23 may. 2014

Razón, libertad y amor

Por Vicente Huerta

Sin libertad, no puede brotar el amor. No se puede decir nunca a nadie: te pido que me ames. El amor, o es libre en la persona, o no es amor. Por ello, siempre que uno cohíbe, rebaja, menosprecia, etc., la libertad del otro, él mismo es el causante de que éste otro no lo pueda amar. A los tiranos, por temor o a la fuerza, se les obedece. Pero nadie los quiere.

Muchas parejas, por el hecho de intentar dominar al otro, o bien de dominarse mutuamente, van marchitando y secando su antiguo amor. Pasa lo mismo entre padres e hijos, amigos, grupos de trabajo, etc. En último término, las contiendas del mundo tan trágicas de ordinario, son debidas a la opresión de las libertades.

La modernidad, desde Descartes, ha ido fundamentando la libertad sobre la razón. La razón se erigió en cima del ser humano. Ella forjaría el progreso. La hegemonía de la razón ilustrada, sin embargo, ha conducido al mundo a las guerras más horribles utilizando las técnicas alcanzadas (Hiroshima, Nagasaki). Ha puesto en peligro, atentando contra la ecología, y ha amenazado con sus industrias la supervivencia misma de la humanidad. Y ha causado las máximas injusticias entre los pueblos ricos y pobres. La "sospecha" y el "desencanto" de este envanecimiento de la razón ponen en peligro que ahora se menosprecie esta maravillosa capacidad del hombre.