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14 nov 2020

Creador del cielo y de la tierra

 


Parece una broma, pero no lo es. A veces me han preguntado cómo puedo seguir creyéndome esto del Génesis, porque a nadie en su sano juicio le entra en la cabeza que eso haya podido pasar de verdad… Porque el Big-Bang, los chimpancés y el propio Darwin ya hablan por sí solos. Y lo más curioso, es que desde hace mucho tiempo la mayoría de los cristianos lo entendemos como un relato que pretende explicar cómo es Dios, nadie con dos dedos de frente comprende estos pasajes como un libro de Historia o una explicación que quiera reemplazar a la ciencia. La Iglesia ya lo ha dicho varias veces. Las personas que escribieron este relato no pretendían demostrar que Dios existía o escribir el primer tratado de Historia, más bien querían explicar a los lectores cómo Dios ama al mundo.

Nosotros los cristianos entendemos que Dios está detrás de todo, salvo del mal. Y todo es todo, lo que vemos, escuchamos y sentimos, y también de lo que no vemos y no podemos acceder a través de nuestra mente racional o de nuestros sentidos limitados. Son las partes que vemos, pero el cielo también es aquello que se nos escapa y no podemos acceder. Este todo incluye la vida y la muerte, lo visible y lo invisible, el principio y el final, la naturaleza con sus leyes y al hombre con su libertad. Convierte de alguna forma nuestra fe en algo capaz de dar sentido a toda nuestra existencia, lo que fuimos, somos y seremos, porque la fe no se conforma con una respuesta parcial. Y lo más importante, que Dios sigue actuando ahora y hace las cosas por amor.

Dios bendice la Creación y lo considera algo bueno. Quizás esto nos puede ayudar a entender la realidad y a descubrir que todo puede orientarse hacia Dios, huyendo de la eterna división entre lo bueno y lo malo. Pero sobre todo, podemos continuar la misión de Dios de crear vida, de ser sus cómplices creando bondad, verdad y belleza, de manera que nuestro paso por el mundo sea un pequeño paso para construir un lugar mejor para todos.

Puede que cada uno de los cristianos podamos preguntarnos cómo intentamos imitar a Dios en nuestra vocación personal y comunitaria y ser creadores de vida y de belleza en este mundo tan necesitado de amor y de esperanza.

Álvaro Lobo, Sj.

https://pastoralsj.org/


30 oct 2020

Amarás a Dios sobre todas las cosas


 He aquí una formulación complicada. Si a cada uno de nosotros nos preguntan ¿qué es lo que más quieres en este mundo? Más aún, si nos preguntan, ¿a quién amas más? Es posible que la primera respuesta no fuera «Dios».

Tal vez los padres hablarían de sus hijos. O alguien muy enamorado pensaría inmediatamente en su pareja. ¿Cuántas veces hemos oído a alguien expresar que su padre o su madre es lo que más quiere en este mundo? Es posible, también, que quien vive vocacionalmente alguna dimensión de la vida piense que eso es irrenunciable, que esa es su verdadera pasión y está por encima de todo lo demás –imagina un científico consagrado a una causa, un deportista en el momento cumbre de su carrera, un escritor que no concibe su vida sin las palabras–.

Amar a Dios sobre todas las cosas no significa amar solo a Dios o amarlo más (porque hay realidades, y sobre todo personas, a quienes amas con todo tu ser, y no crees que puedas amar más que eso). Quizás significa amarlo en todas. O que allá donde amas de verdad puedas aprender a descubrir el reflejo del Dios que es amor.

Es aprender a descubrir cómo, en muchas dimensiones de nuestra vida, el amor inmediato es solo un camino hacia el Dios que es principio y fundamento. Amar a los hijos es amar a Dios (que es Padre, y Madre, y nos enseña en ellos la gratuidad). Amar a los amigos es amar a Dios (que es relación y nos llama a no vivir encerrados en burbujas de egoísmo). Amar la propia vocación es amar a Dios (creador que nos ha dado tantas posibilidades de contribuir, con nuestros talentos, a continuar su obra). Amar a tu pareja incondicionalmente es amar a Dios (el que nos enseña el valor de la alianza, de la fidelidad y del compromiso).

¿Hay amores estériles en los que no está Dios? Puede haberlos. El amor al propio ego cuando está desquiciado y desmesurado. O a bienes que, entendidos como valores absolutos, solo se convierten en prisión (ya sea el dinero, la imagen, el poder, el éxito u otros). A esos los llamamos ídolos.

Una cuestión más. ¿Se puede amar a Dios directamente? Sí. En la medida que su Palabra se convierte en voz que me remite a Él. En Jesús, que nos ha mostrado el rostro más comprensible de Dios para nosotros. Y en un espíritu que a veces nos llena de gozo, de calma o de esperanza.

José María Rodríguez Olaizola, sj


12 jul 2020

Santificado sea tu nombre

https://pastoralsj.org/creer/

Hubo una época en que pensaba que esto de “santificado sea tu nombre” significaría que uno tenía que estar diciendo todo el día cosas bonitas de Dios, frases piadosas, o cantos de alabanza… Quizás me he hecho más mayor, o más práctico, o comprendo un poco más el mundo. Ahora cuando me detengo en esa frase inmediatamente me vienen a la mente polémicas y frases desgraciadamente frecuentes en nuestro mundo, en el que hay gente que, con el argumento de la libertad de expresión, dice verdaderas barbaridades sobre Dios (y de paso la Virgen, los santos y todo aquello que les suene a religión).


Entonces me doy cuenta de que santificar un nombre es algo mucho más serio que decir cosas bonitas, aunque ciertamente también es algo que implica no decir barbaridades.


Primero, es aprender a respetar todo lo que ese nombre significa para mí y para otros. Respetar lo que comparto, pero también lo que no. Respetar el nombre de Dios es respetar a las personas para quien ese nombre es importante (si acaso yo no creyera). Y es también -si yo soy creyente- tomar en serio ese nombre. Tomarlo en serio es no utilizarlo para cualquier cosa. Es no confundir la voluntad de Dios con cosas que no dejan de ser tradición, cultura o costumbre. Es descalzarme ante el terreno sagrado que es su palabra, y escucharla. Es aprender a descubrir los mil significados de ese nombre. Porque “tu nombre” es Dios, y es Padre, y Madre, y Alfarero, y Creador, Maestro, Juez, Amigo, Jesús, Espíritu, Sabiduría… innumerables nombres cargados de significado, matices y profundidad. Y al tomar en serio esos nombres, entonces tomo en serio las consecuencias para mí, que me entiendo también como Hijo, Hermano, Barro, Criatura, Discípulo, Libre, Amigo, etc.


Santificar su nombre es ser consciente de que al decir “Dios”, estoy hablando de Dios, del mundo, y de mi propia vida. De nuestra verdad más profunda.

José María Rodríguez Olaizola, sj.

1 jun 2020

Espíritu de... confianza




Que no… que no puedo, no insistas.
Si es que no merece la pena, siempre termina igual.
Me conozco bien, sé que estoy solo y que no puedo permitirme sufrir más.
¿Para qué voy a empezar si no va a dar en nada? No hay ninguna expectativa...
Nada, que todo acabó, que estoy vencido.
Claro que lo intenté, y acabé recorriendo los caminos del mundo noche y día, siempre perdido.
No fueron suficientes mis capacidades, ni mis esfuerzos… ni siquiera mis grandes éxitos.
¿En qué podré confiar entonces? Ya todo acabó…
Si no es el miedo lo que me paraliza, es sólo pena lo que me motiva…
¿Un reino de amor desinteresado, de paz, de justicia, de felicidad compartida?
¡¡Ya me gustaría!! Claro que siento ese anhelo profundo… pero ¿para qué escucharlo?
Ya perdí bastante de mi tiempo con eso…
Ya peleé esas batallas, ya aprendí a perder, a que no se me escuchase…
¿Otra vez? Con lo mal que acabó las anteriores veces…
¿Que me ponga en camino de nuevo? Pero, ¿hacia dónde?
Oye… sabes que estoy lleno de miedos, y que por mis fuerzas no seré capaz…
¿Tú serás mi apoyo? ¿Tú serás mi consuelo? ¿Y mi refugio o la luz que me guíe?
Como no me ayudes con mi fe y no me des fuerzas, yo no lo consigo… no.
Está bien, tiene sentido…
Es posible que vaya siendo tiempo de confiar…
Pero es que… ¡¡No!! Se acabaron los 'peros'…
Sí, tienes razón… Algo por dentro me dice que esta vez sí.
Algo me dice que siempre mereció y merecerá la pena.
Por ti, ¡¡me lanzo!!
                                                                       Fonfo Alonso-Lasheras, sj

22 mar 2020

Un sacerdote italiano a sus fieles: Siguen estando aquí conmigo…

GIUSEPPE CORBARI

El padre Guiseppe Corbari, sacerdote de la parroquia de Robbiano en el norte de Italia, publicó una foto en las redes sociales donde se posa, en el corazón de la nave de su iglesia. Al fondo, los rostros de sus feligreses.

El día antes de la misa del domingo, les envió este mensaje, pidiéndoles que le enviaran sus fotos:
“Al pararme frente al altar y ver bancos vacíos, siento tristeza, que entra en conflicto con el sacrificio divino que estoy celebrando. Está en conflicto con la esperanza que anuncio, con la alegría de la Pascua que espero. Estoy convencido de que estamos unidos en una comunión de fe, pero cuando miro dentro de mi iglesia donde estoy acostumbrado a verte, mis ojos ven el vacío. Así que tengo una propuesta para ti: envíame fotos tuyas, las imprimiré y las pegaré en los bancos: así me sentiré menos solo. Por supuesto, pondré la foto de los niños en las primeras filas, los monaguillos estarán cerca del altar y los adultos en todas partes … “
 https://es.aleteia.org/

14 mar 2020

La vacuna frente el caos

Es difícil resistirse a pensar estos días sobre la crisis sanitaria en que nos vemos envueltos y la crisis social que estamos protagonizando; porque el coronavirus nos ha venido dado pero el caos en el que vivimos es la suma de demasiadas irresponsabilidades sociales y políticas.
Desde hace días vengo pensando en cuál es nuestro deber como cristianos particularmente, pero también como Iglesia. Creo que no ando muy lejos al decir que hay dos riesgos: arrinconar en el cajón nuestra identidad cristiana o caer en la superstición bajo capa de fe. Ninguna de las dos opciones es lo que nuestro mundo necesita de nosotros como cristianos.
Por eso creo que nuestra vacuna ante el caos debe llevar al menos unas gotas de:
 Responsabilidad: para no sumirnos en la vorágine del agobio y el caos. ¿Qué necesito realmente? ¿qué debo hacer? ¿cómo puedo contribuir? Cada uno tenemos el deber de hacer responsablemente lo que nos corresponde.
• Integridad: no nos llamamos hijos de Dios solo los domingos de épocas de bonanzas, seamos otros cristos también en medio del miedo de nuestros hermanos: preocupate del vecino, comparte lo que tengas, da palabras de esperanza, práctica la generosidad, informa con claridad al hermano. Es un buen momento para hacer vida las obras de misericordia.

• Razonabilidad: creemos en la sabiduría encarnada, discierne tus fuentes de información, razona qué hacer en cada momento, si no creemos en un determinismo divino menos aún en un determinismo basado en el miedo y la desinformación.

• Prudencia: como a los apóstoles cuando Jesús les hablaba de la Pasión, nos gustaría que ya estuviese aquí la resurrección (el fin de la crisis), pero no podemos ser imprudentes ni en lo que hacemos ni en lo que decimos, pequeñas renuncias pueden ayudar a muchos con muy poco esfuerzo de nuestra parte.

• Misericordia: seamos misericordiosos como el Dios al que amamos lo es, no se trata de lanzarse inconscientemente al contagio, pero sí recordar que la vida está para darla, que si nos encerramos en cuidarnos solo de nosotros y los nuestros, nos estamos matando también como cristianos que olvidan que siguen al que dió su vida por nosotros.

• Fe: si algo hay en el fondo del miedo que nos envuelve es la falta de fe y esperanza. Como cristianos lo primero es saber que Dios sigue estando, que nos escucha, que no nos abandona, y eso no puede quedarse en la intimidad de la oración. Pongamos la luz de la Fe en la oscuridad de quienes nos rodean, creemos en un Dios que defiende al desvalido (Sal 10, 18).

Estamos desposados con Cristo, y en él con los hermanos, en la salud y en la enfermedad, son tiempos de mirarse en el Buen Samaritano.
Javier Prieto

22 feb 2020

1 Amarás a Dios sobre todas las cosas

He aquí una formulación complicada. Si a cada uno de nosotros nos preguntan ¿qué es lo que más quieres en este mundo? Más aún, si nos preguntan, ¿a quién amas más? Es posible que la primera respuesta no fuera «Dios».
Tal vez los padres hablarían de sus hijos. O alguien muy enamorado pensaría inmediatamente en su pareja. ¿Cuántas veces hemos oído a alguien expresar que su padre o su madre es lo que más quiere en este mundo? Es posible, también, que quien vive vocacionalmente alguna dimensión de la vida piense que eso es irrenunciable, que esa es su verdadera pasión y está por encima de todo lo demás –imagina un científico consagrado a una causa, un deportista en el momento cumbre de su carrera, un escritor que no concibe su vida sin las palabras–.
Amar a Dios sobre todas las cosas no significa amar solo a Dios o amarlo más (porque hay realidades, y sobre todo personas, a quienes amas con todo tu ser, y no crees que puedas amar más que eso). Quizás significa amarlo en todas. O que allá donde amas de verdad puedas aprender a descubrir el reflejo del Dios que es amor.
Es aprender a descubrir cómo, en muchas dimensiones de nuestra vida, el amor inmediato es solo un camino hacia el Dios que es principio y fundamento. Amar a los hijos es amar a Dios (que es Padre, y Madre, y nos enseña en ellos la gratuidad). Amar a los amigos es amar a Dios (que es relación y nos llama a no vivir encerrados en burbujas de egoísmo). Amar la propia vocación es amar a Dios (creador que nos ha dado tantas posibilidades de contribuir, con nuestros talentos, a continuar su obra). Amar a tu pareja incondicionalmente es amar a Dios (el que nos enseña el valor de la alianza, de la fidelidad y del compromiso).
¿Hay amores estériles en los que no está Dios? Puede haberlos. El amor al propio ego cuando está desquiciado y desmesurado. O a bienes que, entendidos como valores absolutos, solo se convierten en prisión (ya sea el dinero, la imagen, el poder, el éxito u otros). A esos los llamamos ídolos.
Una cuestión más. ¿Se puede amar a Dios directamente? Sí. En la medida que su Palabra se convierte en voz que me remite a Él. En Jesús, que nos ha mostrado el rostro más comprensible de Dios para nosotros. Y en un espíritu que a veces nos llena de gozo, de calma o de esperanza.
José María Rodríguez Olaizola, sj. 

14 feb 2020

Los Diez Mandamientos

          Hablar de 'mandamientos' en la era de la autonomía inmediatamente resulta –o puede resultar– para muchos algo agresivo. ¿Por qué vas a mandar tú sobre mí? ¿Con qué autoridad? ¿Quién lo dice? En un mundo que demasiado a menudo ve los límites como una imposición, nos encontramos, en la tradición religiosa, con estos mandamientos que, además, si somos honestos, no solo tienen un tono imperativo, sino que además combinan algunas exigencias –lo que hay que hacer– con algunas prohibiciones –lo que no se debe hacer–. Y demasiada gente, ante las prohibiciones, se siente atacada, represaliada o agobiada.
             Hubo una época –toda la mentalidad del Antiguo Testamento y la exigencia de la Ley lo atestigua– en que los Mandamientos eran entendidos como lo que hay que cumplir para ganarse el cielo. Si los cumples, te salvas. Si no, te condenas. En esa mentalidad entonces Dios, una vez dadas las instrucciones, se limitaría a actuar de contable, midiendo el grado de cumplimiento. Sin embargo, Jesús vino a mostrar otro rostro de Dios. El Dios Abbá es un Dios misericordioso. La ley no es la única puerta –porque si lo fuera, es probable que todos nos quedásemos fuera–. Entonces, ¿qué hacemos? ¿prescindimos de leyes, de normas, de mandamientos? ¿Lo fiamos todo a la misericordia, dejando el peso de la acogida en Dios y sin poner nada de nuestra parte? ¿Es el Dios bueno entonces un Dios banal?
              ¡No! Porque los Mandamientos siguen teniendo sentido. Son una hoja de ruta, una propuesta, una llamada para entender la vida. La clave es comprenderlos, no desde el miedo al fracaso y al castigo, sino desde la disposición a aprender. ¿Qué nos enseñan sobre el ser humano, sobre las relaciones sociales y sobre nosotros mismos? ¿Qué camino nos proponen para la vida? ¿Qué horizonte nos señalan? Y ¿por qué pensamos que una vida según sus enseñanzas es una vida mejor? He ahí la clave desde la que entender nuestra serie de artículos sobre los Mandamientos…
José María Rodríguez Olaizola, SJ

8 dic 2019

La fe es la certeza del alma





   "He tardado mucho en comprender qué es la fe. Y sin embargo, la he tenido siempre. También he dudado, pero las dudas eran de la mente, eran de mi pequeña inteligencia humana  empeñada en medirse con la de Dios. Mi corazón nunca dudó, y eso es la fe".


           "...No se trata de creer en algo, de creer en dogmas o en ritos, en historias, leyendas, tradiciones, mandamientos, en creer en lo que nos dicen que hay que creer. La fe es otra cosa. Es la certeza del alma. Como una alegría en el corazón, un palpitar de amor que impregna el mundo de luz."


      "...Yo creo que esa fe Dios la pone muy hondo en el corazón de cada hijo suyo. Y que siempre está ahí, aunque la tapemos con argumentos absurdos, aunque la acallemos con nuestra indiferencia, con el ruido de nuestros pensamientos mundanos, con el lodo de la duda. La fe siempre está ahí, siempre pura, sagrada, luminosa, esperando, esperando que agucemos el oído y escuchemos como late en nosotros, con el ritmo de las olas y de las estrellas, vertiginosa de silencio, tan grande y verdadera, tan infinitamente desbordante de amor, repitiendo siempre los ecos de la eternidad."

Del libro de Helena Cosano "TERESA LA MUJER" Confesiones de Teresa de Ávila a las puertas de la muerte.  www.esferalibros.com

11 nov 2019

El valor de la señal de la cruz

https://es.aleteia.org/

Si supieras la importancia de esta oración, te garantizo que la pondrías más en práctica

Por la señal de la Santa Cruz
de nuestros enemigos, líbranos Señor, Dios nuestro...
en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén

¿Cuando te despiertas, te haces la “señal de la Cruz”? ¿Y antes de comer? ¿Y cuando te vas a dormir? ¿Al menos una vez al día? Si supieras la importancia de esta oración, te garantizo que la pondrías más en práctica.
Muchas personas, al no entender la importancia de esa oración, la hacen de forma displicente, haciendo apenas el gesto, sin la efectiva invocación a la Santísima Trinidad.

La “señal de la Cruz” no es un gesto ritualista, sino una verdadera y poderosa oración. Es la señal de los cristianos. Por medio de ella muchos santos invocaban la protección del Altísimo, a través de ella pedimos a Dios que, por los méritos de la Santa Cruz de su Hijo, Nuestro Señor Jesucristo, Él nos libre de nuestros enemigos, y de todas las trampas del mal, que atentan contra nuestra salud física y espiritual.
Pero ¿sabes hacer “la señal de la Cruz”?
De forma solemne, sin prisa, y con la mayor devoción y respeto:
Por la señal de la Santa Cruz (en la cabeza): pedimos a Dios que nos dé buenos pensamientos, nobles y puros. Y que Él aleje de nosotros los pensamientos malos, que sólo nos causan mal.
De nuestros enemigos (sobre la boca): pedimos a Dios que de nuestros labios sólo salgan alabanzas. Que nuestro hablar sea siempre para la edificación del Reino de Dios y para el bienestar del prójimo.
Líbranos Señor, Dios nuestro (sobre el corazón): para que en nuestro corazón sólo reine el amor a la ley del Señor, alejándonos de todos los malos sentimientos, como el odio, la avaricia, la lujuria… Haciéndonos verdaderos adoradores.
En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén – Es el acto liberador y debe ser realizado con la mayor reverencia, consciencia, fe y amor, pues expresa nuestra fe en el Misterio de la Santísima Trinidad, núcleo de nuestra fe cristiana, Dios en sí mismo. Debe hacerse con la mano derecha, llevándola de la cabeza a la barriga, y del hombro izquierdo al derecho.
Ahora que sabes la importancia de la “señal de la Cruz”, hazla antes de salir de casa, antes de cualquier trabajo, en los momentos difíciles y en los momentos de alegría también.
Hazla sobre ti y, siempre que sea posible, en la cabeza de tu hijo, de tu esposo, de tu esposa, de tu hermano, de tu sobrino,…
Pide a Dios, siempre, que Él te libre y a los tuyos, de todos los males, con el objetivo de hacerlo todo -despertar, comer, estudiar, trabajar, dormir, viajar…- en el nombre del Padre, del Hijo, y del Espíritu Santo, Amén.

20 sept 2019

Estructura de la misa

“¿Podría usted explicarme la estructura de la santa misa?




















Primero está la primera parte, la liturgia de la palabra. Nos reunimos a la sombra de la palabra de Dios, igual que la “ekklesia” arquetípica lo hizo en el Sinaí, para escuchar y recibir. En el texto que acabamos de recordar se habla de lectura, de profetas y evangelistas. Esto ha adoptado una estructura específica en el culto divino, para que se oiga, como se decía, al profeta, al apóstol, a Cristo. Por profeta se “entendía todo el Antiguo Testamento; por apóstol las epístolas apostólicas, y por Cristo el evangelio. Esto supone oír, si me permite la expresión, la palabra tripartita de Dios. Se dice luego que, a continuación, va el sermón, es decir, que la explicación es necesaria, porque la palabra, en cierto modo, viene a nosotros desde muy lejos y necesitamos que nos la expliquen para entenderla.

A esta parte fundamental de la misa, el estar reunidos bajo la palabra que nos renueva, nos enseña y nos ilumina, sigue el auténtico culto de la eucaristía. Ésta vuelve a dividirse en tres partes. Primero se preparan las ofrendas, pan y vino. Simboliza que ofrecemos la creación al Señor. A continuación, viene la acción de gracias. Es decir, que el obispo o sacerdote se une a la oración de agradecimiento que Jesús pronunció la víspera de su muerte. Es la gran glorificación de Dios. Incluye tanto el agradecimiento a Cristo como la conmemoración de sus palabras y hechos de la última hora, y con ello la transubstanciación del pan y del vino, que ya no son nuestras ofrendas, sino los dones de Jesucristo, en los que Él se entrega según las palabras de la última cena.

Justino, el autor de la antigüedad, habla de que los dones, como él dice, están «eucaristizados». En otras palabras: el pan ya no es pan, sino el cuerpo de Cristo. Y el vino tampoco es vino, sino la sangre de Cristo. Dicho de otra manera: los dones se han transformado en palabra viva, en la palabra de Cristo, en la palabra de gracias del Señor.

Justino menciona asimismo las condiciones para la posterior distribución de la santa comunión. Es el culto divino de los que se han vuelto creyentes, dice. Al igual que el Señor reunió en la última cena a los doce apóstoles, la eucaristía congrega a los que son creyentes en Cristo, a los que se han convertido en Iglesia mediante el bautismo. En este sentido, tanto la condición para ser admitido como la estructura de la celebración están completa y claramente desarrolladas desde época muy temprana y siguen manteniendo su vigencia en nuestros días.”

Joseph Ratzinger en “Dios y el mundo”.


1 sept 2019

De fariseos y publicanos

         

          A veces al rezar te sale el fariseo que llevas dentro. Y entonces te apropias un poco de Dios, y le dices: “soy de los tuyos”, pero en realidad lo que le estás diciendo es: “Tú eres de los míos”. Y, veladamente, se te cuela la mirada por encima del hombro a los otros, los que no creen, o creen de manera distinta; los que celebran distinto que tú; los que sobre los diferentes problemas se sitúan en otro lugar, tienen otras opiniones o perspectivas. Arrugas la nariz, por dentro, aunque por fuera tu rostro sea plácido y sereno. Te sientes más verdadero en tus convicciones, y les detestas un poco –aunque jamás utilizarías el verbo detestar- porque no son como tú.
             A veces, al rezar asoma el publicano. Y entonces dices a Dios, con una mezcla de pesar y aceptación, dolor y confianza: “Esto es lo que hay”. Y lo dices sin reto ni rendición, sin arrogancia ni ego. Entonces expresas, desde lo hondo, que no puedes, que no sabes, que no alcanzas, pero que aun así, caminas, confiando en que con tu barro él sabrá qué hacer. Y ofreces tu amor, a veces ensombrecido por el egoísmo; y tus manos vacilantes, y tus dudas. Y, en tu fragilidad tan absoluta, la oración se vuelve abrazo.

14 jun 2019

Haremos morada en él


Tu  eres el verdadero autor de lo que se va escribiendo en mi historia...

 “Si alguno me ama, guardará mi palabra; y mi Padre lo amará, y vendremos a él, y haremos morada en él”(Jn 14, 23).


Morar significa presencia y permanencia, reciprocidad en el amor. La morada es un lugar donde se descansa, donde se está con aquél a quien se ama. Y esto gracias al Espíritu Santo.


“Pero el Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, El os enseñará todas las cosas, y os recordará todo lo que os he dicho”. (Jn 14, 26).


El cristiano ha recibido la unción del Espíritu, es decir, es enseñado desde dentro por el mismo Dios que nos ilumina. Nos hace recordar las palabras de Cristo. Los apóstoles descubrieron en el Espíritu Santo el significado de ciertas palabras que antes no habían comprendido. “destruid este templo y yo lo reconstruiré” (…) “me iré pero volveré…”


Las palabras del Evangelio deberían impregnarnos y transformarnos, para ser nuestra esperanza, nuestra alegría y nuestra paz. Es lo que está en el corazón del Evangelio, la morada en el espíritu, la paz, la plenitud de los bienes de Dios, esa plenitud de libertad y de paz que nos son dadas por el Señor.


8 may 2019

Iglesia de San Antón del Padre Angel


www.mensajerosdelapaz.com Video de presentacion de la Iglesia de San anton, un poryecto de la Fundacion Mensajeros de la Paz para mantener abierta a todos las 24 horas del día, esta iglesia del centro de Madrid. El padre Angel, presidente de Mensajeros de la Paz presenta las caracteristicas de esta iglesia y sus innovaciones instaladas para ofrecer un mejor servicio y acogida ( WI-FI, pantallas de TV, cepillos abiertos, aseos, cafe solidario, maquina de donaciones, etc.)

21 dic 2018

Motivos para la esperanza: gente que lucha



Fue hace años. Yo estaba atravesando un momento personal complicado. De esas etapas por las que todos en la vida antes o después tenemos que pasar y que es cierto que nos enseñan mucho, pero que, cuando estás en medio de ellas, bastante tienes con sobrevivir día a día. Un buen amigo me escuchaba y tratando de animarme me dijo: –Como dice una canción scout «incluso la más negra de las nubes tiene siempre su rayo dorado». Busqué la canción en Youtube, y descubrí que su título es, precisamente, La Esperanza. Desde entonces la he escuchado con frecuencia, acudiendo a ella siempre que sentía que lo necesitaba.

No se trata solo de una canción bonita, sino que de verdad podemos creer que antes o después escampa y acaba amaneciendo. No lo creemos ingenuamente porque necesitemos creer en algo cuando todo alrededor nuestro parece oscuro y sin salida, sino porque es verdad.

Hay mucha gente, y no hace falta irse a un país lejano, para la que la vida es una sucesión de nubes negras, una tras otra, y ahí siguen, luchando día a día: quien está a cargo de un familiar enfermo, quienes se las ven y se las desean para llegar a fin de mes, quienes llevan varios años en paro y parece que el mercado laboral se olvidó por completo de ellos, quienes tienen hijos que al amor de sus padres responden con egoísmo e insolencia… Todos conocemos gente así. 

Podemos ponerles rostro y nombres. Sabemos lo que están atravesando, y no les oímos una palabra de queja, ni siquiera de resignación. Les vemos peleando por salir adelante. Les vemos dejándose la vida, a veces hasta caer exhaustos, y no les escuchamos ni una mala palabra. A veces incluso de su rostro sale una sonrisa no amarga sino auténtica, porque a pesar de todo son así. ¿De dónde sacan las fuerzas? ¿Cómo es posible que vivan así si yo en su lugar estaría amargado y quejándome todo el día? Intento mirar más adentro: y veo gente buena, con un corazón limpio, que, de manera consciente o no, se sienten criaturas amadas por Dios. 

Para muchos de ellos la fe no es un adorno, sino la roca donde apoyarse y desde la cual encarar la vida cuando todas las otras seguridades han desaparecido. Y de repente descubro que ellos son ese rayo dorado que rompe la negritud de la nube.





11 nov 2018

¿Por qué llevas esa cruz?



Si me pidieran una definición sencilla de mí misma, podría decir que tengo 20 años, soy estudiante y me confieso creyente. Sí, soy joven y creyente a la vez, y lo subrayo porque en nuestros días hay quien dice, con total seguridad en su afirmación, que eso es imposible. Que las palabras joven y creyente no casan bien en una misma frase, porque «los jóvenes ya no hacemos eso», porque «ser creyente es ser un carca», porque «la sociedad está cambiando».
Efectivamente, la sociedad está cambiando, pero no por ello la gente deja de apostar por la fe. Y digo apostar porque parece que en nuestros días creer supone arriesgarse a ser tomado en serio o no. Muchas veces, por miedo a perder una reputación, una seguridad o una confianza, preferimos callarnos y guardarnos lo que sentimos para alguien que comparta nuestra fe.
La gente creyente joven (y con joven me refiero a persona en edad universitaria) vive diariamente una serie de situaciones incómodas y sin sentido que hacen reflexionar. Son cosas tan simples como sentir vergüenza al decir que uno va a misa (o directamente ocultarlo) o llevar un signo religioso visible y que la gente le pregunte: «¿Por qué llevas esa cruz?» Pues ahí está la clave del asunto, ¿por qué llevamos esa cruz? ¿Por qué cargamos con el peso de la vergüenza y el incomodo cuando se trata de hablar de nuestra fe? Son muchas las ocasiones en que nos vemos obligados a callarnos o a minimizar nuestras creencias por miedo a lo que puedan pensar. Por miedo a que nos encasillen como ‘antiguos’ o a que, directamente, nos rechacen.
Sin embargo, ¿merece la pena ese miedo frente a la libertad de poder decir en alto lo que uno siente? Yo creo que no. Porque cuando uno ha elegido, o más bien, se ha sentido llamado a seguir este camino, el miedo no es más que un obstáculo que ralentiza la marcha. La duda es inherente a la fe, pero el miedo lo ponemos nosotros. Y toda persona se merece ser feliz siendo una misma. Pero es cada uno quien debe decidir sobre su vida, enfrentarse a sus miedos y pronunciar en alto las palabras que los provocan. Y también debe hacer ver a esa sociedad que no lo entiende que un joven creyente no es una persona antigua o alguien que acuda engañado a seguir las tradiciones de sus padres. Se trata, sencillamente, de alguien que busca respuesta a sus preguntas y que ha descubierto en su vida otra forma de ver el mundo. Alguien que busca más allá.

De pastoralsj.org

3 oct 2018

Razones para seguir en la Iglesia


¿Por qué seguir en la Iglesia a pesar de la tormenta? 

Ratzinger ya lo planteó y respondió en 1970: “Ante la situación presente, ¿cómo se puede justificar la permanencia en la Iglesia?”, se pregunta Ratzinger, como pueden estar preguntándose hoy miles de católicos: “Dicho en otros términos: la opción por la Iglesia, para que tenga sentido, ha de ser espiritual. Pero ¿en qué puede apoyarse una opción espiritual?” Igual que vale la pregunta, valen también las respuestas que proponía entonces el futuro Benedicto XVI.

- Porque la Iglesia no es nuestra, sino “Suya”
"Permanezco en la Iglesia", explica, "porque creo que hoy como ayer, e independientemente de nosotros,detrás de «nuestra Iglesia» vive «Su Iglesia», y que no puedo estar cerca de Él si no es permaneciendo en su Iglesia. Permanezco en la Iglesia porque, a pesar de todo, creo que no es en el fondo nuestra sino «Suya». Dicho en términos muy concretos: es la Iglesia la que, no obstante todas las debilidades humanas existentes en ella, nos da a Jesucristo; solamente por medio de ella puedo yo recibirlo como una realidad viva y poderosa, que me interpela aquí y ahora".
Por eso, "quien desea la presencia de Cristo en la humanidad, no la puede encontrar contra la Iglesia, sino solamente en ella".

- Porque no se puede ser cristiano en solitario
"No se puede creer en solitario", dijo el futuro Papa: "La fe sólo es posible en comunión con otros creyentes. La fe, por su misma naturaleza, es fuerza que une. Su verdadero modelo es la realidad de Pentecostés, el milagro de compresión que se establece entre las personas de procedencia y de historia diversas. Esta fe o es eclesial o no es tal fe".

- Porque el mundo sin Cristo sería peor
"¿Qué sería del mundo sin Cristo, sin un Dios que habla y se manifiesta, que conoce al hombre y a quien el hombre puede conocer?", se pregunta el que sería pocos años después arzobispo de Múnich: "La respuesta nos la dan clara y nítida quienes con tenacidad enconada tratan de construir efectivamente un mundo sin Dios", dice en clara referencia a los totalitarismos del siglo XX, erigidos con la finalidad expresa de prescindir de Él.

"Permanezco en la Iglesia", resuelve entonces, "porque creo que la fe, realizable solamente en ella y nunca contra ella, es una verdadera necesidad para el hombre y para el mundo. Este vive de la fe aun allí donde no la comparte. De hecho, donde ya no hay Dios —y un Dios que calla no es Dios— no existe tampoco la verdad que es anterior al mundo y al hombre".