| «Recuerda los mandamientos y no te enojes con tu prójimo, la alianza del Señor, y perdona el error» (Eclo 28, 7) |
2 feb 2014
Rectifica que es de sabios...
La importancia del silencio
Hoy queremos poner el acento en la importancia del silencio en la oración. No es una
novedad, pero suele ser uno de los puntos débiles de nuestra vida de oración.
Las prisas, las tareas, lo urgente, nos impide en múltiples ocasiones ver lo
importante, que es la presencia de Dios en nuestras vidas. Y para esto - como
para la oración explícita- es imprescindible el silencio.
Se
puede decir que la oración empieza con el
silencio: cada oración comienza con un rato de apaciguar el alma, y
termina con otro silencio-reto: ¿cómo voy a aplicar esto a mi vida?
Otros autores extrapolan este símil y lo aplican a la duración misma de la existencia humana: cuando nacemos estamos varios años sin poder hablar, y terminamos con un "Gran Silencio": la muerte que sólo deja que sean nuestros actos pasados los que sigan hablando de lo que fuimos. Y entre ambos silencios existenciales, un sinfín de palabras cruzadas entre Dios y tú.
Otros autores extrapolan este símil y lo aplican a la duración misma de la existencia humana: cuando nacemos estamos varios años sin poder hablar, y terminamos con un "Gran Silencio": la muerte que sólo deja que sean nuestros actos pasados los que sigan hablando de lo que fuimos. Y entre ambos silencios existenciales, un sinfín de palabras cruzadas entre Dios y tú.
Siendo
más concretos, otros remarcan que el silencio es eso
que cuesta tanto al principio de la vida de oración, y que poco a poco va creciendo hasta que llena todo el rato de oración, y llena la vida
misma.
RÓBAME LAS PALABRAS
Róbame, Señor, las palabras.
Todas
esas palabras vacías de mi vida,
todas esas voces que no son realmente la
mía,
todos esos ruidos con los que lleno mi boca
y esconden lo auténtico de mi ser.
Róbame, Señor, las palabras.
Transforma tanta aduladora energía
en búsqueda de Ti en cada esquina
y, hallándote desnudo en lo cotidiano,
sepa arroparte con un "sí" arriesgado.
Róbame, Señor, las palabras.
Aléjalas de mí en tal manera
que ya sólo pueda decirte que te quiero
con el ritmo constante e insaciable
de mi día a día.
Evangelio día 2: Domingo de la Presentación del Señor
Lectura del santo evangelio según san Lucas
(2,22-40):
Cuando entraban con el niño Jesús sus padres para
cumplir con él lo previsto por la ley, Simeón lo tomó en brazos y bendijo a Dios
diciendo: «Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz.
Porque mis ojos han visto a tu Salvador, a quien has presentado ante todos los
pueblos: luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel.»
Su padre y su madre estaban admirados por lo que
se decía del niño.
Simeón los bendijo, diciendo a María, su madre:
«Mira, éste está puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten; será
como una bandera discutida: así quedará clara la actitud de muchos corazones. Y
a ti, una espada te traspasará el alma.»
Palabra del Señor
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