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12 jul 2020

Santificado sea tu nombre

https://pastoralsj.org/creer/

Hubo una época en que pensaba que esto de “santificado sea tu nombre” significaría que uno tenía que estar diciendo todo el día cosas bonitas de Dios, frases piadosas, o cantos de alabanza… Quizás me he hecho más mayor, o más práctico, o comprendo un poco más el mundo. Ahora cuando me detengo en esa frase inmediatamente me vienen a la mente polémicas y frases desgraciadamente frecuentes en nuestro mundo, en el que hay gente que, con el argumento de la libertad de expresión, dice verdaderas barbaridades sobre Dios (y de paso la Virgen, los santos y todo aquello que les suene a religión).


Entonces me doy cuenta de que santificar un nombre es algo mucho más serio que decir cosas bonitas, aunque ciertamente también es algo que implica no decir barbaridades.


Primero, es aprender a respetar todo lo que ese nombre significa para mí y para otros. Respetar lo que comparto, pero también lo que no. Respetar el nombre de Dios es respetar a las personas para quien ese nombre es importante (si acaso yo no creyera). Y es también -si yo soy creyente- tomar en serio ese nombre. Tomarlo en serio es no utilizarlo para cualquier cosa. Es no confundir la voluntad de Dios con cosas que no dejan de ser tradición, cultura o costumbre. Es descalzarme ante el terreno sagrado que es su palabra, y escucharla. Es aprender a descubrir los mil significados de ese nombre. Porque “tu nombre” es Dios, y es Padre, y Madre, y Alfarero, y Creador, Maestro, Juez, Amigo, Jesús, Espíritu, Sabiduría… innumerables nombres cargados de significado, matices y profundidad. Y al tomar en serio esos nombres, entonces tomo en serio las consecuencias para mí, que me entiendo también como Hijo, Hermano, Barro, Criatura, Discípulo, Libre, Amigo, etc.


Santificar su nombre es ser consciente de que al decir “Dios”, estoy hablando de Dios, del mundo, y de mi propia vida. De nuestra verdad más profunda.

José María Rodríguez Olaizola, sj.

1 jun 2020

Cristo, te amo



Cristo, te amo
no porque bajaste de una estrella
sino porque me descubriste
que el hombre tiene sangre,
lágrimas, congojas...
¡llaves, herramientas!
para abrir las puertas cerradas de la luz.
Sí... Tú nos enseñaste que el hombre es Dios...
un pobre Dios crucificado como Tú.

Y aquel que está a tu izquierda en el Gólgota,
el mal ladrón...
¡también es un Dios!

Fray Luis de León

14 jun 2019

Haremos morada en él


Tu  eres el verdadero autor de lo que se va escribiendo en mi historia...

 “Si alguno me ama, guardará mi palabra; y mi Padre lo amará, y vendremos a él, y haremos morada en él”(Jn 14, 23).


Morar significa presencia y permanencia, reciprocidad en el amor. La morada es un lugar donde se descansa, donde se está con aquél a quien se ama. Y esto gracias al Espíritu Santo.


“Pero el Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, El os enseñará todas las cosas, y os recordará todo lo que os he dicho”. (Jn 14, 26).


El cristiano ha recibido la unción del Espíritu, es decir, es enseñado desde dentro por el mismo Dios que nos ilumina. Nos hace recordar las palabras de Cristo. Los apóstoles descubrieron en el Espíritu Santo el significado de ciertas palabras que antes no habían comprendido. “destruid este templo y yo lo reconstruiré” (…) “me iré pero volveré…”


Las palabras del Evangelio deberían impregnarnos y transformarnos, para ser nuestra esperanza, nuestra alegría y nuestra paz. Es lo que está en el corazón del Evangelio, la morada en el espíritu, la paz, la plenitud de los bienes de Dios, esa plenitud de libertad y de paz que nos son dadas por el Señor.


31 may 2019

EL CORAZÓN DE JESÚS













https://pastoralsj.org/ de Sergio Rosa
La imagen de un Jesús repeinado, triunfante y frío ha vaciado una devoción que es síntesis de nuestra fe: la encarnación de un Dios implicado de tú a tú con la humanidad, que no observa pasivamente sino que se “remanga”, camina a nuestro lado, haciendo su corazón carne a la vera del sufriente. En ese horizonte nace el encuentro y brota una oración bellísima de liturgia cotidiana, que habla de un amor infinito, gratuito, sincero y de diario.

Nos dicen de Dios que “ve con ojos de misericordia”, que tiene un corazón como el nuestro. ¿Qué tiene eso que ver con la misericordia? Hija del latín, es la unión de miser (viene a significar desdicha) y cor-cordis (corazón), y traduce la imagen del corazón cercano al sufrimiento, a la debilidad. Proyecta la capacidad para poner el corazón en medio de la desgracia ajena. Esto es mirar el sufrimiento cara a cara,  con el centro donde guardamos lo que amamos, lo que nos cautiva. Con el corazón.
Entregarse por alguien; sostener al que llora; vivir con gratuidad; perdonar; comprometerse, construir... son formas de poner el corazón en juego, de practicar misericordia, de AMAR. Quizás esto nos ayude a dar sentido a la fiesta del Sagrado Corazón.
Esta devoción invita a dejarse acompañar por Él; no buscar su lógica sino dejarnos descansar en ella, expresión de la plegaria que nuestras abuelas recogían en un murmullo:"Corazón de Jesús, en Vos confío"; supone confiarse a sus manos. Vivir día a día la Contemplación para alcanzar amor de San Ignacio. Ser conscientes de que somos infinitamente queridos, esperados, acompañados… y entonces, entender que el amor de verdad no supone conquista, sino entrega a los demás, supone lanzarse, apostar, abrazar, acoger… como el corazón de Jesús.

25 ene 2019

¿Qué significa el nombre de Jesús?

https://es.aleteia.org

Por Philip Kosloski

Una breve historia del nombre que ha cambiado el mundo

San Pablo escribe en su carta a los Filipenses: “para que al nombre de Jesús, se doble toda rodilla en el cielo, en la tierra y en los abismos” (2,10). Los cristianos siempre han creído que el nombre de Jesús tiene poder, pero muchos no conocen el significado de encierra. ¿Qué significa este nombre? ¿De dónde viene?
Ante todo, el nombre “Jesús” le fue dado a María por el mismo Dios a través del mensaje angélico de Gabriel: “Concebirás y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús” (Lucas 1,31). De todos los nombres que podría haber elegido, Dios eligió ese nombre por un motivo.
La Enciclopedia Católica explica que “la palabra Jesús es la forma latinizada del griego Iesous, que a su vez es la transliteración del hebreo Jeshua, o Joshua, o también Jehoshua, que significa ‘[Dios] es salvación.’”
El Catecismo de la Iglesia Católica añade, “Jesús significa en hebreo: ‘Dios salva’. En la anunciación, el ángel Gabriel le dio el nombre de Jesús como el más apropiado, signo de su identidad y de su misión”.
El nombre era popular en el Antiguo Testamento y durante la época del nacimiento de Jesús. Está fuertemente relacionado con el nombre “Josué.”
Por esta razón, la veterotestamentaria figura de Josué es vista como una prefiguración de Jesús, que ahora lleva al pueblo de Dios hacia la verdadera Tierra Prometida.
Según algunas fuentes antiguas, “el nombre en griego está conectado con el verbo iasthaicurar; es por ello que no sorprende que algunos de los Padres de la Iglesia griegos vinculaban el nombre de Jesús con esta raíz.”
En resumen, es un nombre poderoso, que resume quién es Jesús y qué vino a hacer a la tierra.
El nombre de Jesús significa que el Nombre mismo de Dios está presente en la Persona de su Hijo (cf. Hch 5, 41; 3 Jn 7) hecho hombre para la Redención universal y definitiva de los pecados. Él es el Nombre divino, el único que trae la salvación (cf. Jn 3, 18; Hch 2, 21) y de ahora en adelante puede ser invocado por todos porque se ha unido a todos los hombres por la Encarnación (cf. Rm 10, 6-13) de tal forma que “no hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el que nosotros debamos salvarnos” (Hch 4, 12; cf. Hch 9, 14; St 2, 7). (CCC 432).

10 ene 2019

El Hombre de la Sindone, reconstruido en 3D

Una reconstrucción con las medidas reales del Cristo crucificado


Esta estatua es la representación tridimensional a grandeza natural del Hombre de la Sindone, realizada sobre las medidas milimétricas tomadas del lienzo en que fue envuelto el cuerpo de Cristo durante la crucifixión”, explica Giulio Fanti, profesor de Mediciones mecánicas y térmicas en la Università di Padova y experto de la reliquia. El profesor, sobre la base de sus mediciones, ha hecho realizar un “calco” en 3D que – afirma él – le permite afirmar que estas son las reales medidas del Cristo crucificado.

“Consideramos que tenemos finalmente la imagen precisa de cómo era Jesús en esta tierra. De ahora en adelante ya no se le podrá representar sin tener esta obra en cuenta”. El profesor ha confiado al semanario Chi la exclusiva de esta obra suya, y les reveló: “Según nuestros estudios, Jesús era un hombre de una belleza extraordinaria. Esbelto, pero muy robusto, tenía un metro ochenta centímetros de alto, cuando la estatura media de la época era de 1,65 metros. Y tenía una expresión real y majestuosa” (Vatican Insider).



A través del estudio y la proyección tridimensional de la figura, Fanti ha podido también hacer un cómputo de las numerosísimas heridas sobre el cuerpo del Hombre de la Sindone:
“En la Sábana Santa – añade el profesor – he contado 370 heridas de flagelo, sin tener en cuenta las laterales, que el lienzo no ofrece porque envolvía sólo la parte anterior y posterior del cuerpo. Pero podemos lanzar la hipótesis de unos 600 golpes. Además, la reconstrucción. Además la reconstrucción tridimensional ha permitido reconstruir que en el momento de la muerte, el hombre de la Sindone estaba encorvado hacia la derecha porque el hombro derecho estaba luxada de manera tan grave que había lesionado los nervios” (Il Mattino di Padova).


Las preguntas que envuelven el misterio de la Sindone siguen aún presentes, seguramente en ese hombre martirizado vemos el signo del sufrimiento, y en él encontramos un poco de cada uno de nosotros; pero también – a los ojos de la fe – la esperanza de que ese hombre no fuese un hombre cualquiera, sino el Hombre por excelencia, ese Ecce Homo que se presentó dócil frente a Pilatos y que tras la tremenda flagelación fue crucificado siendo inocente, pero cargando con las culpas de todos.
Y aunque en la Sindone no sea obligatorio ni siquiera para el cristiano, la excepcionalidad de ese lino permanece allí para desafiar nuestra comprensión y nuestras certezas, casi como hizo en persona Jesús de Nazaret, que desafió nuestras certezas amando a sus perseguidores, perdonándoles desde la cruz y venciendo a la muerte hace dos mil años…