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17 jul 2019

La pregunta más aterradora

Luisa Restrepo 

¿Te vas a atrever a contestarla?

Entre las clases, el trabajo, las expectativas de los padres, de los demás, las citas, el Instagram y el discernir qué hacer; nuestra vida puede convertirse en una larga lista de cargas y presiones.
Muchos luchan con la ansiedad, la depresión, la soledad y las inseguridades, hasta que se acostumbran a sobrevivir sin la ayuda de Dios y de los demás.
Es que todos llevamos cruces personales que pueden sentirse demasiado pesadas ​​como para ser descubiertas. Y cuando llegamos al borde de la posible desesperación, Jesús nos está esperando. Él quiere llevar nuestras cruces y no abandonarnos en el sufrimiento.
Entonces, ¿cómo lo dejamos entrar en nuestras luchas? ¿Cómo darnos cuenta de lo que Él quiere de nosotros?

La pregunta

Al esforzarnos por lograr una vida en paz, nos olvidamos de hacernos una pregunta básica que puede resultar aterradora: “¿Realmente quiero vivir una vida más feliz?”. Puede sonar simple pero responder a ella requiere una honestidad brutal. Implica caer en la cuenta de muchas cosas, ir más adentro, dejar ciertos hábitos y dejarse ayudar.
No es cuestión de vergüenza, sino de un termómetro de cómo está la honestidad en nuestra vida. ¿Nos hemos acomodado en nuestras luchas y estamos esperando a que Dios nos lleve a una mejor vida?

La respuesta

Dar una respuesta honesta a la pregunta ¿realmente quiero vivir una vida más feliz? implica dejar el miedo; pues si la respuesta es sí, lo más probable es que tengamos bastante trabajo por hacer.
Ese sí podría significar ser vulnerable con los otros y pedir ayuda.
Podría significar despertarnos al hecho de que nos hemos establecido en algunas áreas de nuestras vidas.
Podría revelar que nos hemos sentido demasiado cómodos y hemos dejado de crecer.
Y finalmente, podría revelar, que nos hemos metido en nuestra “cueva” para no sufrir.

El camino

Vivir la vida al máximo puede no ser un paseo por el parque, pero es una vida llena de esperanza en Cristo. Él nos da la gracia para llevar nuestras cruces y esta gracia viene con pasos concretos y prácticos.
Dar pasos reales hacia una vida más satisfactoria significa primero aceptar la respuesta a la pregunta ¿realmente quiero vivir una vida más feliz?.
Requiere una mirada honesta a nosotros mismos porque necesitamos entender de dónde venimos y dónde estamos para poder avanzar. Significa tomar pasos concretos y reales. Significa estar dispuestos a amar y en ese esfuerzo cosechar sufrimiento también.
No podemos simplemente decir que sí y esperar a que Dios haga todo el trabajo. Él nos está llamando a seguirlo y eso implica pararse e ir.
Significa hablar con alguien y pedir ayuda. Significa construir una relación conmigo mismo.
Vivir una vida más feliz requiere que entendamos para qué estamos hechos. Requiere darnos el tiempo, la paciencia y la comprensión que le daríamos a un amigo mientras lucha, fracasa, se cae y se recupera en el proceso de crecimiento y curación.
El cambio real requiere una acción real. Para crecer y sanar, primero debemos hacer esa pregunta aterradora y examinar si realmente estamos levantándonos de nuestra comodidad para vivir bien.
También implica no volver una y otra vez sobre nuestros problemas. Implica salir a la calle y mirar a nuestros hermanos, empezar a luchar por ellos. Cuando los hayas amado lo suficiente se habrá estirado tu corazón y estarás curado. Como dice Martín Descalzo: “De cada cien de nuestras enfermedades, noventa son de parálisis y de pequeñez espiritual. «El vicio supremo es la limitación del espíritu», decía Oscar Wilde. Y aún lo decía mejor un viejo santo oriental, San Serapión. «El problema de a qué dedicamos nuestra vida es un problema artificial. El problema real es la dimensión del corazón. Consigue la paz interior y una multitud de hombres encontrarán su salvación junto a ti»”.
¿Estás dispuesto a dejar de limitar tu espíritu? No tengas miedo. Haz la pregunta y ponte a trabajar.

13 jul 2019

Tres maneras de cuidar la amistad con uno mismo

woman heart

La amistad con uno mismo es una de las relaciones más preciadas. Vale la pena invertir en ella

¿Podríamos convertirnos en nuestro peor enemigo? Cultivar la amistad con uno mismo se trata de reconocer quiénes somos y atender a nuestro ser auténtico para mejorar nuestra relación personal y social. Después de todo, si somos buenos amigos con nosotros mismos más fácilmente podremos serlo con los demás.

Aprender a escucharnos y expresar nuestras emociones

El saber escucharnos es fundamental para comprender cómo nos encontramos en cada etapa de nuestra vida. No podemos ser verdaderos amigos sin el autoconocimiento que nos da consciencia de todo lo que nos ocurre. Esto significa aplicar la escucha activa en el modo en que pensamos, sentimos y nos expresamos.
Es posible que uno se trate de manera muy dura o desagradable aun sin darse cuenta de que lo está haciendo. Ser capaz de expresar esas emociones con palabras, nos permite reconocer que lo que uno se dice y piensa sobre uno mismo nos afecta enormemente y que podemos llenar ese lenguaje con valores positivos.


Aceptar que tenemos vulnerabilidades y saber perdonarse

Es importante ser amable con uno y aceptar nuestra humanidad imperfecta. Saberse humano es un grandeza que nos permite abrazar toda nuestra realidad. Comprender nuestras debilidades nos permite dar ese primer paso de triunfo de amor en el crecimiento personal.
Ser amables no significa que uno complazca su orgullo o sea egoísta. Es un hábito saludable que necesita práctica constante, como comer adecuadamente y dormir lo suficiente. Cuando cometemos errores podemos recurrir a la paz que nos da el perdón y aprender la lección para no volver a cometerlos. Un buen amigo tiene una actitud abierta y sabe perdonar.

Mirar menos a los demás y ejercitar nuestros dones

Hay una tendencia constante a mirar a los demás buscando compararse, pero eso nos quita el foco. Si no cuidamos lo nuestro porque pasamos más tiempo en el Instagram de un amigo, hablando de los vecinos o dando opiniones y elevando juicios sobre el resto, estamos limitando nuestra propia capacidad para crecer. Si el motor de nuestras conductas están fuera, se va perdiendo la dirección y la relación de amistad que podemos tener con nosotros mismos.
Enfocarse en la combinación única de nuestras fortalezas es lo que nos hace avanzar. Piensa en lo que tienes y tus logros. Hay muchos logros pequeños pero importantes como tener buenos amigos o una buena familia.

8 jun 2019

Como si Dios no existiera...

 Si Dios existiera, si sólo pudiera creer que existe, sería perpetuamente feliz. No podría interesarme ya en otra cosa que no fuese El. Me sentiría rodeado de ternura y de protección. Los placeres del mundo no serían nada, la muerte no sería nada. 

Si yo supiera que Dios existe, si mi vida no fuese más que la demora de mi encuentro con El, aunque esta vida fuese dolorosa, sería suave como la larga espera de una mujer amada, de cuya llegada se está absolutamente seguro. 

Si Dios existiera, me parece que yo sería naturalmente bueno con todo el mundo, como un hombre súbitamente millonario que vaciara sus sacos de escudos por todas partes, por simple placer. 

Si Dios existiera, me parece que mis culpas pasadas serían absorbidas en El y perdonadas, por el hecho mismo de que yo las reconocería como culpas... 

Pero Dios no se da a conocer, y en el mundo todo ocurre, incluso para los que creen en El, como si Dios no existiera”.

Paul Valèry.


8 may 2019

¿Dónde se encuentra la felicidad?



























No sé si conoces la historia que narra que, allá por los inicios de la humanidad, se congregaron unos cuantos demonios con el propósito de montar una gorda.
Uno de ellos propuso a los otros: −Debemos arrebatar algo importante a los hombres y mujeres, a ver si los desquiciamos; pero ¿qué?
Tras darle muchas vueltas, respondió otro de los diablos: −¡Lo tengo claro! Vamos a quitarles la felicidad. Para ellos es un don más que preciado; pero ¿dónde podemos esconderla para que no la puedan encontrar? Eso es esencial…
Propuso uno de ellos: −¡Ocultémosla en la cumbre del monte más alto del mundo!
A lo que otro replicó: −¡Para nada! Alguien acabará escalando hasta allí y la encontrará. Y, si ello ocurre, ¡ya todos sabrán dónde está!
Otro de los diablos propuso: −¡Escondámosla, entonces, en el fondo de los océanos!
−¡Qué ocurrencia!, le replicaron. Acabarán construyendo lo que llamarán submarinos y otras invenciones para sumergirse hasta las mayores profundidades y entonces darán con ella.
Y planteó otro: −¡Ocultémosla en un planeta lejano a la Tierra!
Los demás, sin embargo, lo desecharon de raíz: −¡No! No son tan tontos; acabarán viajando en naves espaciales y la encontrarán.
Finalmente, un demonio tan viejo como malvado, lanzó una mirada sagaz a todos y les dijo: Creo que ya sé dónde esconder la felicidad para que los hombres jamás la encuentren…
Los demás preguntaron expectantes: −¿Dónde?
El astuto diablo respondió: −La esconderemos dentro de ellos mismos: en el fondo de sus corazones… Estarán tan ansiosos buscándola fuera de sí mismos que nunca la encontrarán. Se perderán en lo accesorio, en lo banal, en lo exterior, en las apariencias… en las cosas materiales. Esas que tantas veces tienen más precio que valor… Su codicia y ambición les hará emplearse a fondo para dar con el mayor de los tesoros en los objetos y posesiones; para llenar, así, vanidades, colmar egos, distraerse de lo esencial. ¿Descubrirá alguno que, en realidad, solo se encuentra la felicidad mirando a lo interior, si se encuentra el sentido profundo de la vida, si, desde un corazón de carne y no de piedra, uno se vuelca en el servicio a los demás? Si queremos alejarles de la felicidad, lo mejor es colocarla tan cerca de ellos mismos que sean incapaces de caer en cuenta de que solamente pueden hallarla en el fondo de su ser…
Todos estuvieron de acuerdo; y desde entonces ha sido así: hombres y mujeres pasan la vida buscando por ahí fuera la felicidad… Pero ya lo advirtió el sabio Pitágoraslos hombres buscan lejos la fuente del bien, cuando la llevan dentro de su corazón.
Tomado de José Iribas, en dametresminutos.wordpress.com.

21 ene 2019

EL REGALO...



Hay que creer. Que es posible. Más allá de nuestras fuerzas y nuestros límites. Más allá de nuestras derrotas y nuestras alas quebradas. Más allá de la fragilidad que nos hace dudar. Más allá de enfadarnos con el mundo, con nosotros mismos, con los otros, o con Dios... Hay que creer. Creer y plantar cara a nuestros fantasmas con fortaleza, con valentía y con creatividad. ¿Tal vez también tú tienes tus propias heridas e inseguridades? ¿Tal vez también tú te sientes abatido, roto, enfadado, incapaz y encerrado en oscuridades de fuera o de dentro? ¡No te rindas!
Jacob Frey (El regalo)

13 oct 2018

16 abr 2017

Las pequeñas alegrías

Todos aspiramos a la alegría grande, a la felicidad, y debemos conquistarla. Sin embargo, también en la vida cotidiana suceden muchas cosas buenas que producen intenso gozo. Es importante descubrirlas porque los pequeños gozos son la sal de la vida, alimento de la alegría más honda. No son moneda falsa ni sustitución de la alegría con mayúsculas.

Hay momentos en que se nos cierra el horizonte, y es preciso descubrir y valorar las alegrías sencillas: en ocasiones, una preocupación desbordante o una pena grande cierran por un tiempo la alegría mayor, y mientras las cosas son así conviene aprovechar las dichas cotidianas, y no solo por animarse; también para no perderlas. Toda breve alegría o ilusión es buena, aumenta la esperanza e influye para bien en las relaciones con los demás. Es también parte del tesoro.






































Lo deja ver el Señor a través de aquella breve parábola: una mujer que tiene diez dracmas, si pierde una, para buscarla enciende la luz y barre toda la casa, busca cuidadosamente hasta que la encuentra. Y una vez hallada convoca a las amigas y vecinas y les dice: alegraos conmigo, porque he hallado la dracma que había perdido. No era mucho lo encontrado. La dracma es una moneda de relativo valor, pero esta mujer era pobre, y por eso se pone tan contenta del hallazgo que necesita contarlo. Jesús se detiene en describir los detalles porque habría observado algunas veces un incidente así, o quizá cuenta lo que le había ocurrido precisamente a su Madre.

No es esta la gran alegría de encontrar un tesoro en un campo, que conduce a un hombre a vender todo lo que tiene, pero es una alegría verdadera, que muestra la cara amable de la vida. Quien pierde la llave del coche, o la documentación o el teléfono móvil, es feliz al encontrarlos; llama, incluso, por teléfono a su mujer para decírselo: «fíjate, estaba en el bolsillo de otra chaqueta»; y ella: «menos mal, ¡cuánto me alegro!».

Así, un día de sol en invierno, una llamada de teléfono de una persona amiga a quien echábamos de menos, una palabra, una comida que agrada a toda la familia, una canción favorita que escuchamos inesperadamente en la radio, el momento de recoger a nuestro hijo del colegio y verle contento, una tarea ardua superada felizmente, el instante de llegar a la cima de un pico alto, una palabra que anima, una sonrisa sincera. A Dios le agradan nuestras alegrías menores, Él también sonríe. Ha creado el universo, un espacio inmenso con astros incontables. Ha creado también esta naturaleza que se nos presenta en flores diminutas, en insectos mínimos, en arbustos de innumerables especies.



F. Fernández Carvajal en “Pasó haciendo el bien”

20 oct 2016

Cuestión de actitud

Jinxy Jenkins vive su vida de manera caótica y aburrida, deprimido, de mal humor, reniega de su mala suerte hasta que un día de lluvia se cruza con Lucky Lou una mañana, ellos encuentran un emocionante y satisfactorio cambio de ritmo, ya que se precipitan por las colinas de San Francisco en un carrito de helados.

Muchas veces no salimos de nuestra zona de confort y caemos en el peligro de quedarnos atrapados en un bache, en ocaciones difícil de salir... Recuerda que la actitud y la confianza nos abren siempre el camino...

23 jun 2016

Gestionar la edad que se tiene

Existen muchas cosas que se nos imponen sin poder hacer nada por cambiarlas: la familia que tenemos, la carga genética, el pasado, el sexo, el temperamento, las consecuencias de lo que hemos hecho… y la edad. Nadie puede decidir qué edad tiene ni puede quitarse años de encima. Puede mentir o disimular, pero eso no cambia nada. Se pueden llevar mejor o peor los años que uno tiene, pero no los puede dejar de tener.
Cada vez más personas se dejan la piel –casi de manera literal– en aparentar más jóvenes de lo que son en realidad. Llevan a cabo una lucha a muerte contra los años; de hecho, una de las obsesiones de nuestro tiempo es la lucha contra el envejecimiento, incluso muchos científicos están en ello. No queremos aceptar lo inevitable: que no podemos hacer nada para impedir que cada año tengamos un año más.
Al principio, nos resulta relativamente fácil ganar batallas: vamos eliminando las incipientes arrugas, disimulando las primeras canas, no nos cuesta mucho mantener la forma física y guardar las apariencias a base de cremas hidratantes, cabellos teñidos o una ligera capa de maquillaje.
Pero llega un momento en que la guerra se recrudece y hay que echar mano de la artillería pesada: intervenciones quirúrgicas, liposucciones, curas de adelgazamiento, tratamientos sofisticados… La contienda da un giro de ciento ochenta grados y comenzamos a estar en el bando de los perdedores. Es el momento de quemar toda la munición: sólo vivimos para parecer que hemos vivido menos y que nos queda más por vivir, estamos embebidos en una lucha que no nos deja ser felices y que únicamente acaba con la propia capitulación.
No cabe duda de que sentirse y verse bien es una fuente de sati
sfacción y atrae a la felicidad; no obstante, plantearse la vida como una carrera contra ella misma es un error que trae como consecuencia la infelicidad.
No se trata de luchar contra la edad, sino de gestionar la edad que se tiene. Para ello, hay que comenzar por aceptarse a sí mismo, por ir adaptándose a los años, a no querer vivir la etapa que no toca. Nos intentamos convencer de que sólo se puede ser feliz si se es relativamente joven, algo totalmente falso a no ser que se encaje el concepto de felicidad en una determinada forma de vida que sólo valora lo juvenil.
Querer vivir en la edad que no toca nos hace perder la felicidad que nos podría tocar, porque, como decía la escritora francesa Daniel d’Arc, “la edad que se querría tener perjudica a la que se tiene”.
De http://blogs.aceprensa.com/familiaactual/