenta de que no todos los deseos son iguales. 
      Hay unos, que cuando se hacen realidad, tras un momento de euforia, nos dejan como antes. O puede ser peor si en seguida se ha instalado otro en nuestro interior y nos vemos como atrapados, con la sensación de que nunca nos quedamos satisfechos. Esos son los deseos que se alían con nuestra imagen, nuestros éxitos, el poder… son egoístas, porque soy yo quien está en el centro. Pero hay otros deseos, que al realizarse, nos quedamos llenos, quizá sin mucho ruido y sin llamar la atención, pero dejan un poso de paz en nosotros y van dibujando una felicidad honda en nuestro corazón. Y curiosamente en estos deseos no somos nosotros los protagonistas, sino que el deseo apunta hacia los demás, y nos hace salir, darnos a la gente.
       Es cierto que no podemos controlar nuestros deseos porque ellos van apareciendo sin pedir permiso. Pero lo que sí podemos hacer es ir distinguiendo con la práctica cuáles son con los que me busco a mí mismo y cuáles los que me llevan a los demás. Y así ir educando nuestra capacidad de desear para que no nos atrapen los deseos egoístas sino que podamos cumplir los que nos llevan a entregarnos generosamente. Creo que es de las cosas más auténticas de los seres humanos el estar continuamente deseando. También me gusta pensar que Dios tiene deseos, y estoy seguro de que seremos más felices cuando nuestros deseos y los suyos vayan de la mano.
       No me resisto a poner algo de lo más bonito que se ha escrito sobre los deseos: Nos hiciste Señor para Ti, y nuestro corazón permanecerá inquieto hasta que descanse en Ti. Estoy pensando que para Nochevieja no diré a nadie «que se cumplan tus deseos», sino que «tus deseos te lleven a Dios».
Javi Montes, sj.

1 jun 2020

Espíritu de... confianza




Que no… que no puedo, no insistas.
Si es que no merece la pena, siempre termina igual.
Me conozco bien, sé que estoy solo y que no puedo permitirme sufrir más.
¿Para qué voy a empezar si no va a dar en nada? No hay ninguna expectativa...
Nada, que todo acabó, que estoy vencido.
Claro que lo intenté, y acabé recorriendo los caminos del mundo noche y día, siempre perdido.
No fueron suficientes mis capacidades, ni mis esfuerzos… ni siquiera mis grandes éxitos.
¿En qué podré confiar entonces? Ya todo acabó…
Si no es el miedo lo que me paraliza, es sólo pena lo que me motiva…
¿Un reino de amor desinteresado, de paz, de justicia, de felicidad compartida?
¡¡Ya me gustaría!! Claro que siento ese anhelo profundo… pero ¿para qué escucharlo?
Ya perdí bastante de mi tiempo con eso…
Ya peleé esas batallas, ya aprendí a perder, a que no se me escuchase…
¿Otra vez? Con lo mal que acabó las anteriores veces…
¿Que me ponga en camino de nuevo? Pero, ¿hacia dónde?
Oye… sabes que estoy lleno de miedos, y que por mis fuerzas no seré capaz…
¿Tú serás mi apoyo? ¿Tú serás mi consuelo? ¿Y mi refugio o la luz que me guíe?
Como no me ayudes con mi fe y no me des fuerzas, yo no lo consigo… no.
Está bien, tiene sentido…
Es posible que vaya siendo tiempo de confiar…
Pero es que… ¡¡No!! Se acabaron los 'peros'…
Sí, tienes razón… Algo por dentro me dice que esta vez sí.
Algo me dice que siempre mereció y merecerá la pena.
Por ti, ¡¡me lanzo!!
                                                                       Fonfo Alonso-Lasheras, sj

22 may 2020

El camino de la vida

Hemos aprendido a ver la vida con otra perspectiva

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Hace no mucho leí que los niños chinos suelen desarrollar más problemas de miopía que el resto de los mortales. Y no por el uso descontrolado de pantallas como imaginé en un principio, sino por permanecer en espacios cerrados durante mucho tiempo. No sé qué base científica tendría la noticia, pero en mi caso –y creo que en el de la gran mayoría– mi día a día se ha parecido bastante al de los niños mandarines durante estas últimas semanas.
Y es que pienso que una de las cosas que nos ha enseñado este virus es la necesidad de vernos con perspectiva. No solo por higiene mental o para sospechar del vecino como un posible positivo, más bien para percibir nuestra vida de un modo distinto. Recordar el pasado, agradecer el ahora y soñar el mañana. No sé, en ocasiones tengo la impresión de que nuestra mirada cortoplacista nos lleva a sacar conclusiones precipitadas, porque nos quema la impaciencia y las ganas de vivir y nos topamos con nuestros propios muros. Tener una panorámica deformada nos hace alimentar fantasmas y luchar contra gigantes olvidando las batallas que realmente merecen la pena. Quizás ahora, cuando nos pesa tanto paso del tiempo, la sensación de vacío o el echar de menos, todo hace que reajustemos el enfoque de las cosas y veamos que lo importante es simplemente vida, la de otros y la nuestra propia.
Cuántas veces nos habremos asomado a la ventana pensando qué haremos cuando acabe esta pesadilla, esperando un futuro incierto que no acaba de llegar. Puede que este tiempo de reclusión nos haya facilitado separar lo superficial de lo profundo y lo accesorio de lo imprescindible. En un mundo en el que nos pueden las prisas, conviene recordar que nuestra historia es mucho más que el ahora y que la muerte puede llegar en cualquier momento, que lo único urgente son las personas. Ojalá que cuando esta pandemia termine sigamos buscando nuevas perspectivas como quien otea el horizonte, para contemplarnos de principio a fin y descubrir que por momentos –como algunos niños chinos– no somos capaces de visualizar con nitidez nuestra propia realidad.

Artículo de Álvaro Lobo, sj

6 may 2020

25 abr 2020

“La memoria del corazón”




Se ha definido la gratitud como “La memoria del corazón”. Pero no se trata sólo de recordar, hay que caer en la cuenta, advertir una realidad presente.

Reconocimiento deriva de “conocer”, pero aquí no es cuestión simplemente de “captar con el entendimiento”, sino de poner en acción el corazón: que una cierta realidad sea vista, acogida, captada o recibida por el corazón. Ciertamente el gran enemigo de la gratitud es la costumbre (hábito, distracción, descuido, etc.).

Cuando todo se da por descontado, o incluso debido, se hace uno incapaz de dar gracias. Cuando todo se considera normal, derecho adquirido, resulta imposible la gratitud.  Si, por el contrario, reconozco que “todo es gracia”, entonces todo es ocasión de dar gracias.

Es fácil caer en la cuenta de lo excepcional, pero el reconocimiento no se limita a lo extraordinario. Hay que “reconocer” el don, la gracia, la expresión del amor fiel de Dios, en las realidades ordinarias, aparentemente banales, esas que consideramos naturales.

Chesterton decía que una vez al año agradecemos a los Reyes Magos los regalos que dejan en los zapatos, y somos tan descuidados que no sentimos la necesidad de agradecer a Alguien el don de darnos cada día dos pies para calzar esos zapatos.

Dios me hace señas a través de lo ordinario.  Y yo tengo que descubrir las huellas de su paso por la vida en las cosas pequeñas (la hierba, una flor, el pan, el sol,…). Tengo que aprender a “ver” las cosas ordinarias, si, precisamente esas que, por tenerlas siempre al alcance de los ojos, corren el peligro de pasar desapercibidas. No necesitamos de milagros para dar gracias, las cosas de cada día -el milagro de la presencia de Dios en lo cotidiano- tendría que ser suficiente.

¿Castigo divino?


       En los últimos días he podido ver con una mezcla de estupor y desesperación cómo algunos «pastores» de esta Iglesia nuestra salen a la palestra a decir que esto del coronavirus es un castigo divino –en distintas versiones–, por lo mal que va el mundo, por la comunión en la mano, por la pachamama, por la secularización, por cerrar las iglesias para evitar los contagios...

Y me pregunto, ¿no han entendido nada del Nuevo Testamento? ¿Siguen creyendo en el Dios airado que castiga y manda plagas? ¿Qué ven cuando miran en la cruz a quien murió por amor y se negó a responder al mal con mal?

Por supuesto, si se te ocurre decir algo así, inmediatamente aparecen los fundamentalistas del versículo. ¿Quiénes son? Los que toman un versículo de alguna carta paolina y en torno a ello montan toda su teología, prescindiendo de todo lo demás (misericordia incluida). Independientemente de que para nosotros la Verdad no es la literalidad de cada palabra contenida en la Biblia (por suerte, porque nos volveríamos locos), sino Jesucristo. Y la Escritura nos ayuda a comprender, interpretar y acoger esa verdad desplegada en el tiempo.
Creo que estos profetas del Dios airado se equivocan. Creo que hacen daño. Creo que no creemos en el mismo Dios. Y creo que, gracias a Dios, Dios es más misericordioso de lo que ellos piensan. Porque, si no, tanto daño como hacen no tendría perdón...



Imagen: Ed Knippers, «Christ in the Wild» (detalle)

17 abr 2020

¿Eres la mejor persona que puedes ser?




https://pastoralsj.org/ser

Hay instantes que cambian el rumbo de nuestra historia, que nos hacen ver el mundo de otra forma y que nos llevan a amar la vida y a vivir de otra forma. Abismos capaces de imaginarnos de distinta manera y de sacar lo mejor de nosotros mismos.
Muchas veces nos dejamos el tiempo y la cabeza en problemas que no merecen la pena, pero también hay momentos para poder cambiar, para darnos otra oportunidad.
Sabiendo que no vas a vivir para siempre, ¿eres la mejor persona que puedes ser?

Y ahora, ¿qué?




Pasó la Cuaresma, pasó la Semana Santa… y un mes después seguimos en este tiempo de aislamiento comenzando a celebrar la Pascua. Durante la Cuaresma la crisis de la COVID nos invitaba a profundizar en el sentido del tiempo de conversión: silencio, aislamiento, prueba, cambio de vida, desierto, tentación... Pero ¿Y ahora?

También vivimos la Pasión con un rostro sufriente fácil de reconocer. No necesitábamos buscar cruces, ni tumbas abiertas, ni madres dolorosas, ni amigos desperados, bastaba mirar las noticias. Pero ¿Y ahora?

¿Dónde está la luz? ¿Dónde la alegría? ¿Dónde la comunidad que celebra la presencia del Resucitado? ¿Dónde la vida venciendo a la muerte? Este tiempo de Pascua que se abre ante nosotros es para muchos nuevo. Muchos hemos vivido siempre la Pascua en un contexto de alegría natural, de vacaciones, de fiesta. Y ahora ¿qué Pascua celebramos?

De nuevo aparece aquí un diálogo fundamental, la conversación entre la realidad y la fe. El diálogo supone que ambas partes se reconocen, se hablan y se escuchan. Los discípulos no experimentaron la Resurrección inmediatamente como una gran fiesta. María no fue capaz de reconocer al Resucitado a primera vista. Las mujeres no salieron del sepulcro colmadas de felicidad, sino con miedo y alegría. A Tomás no le bastó con saber que Jesús había resucitado. Los discípulos seguían encerrados después de saber la noticia. Lo fueron descubriendo al poner en diálogo la realidad de su miedo y sus dudas con la alegría y la esperanza que manaba de su fe.

Tal vez nos habíamos acostumbrado con demasiada facilidad a que el contexto facilitaba la experiencia personal, y ahora es tiempo de descubrir que, aunque estén cerradas las puertas, Jesús se vuelve a poner en medio. Él nos vuelve a salir al encuentro, vuelve a caminar con nosotros, pero nosotros debemos querer reconocerlo. Hoy debemos poner en diálogo la oscuridad de la realidad que nos envuelve y la luz de la fe en el Resucitado. Y lo debemos hacer cada uno personalmente, porque el encuentro con Cristo es personal.

Quizás esa sea la invitación de este tiempo, redescubrir que nos dice Jesús Resucitado en nuestra realidad concreta. Discernir que supone anunciar la Vida eterna en este tiempo de vidas truncadas. La Resurrección de Jesús toma la realidad humana para revestirla de gloria, también esta realidad que nos envuelve ahora, atrevámonos a hacer este camino.
Javier Prieto

8 abr 2020

Soledad





Hace una semana que me confirmaron todas mis sospechas: positivo. El virus había anidado en mí, no es extraño, soy médico, de esos que dice la sociedad que somos héroes, que nos aplauden cada tarde desde los balcones, que nos infunden ánimo para afrontar una situación nunca antes vivida por nuestra sanidad occidental desde hace más de un siglo. Es nuestra profesión, queremos ejercerla con seguridad, dignidad, profesionalidad y compromiso evangélico en mi caso.

Y llego a mi casa y me tengo que aislar de la familia, y estando bien, asintomático a día de hoy, siento la impotencia de no poder ayudar, pero ahora es lo que toca, hacer caso y quedarse en casa, asilado.

El sentimiento de soledad aflora sin duda, y hay momentos hasta de desesperanza, ¿quién no ha dudado en momentos de tribulación? Pero inmediatamente surge en mi la compasión, pienso en tantos y tantos hermanos que están solos, enfermos o no; en tantas familias que no pueden cuidar a los suyos; en tantos hermanos que han ido al encuentro del Padre en la más absoluta soledad; en tantos que aun sin pandemia viven solos, en el anonimato más absoluto.

En estos días de aislamiento he tenido tiempo para la oración y el encuentro con el Señor en esta Cuaresma, para celebrar la eucaristía a través de los distintos medios tecnológicos a nuestro alcance, para ayudar modestamente desde la distancia a aquellos que lo necesiten. Tiempo para vivir la fe de otra manera, casi en la clandestinidad como las primeras comunidades, y sin duda en comunión, con todos los hermanos que sufren por tantas y tantas soledades.

Jesús no nos deja solos, nunca, ni en las circunstancias más difíciles, aprovechemos este tiempo que nos toca vivir para tener un encuentro sincero con él, que nos haga mejores personas y mejores cristianos. Cuando todo esto pase, que pasará, no olvidemos las «soledades de nuestro mundo», que seguirán estando ahí, ocultas a los ojos del mundo que se volverá a poner en marcha.

2 abr 2020

Lo que cura la esperanza

Vivimos días raros. Días en los que ser héroe es quedarse en casa para que, quienes no pueden hacerlo, no se vean en la obligación de ser aún más héroes. También son días en los que la soledad es a la vez un don y un castigo. En los que echamos de menos: a personas, sobre todo a personas, pero también rutinas, momentos, caprichos…

Y para responder a esta anómala situación, desde el inicio del confinamiento en España han surgido decenas de iniciativas: para rezar, pero también para acompañar, para hacer comunidad, para apoyar a unos o a otros. Los aplausos a las 20:00 h, las eucaristías en streaming, los retos con un rollo de papel higiénico, los conciertos de Instagram. Todo ayuda.

Por supuesto, la mayoría de iniciativas no surgen por generación espontánea. Detrás de cada una de ellas hay un esfuerzo de varias personas que piensan, trabajan, se dejan las horas desde casa para que todo tengas un sentido y sirva para un fin; para que esa conexión a YouTube sea lo mejor posible; para que esa meditación u homilía sirva a quien lo oye.

¿Y por qué lo hacen? ¿Por qué no aprovechan el confinamiento para estar en casa tranquilamente, leyendo o haciendo eso que siempre quisieron hacer y nunca pudieron? ¿Por qué no explorar todo el catálogo de Netflix a sabiendas de que cuando todo esto acabe, volverán a la rutina imposible?

Porque es importante mantener la esperanza. «La esperanza no cura», me decía un amigo, escéptico ante iniciativas de tipo religioso y cultural. Pues no, la esperanza no cura el cuerpo, para eso están los médicos y la responsabilidad de cada uno de tomar las precauciones necesarias. Pero la esperanza alimenta el fuero interno. Y en estos días la esperanza es el bien intangible más necesario.
Porque si dedicas 12 o 14 horas en un hospital a atender docenas de pacientes sin apenas medios, la esperanza es la que te empuja a hacerlo con una sonrisa, a pesar de la extenuación y el miedo. Porque si tu esposo o tu mujer se ponen enfermos, la esperanza te ayudará a mantenerte lo más fuerte y sereno posible. También la esperanza está para no sucumbir al sufrimiento por los que se van. Porque sin esperanza, y a falta de abrazos, la vida se pone muy cuesta arriba.
Quién iba a decirnos que la palabra en 2020 iba a adquirir un peso tan enorme. Somos más responsables que nunca de que nuestra palabra transmita algo. De que nuestra palabra sea abrazo, caricia y calor. De que nuestra palabra sea, en definitiva, esperanza.
La esperanza no cura, no. O al menos no en el sentido físico. Pero hoy, sin esperanza, no saldríamos de esta.