5 may. 2017

Dios calma nuestra sed
















Necesitamos alegría en el seno de la familia, en el trabajo, en las relaciones con quienes tratamos, aunque sea por poco tiempo, con motivo de una entrevista, de un viaje, de esos pequeños favores que hacen más llevadero el tráfico difícil de la gran ciudad o la espera de un medio de transporte público que tarda en llegar. Debe sucedernos como a esas fuentes que aún existen en algunos pueblos, donde acuden por agua las mujeres del lugar. Unas llevan cántaros grandes, y la fuente los llena; otros son más pequeños, y también vuelven repletos hasta arriba; otros van sucios, y la fuente los limpia… Siempre se cumple que todo cántaro que va a la fuente vuelve lleno. Y así ha de ocurrir en la vida de un hombre de bien: cualquier persona que se nos acerque ha de irse con más paz, con alegría. Todo aquel que nos visite en una enfermedad, o por razón de amistad, de vecindad, de trabajo… ha de volver más alegre. A la fuente, normalmente, le llega el agua de otro lugar. El origen de nuestra alegría está en Dios, y la Virgen lleva a Él.
El trato con Jesús nos ayuda a pasar por encima de las diferencias o pequeñas antipatías que podrían surgir en algún momento, para llegar al fondo de las personas que tratamos, con frecuencia sedientos de una sonrisa, de una palabra amable, de una contestación cordial, que les endulce un poco esta vida en ocasiones no fácil.
Cuando el alma está alegre, es estímulo para los demás; la tristeza, por el contrario, oscurece el ambiente y hace daño. Como la polilla al vestido y la carcoma a la madera, así la tristeza daña al corazón del hombre; y daña también a la amistad, a la vida de familia…, a todo. Predispone al mal. Huyamos de ella cuando asome en la lejanía. 
(Francisco F. Carvajal, "Pasó haciendo el bien")