24 feb. 2017

Amor como conquista
























Antes de construir un edificio, es preciso asegurarse de las condiciones del terreno, realizar estudios de viabilidad, nombrar un arquitecto, organizar la financiación, anunciar la oferta, elegir la empresa constructora. Solo entonces se inician los trabajos: cimientos, muros, tejados, desagües… Llega un día en el que se puede decir: «La casa está terminada».

En la construcción de la santidad personal y de las virtudes que le son propias, no sucede lo mismo. Este es un edificio en continua construcción, algo así como la Torre Eiffel, cuyas piezas se cambian sin descanso, una tras otra, un día y otro, a lo largo de los años; la famosa torre junto a la que viví en los años 80 no conserva un solo perno de aquella a la que subí por primera vez en 1966.

Para el hombre, la conquista de la pureza supone una lucha cotidiana, hasta el día de la muerte, e incluso en el más allá, en la purificación del Purgatorio. La pureza no es un diamante que se encuentra un día, que se talla y se pule para brillar después en un joyero o en los dedos de una mujer.

El amor es una conquista, y una conquista permanente. Se apoya en la perseverancia, que triunfa sobre toda clase de dificultades, como la del desaliento. Solamente Dios es puro, mientras que el hombre aspira a la pureza. El alma, a imagen del cuerpo, tiene una constante necesidad de ser lavada. Por eso, el Catecismo enseña que «el dominio de sí es una obra que dura toda la vida. Nunca se la considerará adquirida de una vez para siempre. Supone un esfuerzo reiterado en todas las edades de la vida».



El afán por esforzarse es esencial en la vida. Y es un aspecto eminentemente positivo de nuestra condición humana; un desafío al que hacer frente, la realización de una historia libre y responsable tejida de victorias y derrotas, con las que se forja esa humildad personal tan necesaria para el verdadero desarrollo de la personalidad y para la comprensión del prójimo.


(G. Derville en “Amor y desamor”).