30 nov. 2019

LA LLENA DE GRACIA

La Bienaventurada Virgen María a la que Dios eligió de entre todas las mujeres, como madre del Dios hecho hombre Jesucristo, fue preservada de toda culpa original, por singular privilegio divino. La “Llena de gracia” nos inunda con esa inmensa e infinita gracia de la SALVACIÓN:



































         Siendo del Cielo la Reina,

de la creación maravilla,
María es la más discreta,
la más humilde y sencilla.

Si contemplas en silencio
como transcurre su vida,
iras descubriendo atento
de su entrega la medida

Siempre callada y dispuesta,
siempre amable y servicial,
mientras vivía en su aldea,
era como las demás;

Más si te asomas por dentro,
al admirar su interior,
descubrirás los secretos
que guarda su corazón:

Concebida sin pecado,
de siempre por Dios amada,
por la gracia que le ha dado,
es María INMACULADA.

                                                                                                                         J. García.

Evangelio día 1: Domingo I de Adviento - ciclo A

Evangelio por Odres Nuevos

Lectura del santo evangelio según san Mateo (24,37-44):

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Cuando venga el Hijo del hombre, pasará como en tiempo de Noé. En los días antes del diluvio, la gente comía y bebía, se casaban los hombres y las mujeres tomaban esposo, hasta el día en que Noé entró en el arca; y cuando menos lo esperaban llegó el diluvio y se los llevó a todos; lo mismo sucederá cuando venga el Hijo del hombre: dos hombres estarán en el campo, a uno se lo llevarán y a otro lo dejarán; dos mujeres estarán moliendo, a una se la llevarán y a otra la dejarán.
Por tanto, estad en vela, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor.
Comprended que si supiera el dueño de casa a qué hora de la noche viene el ladrón, estaría en vela y no dejaría que abrieran un boquete en su casa.
Por eso, estad también vosotros preparados, porque a la hora que menos penséis viene el Hijo del hombre».
Palabra del Señor



Evangelio Comentado por:

José Antonio Pagola

Mt (24,37-44)

REORIENTAR NUESTRA VIDA

No siempre es fácil poner nombre a ese malestar profundo y persistente que podemos sentir en algún momento de la vida. Así me lo han confesado en más de una ocasión personas que, por otra parte, buscaban «algo diferente», una luz nueva, tal vez una experiencia capaz de dar color nuevo a su vivir diario.
Lo podemos llamar «vacío interior», insatisfacción, incapacidad de encontrar algo sólido que llene el deseo de vivir intensamente. Tal vez sería mejor llamarlo «aburrimiento», cansancio de vivir siempre lo mismo, sensación de no acertar con el secreto de la vida: nos estamos equivocando en algo esencial y no sabemos exactamente en qué.
A veces, la crisis adquiere un tono religioso. ¿Podemos hablar de «pérdida de fe»? No sabemos ya en qué creer, nada logra iluminarnos por dentro, hemos abandonado la religión ingenua de otros tiempos, pero no la hemos sustituido por nada mejor. Puede crecer entonces en nosotros una sensación extraña: nos hemos quedado sin clave alguna para orientar nuestra vida. ¿Qué podemos hacer?
Lo primero es no ceder a la tristeza ni a la crispación: todo nos está llamando a vivir. Dentro de ese malestar tan persistente hay algo muy saludable: nuestro deseo de vivir algo más positivo y menos postizo, algo más digno y menos artificial. Lo que necesitamos es reorientar nuestra vida. No se trata de corregir un aspecto concreto de nuestra persona. Eso vendrá tal vez después. Ahora lo importante es ir a lo esencial, encontrar una fuente de vida y de salvación.
¿Por qué no nos detenemos a oír esa llamada urgente de Jesús a despertar? ¿No necesitamos escuchar sus palabras?: «Estad en vela», «daos cuenta del momento que vivís», «es hora de despertar». Todos hemos de preguntarnos qué es lo que estamos descuidando en nuestra vida, qué es lo que hemos de cambiar y a qué hemos de dedicar más atención y más tiempo.
Las palabras de Jesús están dirigidas a todos y a cada uno: «Vigilad». Hemos de reaccionar. Si lo hacemos, viviremos uno de esos raros momentos en que nos sentimos «despiertos» desde lo más hondo de nuestro ser.

EL REINO DE DIOS


Se abren las puertas al ciclo litúrgico “A”.


Un ciclo litúrgico abarca el tiempo de todo un curso que va desde el mes de Diciembre hasta Diciembre del año siguiente. A lo largo de todo este curso se van sucediendo unos tiempos especiales que nos invitan a los fieles creyentes, a vivir, reflexionar y celebrar los misterios de nuestra salvación acaecidos en la persona de Jesucristo.


        EL ADVIENTO, con la solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Bienaventurada Virgen María, es un tiempo de cuatro semanas,  de espera y de preparación para la navidad en la que vivimos y celebramos de nuevo el nacimiento del Dios hecho hombre nacido de la mujer inmaculada.
Luego llega el tiempo de la cuaresma,  cuarenta días de penitencia oración y ayuno de profunda preparación para celebrar durante cincuenta días la Pascua Cristiana o la pasión, muerte y resurrección de Cristo salvador del mundo.
Con las solemnidades de la Ascensión, Corpus Cristi, Pentecostés y la Santísima Trinidad, se concluyen esos tiempos especiales del ciclo para dar paso y volver de nuevo al Tiempo Ordinario.

       La liturgia del ciclo “A”, nos pone como base el evangelio de San Mateo, que junto con los evangelios de San Marcos y San Lucas llamados sipnóticos, pues tienen una estructura similar a diferencia del de San Juan, nos ofrecen como tema fundamental “el Reino de Dios o Reino de los Cielos”.

        El reino de los cielos en la predicación de Jesucristo es la instauración de la soberanía divina mediante el reconocimiento del Dios que envía a su Hijo para salvar al mundo. Por eso se le llama a este evangelio de San Mateo, el evangelio del reino que ha trazado en el sermón de la montaña, con las Bienaventuranzas, el programa del camino cristiano (Mt. 5,1-12).

        Asimismo, el Espíritu del reino nos implicará en hacer las obras de justicia (limosna, oración y ayuno) mirando solo al Padre celestial. A este propósito el evangelio trae la oración “el Padre nuestro” (Mt.6, 9-13) como modelo de oración del cristiano.

    El ciclo “A”, pues, además de capacitarnos en la fe en el Señor, de conformarnos en una comunidad cristiana, nos capacita, sobre todo, para vivir en la esperanza de que las promesas que Cristo ha hecho con nosotros, se cumplirán.

Te daré las llaves del reino de los cielos, lo que ates en la tierra queda atado en los cielos, y lo desates en la tierra quedara desatado en los cielos. (Mt 16, 19)


24 nov. 2019

Discurso del Papa Francisco en el Memorial de la Paz Hiroshima

El Papa Francisco presidió el Encuentro por la Paz en la ciudad de Hiroshima, junto al Memorial de la Paz que rinde homenaje a las víctimas de la bomba atómica lanzada sobre esta ciudad y sobre la de Nagasaki al final de la Segunda Guerra Mundial.
A su llegada, y tras firmar en el libro de honor del Memorial, el Pontífice pronunció un discurso en el que reiteró que “el uso de la energía atómica con fines de guerra es hoy más que nunca un crimen, no sólo contra el hombre y su dignidad sino contra toda posibilidad de futuro en nuestra casa común. El uso de la energía atómica con fines de guerra es inmoral. Seremos juzgados por esto”.
A continuación, algunas reseñas del discurso del Papa Francisco:

«Por mis hermanos y compañeros, voy a decir: La paz contigo» (Sal 122,8).

        "Desde ese abismo de silencio, todavía hoy se sigue escuchando fuerte el grito de los que ya no están. Venían de diferentes lugares, tenían nombres distintos, algunos de ellos hablaban lenguas diversas. Todos quedaron unidos por un mismo destino, en una hora tremenda que marcó para siempre, no sólo la historia de este país sino el rostro de la humanidad.
          Hago memoria aquí de todas las víctimas y me inclino ante la fuerza y la dignidad de aquellos que, habiendo sobrevivido a esos primeros momentos, han soportado en sus cuerpos durante muchos años los sufrimientos más agudos y, en sus mentes, los gérmenes de la muerte que seguían consumiendo su energía vital."
          "Quisiera humildemente ser la voz de aquellos cuya voz no es escuchada, y que miran con inquietud y angustia las crecientes tensiones que atraviesan nuestro tiempo, las inaceptables desigualdades e injusticias que amenazan la convivencia humana, la grave incapacidad de cuidar nuestra casa común, el recurso continuo y espasmódico de las armas, como si estas pudieran garantizar un futuro de paz.
          Con convicción, deseo reiterar que el uso de la energía atómica con fines de guerra es hoy más que nunca un crimen, no sólo contra el hombre y su dignidad sino contra toda posibilidad de futuro en nuestra casa común. El uso de la energía atómica con fines de guerra es inmoral. Seremos juzgados por esto."
         "Las nuevas generaciones se levantarán como jueces de nuestra derrota si hemos hablado de la paz, pero no la hemos realizado con nuestras acciones entre los pueblos de la tierra. ¿Cómo podemos hablar de paz mientras construimos nuevas y formidables armas de guerra? ¿Cómo podemos hablar de paz mientras justificamos determinadas acciones espurias con discursos de discriminación y de odio?
         "Estoy convencido de que la paz no es más que un “sonido de palabras” si no se funda en la verdad, si no se construye de acuerdo con la justicia, si no está vivificada y completada por la caridad, y si no se realiza en la libertad (cf. S. Juan XXIII, Carta enc. Pacem in terris, 37).
El Papa Francisco pronuncia su discurso. Foto: Captura Youtube
         La construcción de la paz en la verdad y en la justicia significa reconocer que «son muchas y muy grandes las diferencias entre los hombres en ciencia, virtud, inteligencia y bienes materiales» (ibíd., 87), lo cual jamás puede justificar el propósito de imponer a los demás los propios intereses particulares. Por el contrario, todo esto constituye una fuente de mayor responsabilidad y respeto. Asimismo, las comunidades políticas, que legítimamente pueden diferir entre sí en términos de cultura o desarrollo económico, están llamadas a comprometerse a trabajar «por el progreso común», por el bien de todos (ibíd., 88).
De hecho, si realmente queremos construir una sociedad más justa y segura, debemos dejar que las armas caigan de nuestras manos: «No es posible amar con armas ofensivas en las manos» (S. Pablo VI, Discurso a las Naciones Unidas, 4 octubre 1965, 10). Cuando nos entregamos a la lógica de las armas y nos alejamos del ejercicio del diálogo, nos olvidamos trágicamente de que las armas, antes incluso de causar víctimas y ruinas, tienen la capacidad de provocar pesadillas, «exigen enormes gastos, detienen los proyectos de solidaridad y de trabajo útil, alteran la psicología de los pueblos» (ibíd.).
¿Cómo podemos proponer la paz si frecuentamos la intimidación bélica nuclear como recurso legítimo para la resolución de los conflictos? Que este abismo de dolor evoque los límites que jamás se pueden atravesar. La verdadera paz sólo puede ser una paz desarmada. Además, «la paz no es la mera ausencia de la guerra […]; sino un perpetuo quehacer» (Conc. Vat. II, Const. past. Gaudium et spes, 78). Es fruto de la justicia, del desarrollo, de la solidaridad, del cuidado de nuestra casa común y de la promoción del bien común, aprendiendo de las enseñanzas de la historia.
Recordar, caminar juntos, proteger. Estos son tres imperativos morales que, precisamente aquí en Hiroshima, adquieren un significado aún más fuerte y universal, y tienen la capacidad de abrir un auténtico camino de paz.
Por lo tanto, no podemos permitir que las actuales y nuevas generaciones pierdan la memoria de lo acontecido, memoria que es garante y estímulo para construir un futuro más justo y más fraterno; recuerdo expansivo capaz de despertar las conciencias de todos los hombres y mujeres, especialmente de aquellos que hoy desempeñan un papel especial en el destino de las naciones; memoria viva que nos ayude a decir de generación en generación: ¡nunca más!
Precisamente por eso estamos llamados a caminar juntos, con una mirada de comprensión y perdón, abriendo el horizonte a la esperanza y trayendo un rayo de luz en medio de las numerosas nubes que hoy ensombrecen el cielo. Abrámonos a la esperanza, convirtiéndonos en instrumentos de reconciliación y de paz. Esto será siempre posible si somos capaces de protegernos y sabernos hermanados en un destino común.
Nuestro mundo, interconectado no sólo por la globalización sino desde siempre por una tierra común, reclama más que en otras épocas la postergación de intereses exclusivos de determinados grupos o sectores, para alcanzar la grandeza de aquellos que luchan corresponsablemente para garantizar un futuro común.
En una sola súplica abierta a Dios y a todos los hombres y mujeres de buena voluntad, en nombre de todas las víctimas de los bombardeos y experimentos atómicos, y de todos los conflictos, elevemos conjuntamente un grito: ¡Nunca más la guerra, nunca más el rugido de las armas, nunca más tanto sufrimiento! Que venga la paz en nuestros días, en este mundo nuestro. Oh Dios, tú nos lo has prometido: «La misericordia y la fidelidad se encuentran, la justicia y la paz se besan; la fidelidad brota de la tierra, y la justicia mira desde el cielo» (Sal 84,11-12).
Ven, Señor, que es tarde y donde sobreabundó la destrucción que también pueda hoy sobreabundar la esperanza de que es posible escribir y realizar una historia diferente. ¡Ven, Señor, Príncipe de la paz, haznos instrumentos y ecos de tu paz!

23 nov. 2019

Mensajes de Paula para Noviembre



Evangelio día 24: Domingo XXXIV del Tiempo Ordinario



Jesucristo Rey del Universo – Ciclo C


Evangelio por Odres Nuevos

"Te serviré cada día, Cristo mi Rey"

Lectura del santo evangelio según san Lucas (23,35-43):

En aquel tiempo, los magistrados hacían muecas a Jesús diciendo: «A otros ha salvado; que se salve a sí mismo, si él es el Mesías de Dios, el Elegido».
Se burlaban de él también los soldados, que se acercaban y le ofrecían vinagre, diciendo: «Si eres tú el rey de los judíos, sálvate a ti mismo».
Había también por encima de él un letrero: «Este es el rey de los judíos».
Uno de los malhechores crucificados lo insultaba diciendo: «¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros».
Pero el otro, respondiéndole e increpándolo, le decía: «¿Ni siquiera temes tú a Dios, estando en la misma condena? Nosotros, en verdad, lo estamos justamente, porque recibimos el justo pago de lo que hicimos; en cambio, éste no ha hecho nada malo».
Y decía: «Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino».
Jesús le dijo: «En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el paraíso».
Palabra del Señor



Evangelio Comentado por:
José Antonio Pagola
Lc (23,35-43)

ACUÉRDATE DE MÍ

Según el relato de Lucas, Jesús ha agonizado en medio de las burlas y desprecios de quienes lo rodean. Nadie parece haber entendido su vida. Nadie parece haber captado su entrega a los que sufren ni su perdón a los culpables. Nadie ha visto en su rostro la mirada compasiva de Dios. Nadie parece ahora intuir en aquella muerte misterio alguno.
Las autoridades religiosas su burlan de él con gestos despectivos: ha pretendido salvar a otros; que se salve ahora sí mismo. Si es el Mesías de Dios, el «Elegido» por él, ya vendrá Dios en su defensa.
También los soldados se suman a las burlas. Ellos no creen en ningún Enviado de Dios. Se ríen del letrero que Pilato ha mandado colocar en la cruz: «Este es el rey de los judíos». Es absurdo que alguien pueda reinar sin poder. Que demuestre su fuerza salvándose a sí mismo.
Jesús permanece callado, pero no desciende de la cruz. ¿Qué haríamos nosotros si el Enviado de Dios buscara su propia salvación escapando de esa cruz que lo une para siempre a todos los crucificados de la historia? ¿Cómo podríamos creer en un Dios que nos abandonara para siempre a nuestra suerte?
De pronto, en medio de tantas burlas y desprecios, una sorprendente invocación: «Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino». No es un discípulo ni un seguidor de Jesús. Es uno de los dos delincuentes crucificados junto a él. Lucas lo propone como un ejemplo admirable de fe en el Crucificado.
Este hombre, a punto de morir ajusticiado, sabe que Jesús es un hombre inocente, que no ha hecho más que bien a todos. Intuye en su vida un misterio que a él se le escapa, pero está convencido de que Jesús no va a ser derrotado por la muerte. De su corazón nace una súplica. Solo pide a Jesús que no lo olvide: algo podrá hacer por él.
Para colorear

Jesús le responde de inmediato: «Hoy estarás conmigo en el paraíso». Ahora están los dos unidos en la angustia y la impotencia, pero Jesús lo acoge como compañero inseparable. Morirán crucificados, pero entrarán juntos en el misterio de Dios.
En medio de la sociedad descreída de nuestros días, no pocos viven desconcertados. No saben si creen o no creen. Casi sin saberlo, llevan en su corazón una fe pequeña y frágil. A veces, sin saber por qué ni cómo, agobiados por el peso de la vida, invocan a Jesús a su manera. «Jesús, acuérdate de mí» y Jesús los escucha: «Tú estarás siempre conmigo». Dios tiene sus caminos para encontrarse con cada persona y no siempre pasan por donde nosotros pensamos. Lo decisivo es tener un corazón para abrirnos al misterio de Dios encarnado en Jesús.

De juicios y condenas

       
Hace años un sacerdote anciano, acrisolado en muchas batallas, al escucharme criticar a alguien me dijo sonriendo: “no juzgues a los demás solo porque pecan de manera diferente a como pecas tú”.
      Desde entonces, esta máxima me ha acompañado y creo que me ha ayudado a ser un poco mejor persona. Sin duda es una frase tan sencilla como profunda. Nos habla de empatía, de compasión, de fijarse en las personas y no en las categorías, nos habla de respeto, de ternura, de miradas cordiales, de corazón humilde…
     Y, evidentemente, nos habla de la realidad. ¡Con qué inmisericorde certeza juzgamos al otro! pero, a la vez, ¡con qué elegancia y seguridad me absuelvo y absuelvo a “los de mi partido”! ¡Con qué facilidad nos dejamos convencer por ese pequeño fariseo y por ese pequeño narcisista que llevamos dentro! (pequeños o no tan pequeños)
      No seguimos a una doctrina, ni a unas categorías, ni a una ley, ni a un catecismo… Seguimos a una persona que tuvo un sueño, el sueño de Dios. Seguimos al que nos mostró el verdadero rostro del Padre y nos invita a trabajar por el Reino. Seguimos a Alguien que no entendía mucho de leyes (de sábados) de lo que entendía era del corazón. Entendía de curar, de escuchar, de reconstruir, de abrazar… Seguimos al Rey de reyes que vino a salvar a los pecadores, a los de corazón pobre, a los que se saben los últimos…
Y le seguimos para ayudarle a seguir curando, escuchando, reconstruyendo, abrazando…

      Creo que hoy, más que nunca, necesitamos de esa Iglesia que cura, escucha, reconstruye y abraza. Porque en el mundo, y por ello también dentro de la Iglesia, hay enfermedad, incomunicación, destrucción y división.
      Vivimos en tiempos recios y, por ello, apasionantes. Y lo que salvará al mundo, lo que nos salvará a todos y cada uno de nosotros, no será un juicio, sino el amor.

“No juzgues a los demás solo porque pecan de manera diferente a como pecas tu”. Porque el otro, mi prójimo, pecador como yo, puede decir de sí mismo, y con verdad, lo que el papa Francisco nos recordaba: “soy un pecador en el que el Señor ha puesto sus ojos”.
Pablo Gerrero, sj

El Reino de Cristo




Señor Jesús, hijo del amor de Dios, no por nuestros méritos hemos obtenido en herencia formar parte de tu Reino, sino que nos lo ha concedido el Padre, precisamente él, que mediante ti y por ti creó todas las cosas.

Tú, que padeciste la injusticia humana para encontrar a un condenado a muerte, ayúdanos a realizar hoy la justicia de tu Reino: el perdón del pecador, la fiesta para cada hombre arrebatado al reino de la muerte.

Aleja de nosotros la tentación de la violencia que reprime la violencia, el deseo de venganza, la voluntad de hacernos justicia nosotros mismos. Haz que nuestros ojos, cegados por los espejismos del beneficio, puedan contemplar el tesoro de tu sabiduría; que nuestras mentes necias puedan intuir políticas de desarrollo y de paz; que nuestros corazones endurecidos se apasionen de nuevo ante el misterio de la vida contenido en el universo; que nuestras manos ensangrentadas trabajen en la construcción de tu Reino. A ti, Señor, el honor, el poder y la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

17 nov. 2019

Jornada mundial por los pobres


"El Padrenuestro es una oración que se realiza en plural" 

15 nov. 2019

EVANGELIO día 17: Domingo XXXIII del Tiempo Ordinario




      Evangelio según San Lucas, 25,5-19

Como algunos, hablando del Templo, decían que estaba adornado con hermosas piedras y ofrendas votivas, Jesús dijo:

       "De todo lo que ustedes contemplan, un día no quedará piedra sobre piedra: todo será destruido".

        Ellos le preguntaron: "Maestro, ¿cuándo tendrá lugar esto, y cuál será la señal de que va a suceder?".
          Jesús respondió: "Tengan cuidado, no se dejen engañar, porque muchos se presentarán en mi Nombre, diciendo: 'Soy yo', y también: 'El tiempo está cerca'. No los sigan.
        Cuando oigan hablar de guerras y revoluciones no se alarmen; es necesario que esto ocurra antes, pero no llegará tan pronto el fin".                             Después les dijo: "Se levantará nación contra nación y reino contra reino.
       Habrá grandes terremotos; peste y hambre en muchas partes; se verán también fenómenos aterradores y grandes señales en el cielo."
        Pero antes de todo eso, los detendrán, los perseguirán, los entregarán a las sinagogas y serán encarcelados; los llevarán ante reyes y gobernadores a causa de mi Nombre, y esto les sucederá para que puedan dar testimonio de mí.
         Tengan bien presente que no deberán preparar su defensa,porque yo mismo les daré una elocuencia y una sabiduría que ninguno de sus adversarios podrá resistir ni contradecir.
     Serán entregados hasta por sus propios padres y hermanos, por sus parientes y amigos; y a muchos de ustedes los matarán.
     Serán odiados por todos a causa de mi Nombre.
     Pero ni siquiera un cabello se les caerá de la cabeza.
     Gracias a la constancia salvarán sus vidas.»

Palabra del Señor.



PARA TIEMPOS DIFÍCILES

Tendréis ocasión de dar testimonio.

Los profundos cambios socioculturales que se están produciendo en nuestros días y la crisis religiosa que sacude las raíces del cristianismo en occidente, nos han de urgir más que nunca a buscar en Jesús la luz y la fuerza que necesitamos para leer y vivir estos tiempos de manera lúcida y responsable.
Llamada al realismo
En ningún momento augura Jesús a sus seguidores un camino fácil de éxito y gloria. Al contrario, les da a entender que su larga historia estará llena de dificultades y luchas. Es contrario al espíritu de Jesús cultivar el triunfalismo o alimentar la nostalgia de grandezas. Este camino que a nosotros nos parece extrañamente duro es el más acorde a una Iglesia fiel a su Señor.
No a la ingenuidad
En momentos de crisis, desconcierto y confusión no es extraño que se escuchen mensajes y revelaciones proponiendo caminos nuevos de salvación. Estas son las consignas de Jesús. En primer lugar, «que nadie os engañe»: no caer en la ingenuidad de dar crédito a mensajes ajenos al evangelio, ni fuera ni dentro de la Iglesia. Por tanto, «no vayáis tras ellos»: No seguir a quienes nos separan de Jesucristo, único fundamento y origen de nuestra fe.
Centrarnos en lo esencial
Para colorear
Cada generación cristiana tiene sus propios problemas, dificultades y búsquedas. No hemos de perder la calma, sino asumir nuestra propia responsabilidad. No se nos pide nada que esté por encima de nuestras fuerzas. Contamos con la ayuda del mismo Jesús: «Yo os daré palabras y sabiduría»… Incluso en un ambiente hostil de rechazo o desafecto, podemos practicar el evangelio y vivir con sensatez cristiana.
La hora del testimonio
Los tiempos difíciles no han de ser tiempos para los lamentos, la nostalgia o el desaliento. No es la hora de la resignación, la pasividad o la dimisión. La idea de Jesús es otra: en tiempos difíciles «tendréis ocasión de dar testimonio». Es ahora precisamente cuando hemos de reavivar entre nosotros la llamada a ser testigos humildes pero convincentes de Jesús, de su mensaje y de su proyecto.
Paciencia
Esta es la exhortación de Jesús para momentos duros: «Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas». El término original puede ser traducido indistintamente como «paciencia» o «perseverancia». Entre los cristianos hablamos poco de la paciencia, pero la necesitamos más que nunca. Es el momento de cultivar un estilo de vida cristiana, paciente y tenaz, que nos ayude a responder a nuevas situaciones y retos sin perder la paz ni la lucidez.

José Antonio Pagola