21 jun. 2013

MI DIOS Y MI TODO


Uno de los grandes temas de las canciones románticas es expresar cómo el otro o la otra se convierten en absoluto para quien está enamorado. Entonces, la balada de turno dice que «Sin ti no soy nada», o que «Si tú no estás aquí me falta el aire», y quiere expresar una idea real, la dependencia, la necesidad, la comprensión de la propia vida en referencia a los otros. De alguna manera, con Dios ocurre algo así. No es que haya que hablar de Dios con el lenguaje romántico o de los enamorados. Probablemente hay formas más sobrias y otras más expansivas, hay quien es más frío y quien es más apasionado en la forma de hablar, también, de Dios. Pero sí tenemos un reto por delante: Hacer que Dios sea el que le des sentido a Todo. Que Dios sea, de alguna manera, el que te permita poner nombre a las historias buenas y a las malas, procesar los errores, pintar el horizonte hacia el que uno quiere caminar.

Señor, ¿a quién iremos?
Un día decidimos subir a tu barca,
confiarte el timón.
Desde entonces
navegamos por la vida
y escuchamos sonidos diversos,
el ruido del trueno
que anuncia la tormenta,
los cantos de sirena
que prometen paraísos imposibles,
el bramido de un mar poderoso
que nos recuerda nuestra fragilidad,
las conversaciones al atardecer
con distintos compañeros de viaje,
los nombres de lugares
ue aún no hemos visitado,
y los de aquellos sitios
a los que no volveremos.


A veces nos sentimos tentados
de abandonar el barco,
de cambiar de ruta,
de refugiarnos en la seguridad de la tierra firme.
Pero, Señor, ¿a quién iremos…
si solo tú puedes ayudarnos a poner proa
hacia la tierra del amory la justicia?
José María R. Olaizola