28 feb. 2012

1 Lo que quiero ahora

Casi nada de lo que creemos que es importante me lo parece. Ni el éxito, ni el poder, ni el dinero, más allá de lo imprescincible para vivir con dignidad. Paso de las coronas de laureles y de los alagos sucios. Igual que paso del fango de la envidia, de la maledicencia y el juicio ageno. Aparto a los quejumbrosos y malhumorados, a los egoistas y ambiciosos que aspiran a reposar en tumbas llenas de honores y cuentas bancarias, sobre las que nadie derramará una sola lágrima en la que quepa una partícula minúscula de pena verdadera. Detesto los coches de lujo que ensucian el mundo, los abrigos de pieles arrancadas de un cuerpo tibio y palpitante, las joyas fabricadas sobre las penalidades de hombres esclavos que padecen en las minas de esmeraldas y de oro a cambio de un pedazo de pan.
Rechazo el cinisno de una sociedad que solo piensa en su propio bienestar y se desentiende del malestar de otros, a base del cual construye su derroche. Y a los malditos indiferentes que nunca se meten en lios. Señalo con el dedo a los hipócritas que depositan una moneda en las huchas de las misiones pero no comparten la mesa con un inmigrante. A los que te aplauden cuando eres reina y te abandonan cuando te salen pústulas. A los que creen que sólo es importante tener y exhibir en lugar de sentir, pensar y ser.                     Ángeles Caso