22 may. 2020

Hemos aprendido a ver la vida con otra perspectiva

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Hace no mucho leí que los niños chinos suelen desarrollar más problemas de miopía que el resto de los mortales. Y no por el uso descontrolado de pantallas como imaginé en un principio, sino por permanecer en espacios cerrados durante mucho tiempo. No sé qué base científica tendría la noticia, pero en mi caso –y creo que en el de la gran mayoría– mi día a día se ha parecido bastante al de los niños mandarines durante estas últimas semanas.
Y es que pienso que una de las cosas que nos ha enseñado este virus es la necesidad de vernos con perspectiva. No solo por higiene mental o para sospechar del vecino como un posible positivo, más bien para percibir nuestra vida de un modo distinto. Recordar el pasado, agradecer el ahora y soñar el mañana. No sé, en ocasiones tengo la impresión de que nuestra mirada cortoplacista nos lleva a sacar conclusiones precipitadas, porque nos quema la impaciencia y las ganas de vivir y nos topamos con nuestros propios muros. Tener una panorámica deformada nos hace alimentar fantasmas y luchar contra gigantes olvidando las batallas que realmente merecen la pena. Quizás ahora, cuando nos pesa tanto paso del tiempo, la sensación de vacío o el echar de menos, todo hace que reajustemos el enfoque de las cosas y veamos que lo importante es simplemente vida, la de otros y la nuestra propia.
Cuántas veces nos habremos asomado a la ventana pensando qué haremos cuando acabe esta pesadilla, esperando un futuro incierto que no acaba de llegar. Puede que este tiempo de reclusión nos haya facilitado separar lo superficial de lo profundo y lo accesorio de lo imprescindible. En un mundo en el que nos pueden las prisas, conviene recordar que nuestra historia es mucho más que el ahora y que la muerte puede llegar en cualquier momento, que lo único urgente son las personas. Ojalá que cuando esta pandemia termine sigamos buscando nuevas perspectivas como quien otea el horizonte, para contemplarnos de principio a fin y descubrir que por momentos –como algunos niños chinos– no somos capaces de visualizar con nitidez nuestra propia realidad.

Artículo de Álvaro Lobo, sj