11 oct. 2018

Sacrificio transformador de Cristo

La institución de la Eucaristía no es solo la institución de un rito. Es verdad que, en cierto sentido, el “Haced esto en memoria” (Lc 22, 19) comporta la instauración de un nuevo rito, pero la Cena es mucho más: ha sido verdaderamente el don que Jesucristo hizo de sí mismo “por todos” mientras vivía.
Nuestra atención se ha dirigido con frecuencia –y no sin motivo- a la “transustanciación” misteriosa del pan y del vino en el Cuerpo y la Sangre de Jesús. Pero el gesto que El hizo en la Cena provoca un cambio todavía más radical. Al tomar el pan, al tomar el vino y decir “Esto es mi Cuerpo que se entrega por vosotros… Esta es mi Sangre derramada por vosotros”, Jesús transformó su muerte. Hizo de ella un don. De la ejecución capital de la que era víctima impotente hizo de modo anticipado una ofrenda libre que le abre a la resurrección y a la vida.
Su sacrificio consiste no en la muerte, sino en la transformación de la muerte. Jesús fue hacia la muerte no voluntariamente: “nadie me quita la vida, sino que yo la doy libremente” (Jn 10, 17). Anticipadamente, el don que El hace de su muerte cambia su sentido: el fracaso y la escandalosa injusticia de su muerte se transforma en apertura a la vida. En la ofrenda de Jesús, la muerte deja de ser un término fatal, un paso hacia la nada, y se convierte en el acto libre por medio del cual Jesús “pasa de este mundo al Padre” (Jn 13, 1).
Albert Vanhoye

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