17 abr. 2016

Posturas para orar


Si puedes estate bien arrodillado, pues como decía Guardini:

«el hombre que es humilde, se siente pequeño, inclina su cabeza y doblega todo su cuerpo. Se “humilla”. Y más se humilla cuanto más grande es su interlocutor; más evidente se le presenta su pequeñez. Más le aplasta […]Uno se hace pequeño; quisiera rebajar su estatura natural para quitarse toda arrogancia – y he aquí que el hombre ya la ha disminuido en la mitad. Ha caído de rodillas. Y si esto aún no es suficiente al corazón contrito y humillado todo el cuerpo se doblará. Y el cuerpo inclinado será, por sí solo, una plegaria intensamente expresiva. […] Al doblegar las rodillas, no conviertas esa acción en un gesto precipitado, ni puramente mecánico. ¡Infúndele un alma! Y el alma de ese gesto consiste en que tu corazón también se arrodille en un profundo sentimiento de veneración ante la majestad de Dios. Cuando entras en la iglesia o salgas de ella, cuando pasas frente al altar dobla tu rodilla, lentamente, profundamente, arrodilla también tu corazón. Y, al hacer la genuflexión, dí con todo respeto: “Dominus meus et Deus meus” – ¡Señor mío y Dios mío!  Eso es humildad, es verdad. Cada vez que lo hicieres, tu alma será tocada por la gracia de Dios» (Romano Guardini. Los Signos Sagrados).

Si no puedes arrodillarte o te estas quedando dormido incluso arrodillado, sin miedo ni vergüenza ponte de pie ante el Santísimo (eso si busca un lugar donde no tapes o distraigas a los otros). Otra vez nos recordaba Guardini el profundo sentido:

«Estos sentimientos de veneración pueden también traducirse de otra manera. Supongamos que estás sentado descansando o conversando. De pronto se acerca un hombre a quien profesas veneración y te dirige la palabra. Al instante te pones de pie, para escucharle y contestar a sus preguntas. ¿Por qué eso? Esta actitud de ponerse de pie significa ante todo que uno concentra sus fuerzas; en vez del abandono tan propio de quien se echa cómodamente sobre un sillón, uno se posesiona de sí mismo, toma una actitud viril. Significa que uno está atento.


Estar de pie denota vigilancia, dominio sobre sí mismo, una cierta tensión. Significa, por fin, que uno está dispuesto, preparado para la acción. El hombre de pie está alerta; está en condiciones de partir hacia acá o hacia allá; inmediatamente puede ejecutar una orden, o emprender una tarea. He aquí, pues, una manifestación nueva del respeto debido a Dios. Estar de rodillas y estar de pie son como el anverso y reverso de la misma medalla. De rodillas, la naturaleza adora a Dios, reposa en su presencia. De pie, expresa su anhelo de obrar. Por eso están, de pie, en esa actitud de respeto, el “siervo fiel y atento” a las menores insinuaciones del amo; el soldado equipado para el combate. Estar de pie simboliza, pues, el sentimiento de veneración, de respeto. Por eso nos levantamos cuando -durante la Misa- a la lectura del Evangelio, resuena la “Buena Nueva”».