28 feb. 2017

Corregir con amor

Que tu corrección nazca siempre del amor y nunca del enfado. Muchas veces la gente censura a otros no por el error cometido, sino porque les molesta. En lugar de mostrarse disconformes con las faltas que condenan, disfrutan —al menos inconscientemente— volcando en alguien su mal genio. No corrijas jamás por enemistad o por soberbia.No está bien recordar a otros constantemente sus defectos, simplemente porque tú eres virtuoso. «No tienes consideración» suele interpretarse como «yo que siempre soy considerado». Una corrección que no brote de la caridad no puede estar justificada ante Dios.

No permitas nunca que la reprimenda degenere en agravios o insultos, ni que contenga algo capaz de herir u ofender. Los abusos, en lugar de corregir o hacer más humilde, despiertan un odio secreto y muy amargo. Cuando la gente responde al abuso con el abuso, da una imagen totalmente indigna del ser humano.

La corrección nacida de un corazón que ama y administrada con amabilidad obtendrá su fruto. La música del amor, tanto si se escucha en el suave tono del elogio como en las notas más severas de la corrección, nunca deja de recibir amor a cambio. Afirma San Pablo que debemos corregir de manera verdaderamente fraternal. «Hermanos, si a alguien se le sorprendiera en alguna falta, vosotros, que sois espirituales, corregidle con espíritu de mansedumbre, fijándote en ti mismo, no vaya a ser que tú también seas tentado».

Si te mueve un auténtico amor a Dios y al prójimo, reprenderás con amabilidad. Quien reciba tu corrección notará la ternura que caracteriza a la santidad. Nada atrae con tanta fuerza el corazón del hombre como las manifestaciones de amor.
San Pablo aconseja corregir al que se descarría, y no juzgarlo ni castigarlo:
«Vosotros, que sois espirituales, corregidle con espíritu de mansedumbre»; y exhorta a reprender «como a un hermano»: «Vosotros, hermanos, en cambio, no os canséis de hacer el bien. Y si alguno no obedece lo que os decimos en nuestra carta, a ese señaladle y no tratéis con él, para que se avergüence; sin embargo, no lo consideréis como un enemigo, sino corregidle como a un hermano». Cuando amonestes a otro, lograrás más fruto si te acercas a su naturaleza sensible con la ternura de Cristo. Elogia generosa y magnánimamente sus buenas cualidades, no con ánimo de adular, sino para dejar constancia de lo bueno que realmente existe en él, y es probable que lo potencies, si no hubiera otros obstáculos. Habla brevemente pero con claridad de lo que es reprensible. No vale de nada extenderse en lecciones ni en sermones. Al amonestado no le llevará mucho tiempo comprender cuál es tu intención.

Que aquel a quien corriges se dé cuenta de que te limitas a hacer recomendaciones por su bien y para que pueda crecer su influencia, y que dejas a su discreción si servirse o no de tu consejo. Bien sabes que, si sucediera al revés y fueras tú quien recibiese una justa corrección, querrías que te trataran con consideración. Para esta delicada obra de caridad necesitas la guía del Espíritu Santo. Por eso dice san Pablo: 

«Llevad los unos las cargas de los otros y así cumpliréis la ley de Cristo. Porque si alguno se imagina que es algo, sin ser nada, se engaña a sí mismo. Que cada uno examine su propia conducta, y entonces podrá gloriarse solamente en sí mismo y no en otro; porque cada uno tendrá que llevar su propia carga».

—Empieza elogiando. Si tienes algo que criticar, comienza por elogiar y reconocer lo bueno con sinceridad. Siempre es más fácil oír lo que nos desagrada después de haber escuchado alabar nuestras cualidades. No utilices métodos expeditivos. Señala los defectos del otro con tacto.

—Habla de tus fallos antes de criticar los ajenos. No cuesta tanto escuchar cómo recitan tus faltas si quien te critica comienza admitiendo humildemente que también él dista mucho de ser impecable.


—Pregunta en lugar de impartir órdenes directas. Esto hace más fácil que una persona enmiende su error, mantiene a salvo su orgullo y le proporciona un sentimiento de importancia, animándole a colaborar y a no rebelarse.

—Protege la fama del otro. Muchas veces pisoteamos los sentimientos ajenos yendo a lo nuestro, acusando, amenazando, o criticando a un niño o a un adulto en presencia de terceros, sin tener en cuenta el daño que infligimos a su orgullo. Pararse unos minutos a pensar, decir una o dos palabras amables, y una auténtica comprensión hacia la actitud del otro harán mucho por aliviar el resquemor.

—Elogia la más mínima mejora. El elogio, y no la condena, mueve a la otra persona a seguir mejorando.

Reconoce la buena reputación del otro, cuyas expectativas debe cumplir, y hará un gran esfuerzo para no defraudarte. Si quieres que alguien mejore en un determinado aspecto, actúa como si poseyera ya esa característica. Presupón y afirma que ya cuenta con la cualidad que pretendes que desarrolle. Casi todos, pobres y ricos, están a la altura de la fama de honradez que se les reconoce.
Infunde aliento. Haz que el defecto que quieres corregir parezca fácil de enmendar y deja ver que lo que deseas que haga el otro no es difícil de llevar a cabo. 


(L. G. Lovasik en “El poder oculto de la amabilidad”)